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Mié, Feb

Página en blanco | Miguel Ángel Pérez

Han corrido ríos de tinta al respecto en todos los idiomas. Pareciera que una visión conservadora de la cultura apuesta por “la taquilla” y una más “progre” apuesta por el caché. Es más complicado, pues se mezclan los aspectos “simbólicos del precio”…que ya sabemos que no es lo mismo que “valor” pero a veces se parecen. Todos estamos de acuerdo en evitar lo que vemos en muchos programas de casas de cultura, cajas de ahorros, centros educativos y sociales, actuaciones al aire libre, etc que son gratis: personas que a los diez minutos se levantan con estruendo y se van. Quizá otros con más interés se han quedado fuera.

En muchas ocasiones no es un gran trastorno para el artista, ya que la actuación ha sido contratada por una cantidad fija que denominamos “caché”. El artista ha llegado con varias horas de antelación, ha montado, actuado, desmontado, recogido y se ha marchado. Ya le ingresarán sus honorarios un tiempo después. Ha cumplido su parte del contrato, en el que nunca – o casi nunca- se alude a la necesidad de estar en esa “plaza” con antelación para promocionar su obra de teatro o concierto.

La crisis ha arrasado con esta práctica en muchas ocasiones…los cachés disponibles son tan bajos que muchas organizaciones culturales públicas ofrecen solo la taquilla. También empresas teatrales de Madrid o Barcelona y sus extensiones en las licitaciones de que espacios públicos se están haciendo en toda España, incluida Madrid, en los que las administraciones aseguran una cuota diaria por los gastos del equipamiento.

Se ha pasado de un extremo al otro. De pagar un caché acordado al margen de los espectadores en la sala,  a pagar un porcentaje de la recaudación en base a las entradas vendidas. Y las dos fórmulas tienen efectos perversos. En la primera “el artista” tiende a desentenderse de la publicidad, de la promoción, de la necesidad de tener una buena ocupación. No es que le dé igual que haya o no espectadores, si no que ese hecho no tiene influencia en el resultado económico.

El porcentaje de taquilla puro y duro hace inviable e insostenible la práctica profesional tal como la conocemos en Europa: precios públicos, consideración de la cultura como un derecho y no solo un servicio comercial.

Podemos y debemos explorar una fórmula de corresponsabilidad entre las partes. Para que nadie se desentienda de su función tanto artista como promotor tienen que invertir esfuerzo en publicidad, comunicación, presencia en medios, redes, etc. Y para ello lo mejor es una situación intermedia donde el promotor (público o privado)  “asegura” una cantidad fija que cubra mínimos de mantenimiento y amortización del espectáculo y los beneficios se saquen por ambas partes del porcentaje de taquilla…ya sea el “comercial” 60/40 o el nuevo 80/20 de algunas organizaciones públicas…un intermedio 70/30 para algunos aforos es muy interesante. Aporta seguridad y fondos a las dos partes.

Esto además conlleva una diferencia de IVAs (cachet/taquilla) que puede resultar incluso atractiva a las empresas productoras…abarata el “precio final” de su “espectáculo” al tener dos tramos de IVA diferentes.

Quizá, además, esto contribuya a acabar de una vez por todas con el “bolo único” que es aún un gran problema en la exhibición de espectáculos en España y que en el programa Platea ni se ha hablado.

¡Pensemos nosotros!…de la crisis tenemos que salir sin “ellos”.

 

 

 

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