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Dom, Feb

Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

¿Es el texto un prerrequisito para la existencia del teatro? Claro que no. Quizá la pregunta debería reformularse cambiando texto por comunicación: ¿es la comunicación un prerrequisito para la existencia del teatro?, y a esa pregunta no solo hay que decir que sí, sino que sin comunicación no existe el teatro: el teatro es una comunicación bidireccional entre la escena y el patio de butacas que devuelve un torrente perceptivo a escena para habilitar la homeostasis social que lo define.

 

El texto como sinécdoque de teatro es válido como figura retórica, no como realidad escénica. Todo tipo de producción, incluso aquellas en las que no hay texto, debe comunicar para transformar, no para informar, y un teatro que se atrinchera tras el texto es difícil que llegue al poder de transformación necesario. Hace unos años era común, y lo que es más sangrante, hoy aún lo es, encontrarse montajes en los que esa mal entendida metáfora hace que el patio de butacas se duerma. Y es que tenemos directores con tal devoción por los textos que de la champions del teatro, pasan a categorías regionales con tal de no transgredir un texto. Entiéndase este párrafo anterior: los textos pueden ser excelentes o pésimos, originales o pasados por la pluma del dramaturgista, pero el teatro es un constructo que debe crecer alrededor de ese hueso. Si no lo dejamos crecer, es cuando transitamos por categorías inferiores, pero no porque el texto lo sea, lo es la producción que incorpora ese texto. El teatro es lo que pasa entre las palabras, no una lectura de ellas.

Con todo ello, puede hablarse del texto como un componente, más necesario que menos. Si voy a una representación y veo al actor que se sienta a soltar un texto, me puede transformar tan poco como el actor que realiza actividades en escena (no acciones) como un pollo descabezado sin un texto que lo acompañe. Evidentemente, no me refiero al mimo o propuestas de lenguaje de movimiento. El lenguaje, el texto significan más que lo que sus palabras transmiten y para ello hay que acompañarlas. Psicólogos, filósofos y lingüistas desde mediados de la década de los ochenta del siglo pasado comenzaron a hablar de una especialización llamada lingüística cognitiva. Hoy, se puede definir como una rama de la lingüística que ve el lenguaje como un reflejo de la forma de pensar, y no solo como la activación de unas determinadas zonas cerebrales (principalmente en la región perisilviana del hemisferio izquierdo, las áreas de Broca, de Wernicke y las circunvoluciones supramarginal y angular) Esta poco estudiada especialización del estudio lingüístico, ha ensanchado la manera de entender cómo componemos y entendemos el lenguaje. Tanto el lenguaje como el sentido de lo que significa, cada palabra, está corporeizado, esto es, hay que dejar de entender la producción del lenguaje como si fuese un sistema de codificación que conecta las cosas del mundo exterior con las ideas internas que tenemos de ellas, por lo que el lenguaje, cabría entenderlo como una manera de investigar cómo pensamos.

Y entonces vuelvo a hablar de los directores sometidos al texto. Sus producciones nos pueden mostrar la manera en la que un autor determinado piensa, parece lógico, pero la labor de dirección… ¿dónde queda? No me invento nada si hablo de obras a las que todos hemos asistido en algún momento, en las que las acciones se quedan en movimientos, no transforman porque no tienen objetivos, y el esfuerzo del actor se centra en saber proyectar y ser entendido. Eso no es teatro. Hay algunas ideas de las ciencias cognitivas que son fundamentales para la integración del lenguaje y el uso del texto en el teatro. Lakoff y Johnson en Philosophy in the Flesh, hablan de tres puntos en su magnífica obra que vienen al pelo: 

1. El significado de un texto es un proceso corporeizado. Portamos información de nuestras experiencias en el cuerpo de tal manera que los conceptos más abstractos pueden ser entendidos en términos físicos. Es decir, una acción en escena activa el cortex motor del espectador y lo ayuda a entender un texto: el estado del cuerpo, no es solo una entrada en la interpretación del lenguaje, también es una salida.

2. La metáfora es una figura con la que hablamos y pensamos. Las metáforas incrementan la eficiencia cognitiva frente a los textos planos o no acompañados de acciones. Se usa el entendimiento de algo para darle sentido a otra cosa.

3. Pensar y hablar requieren compresión, entendiendo por compresión un proceso inconsciente por el que se reduce la escala de algo. Es con esta cualidad con la que el cerebro procesa lapsos temporales o elipsis en la escena.

El texto, tan tratado en multitud de estudios, tan estudiado por filólogos, forma parte del teatro, pero no es un prerrequisito para su existencia y su entendimiento siempre será mayor si lo dejamos respirar por el cuerpo, no por la boca.