Sidebar

17
Mar, Oct

Becerra

 

¿Es posible la geometría, la abstracción, despersonalizadora, en el movimiento del cuerpo?

En julio del año 2000 tuve la oportunidad de asistir a una pieza de Merce Cunningham, Events, con dirección musical de John Cage, en el Teatre Grec de Barcelona. Aquella miríada de movimientos limpios, desafectados e independientes unos de los otros, incluso independientes respecto a los diversos segmentos corporales en cada bailarina / bailarín, generaban en mí una atracción fascinante.

Repeticiones, aparentemente mecánicas, y un sinfín de combinatorias, que surgían, se desplegaban, enérgicas, y desaparecían para dar lugar a otras.

Bien es cierto que el enorme aforo del Teatre Grec, con una capacidad para 1900 espectadoras/es, puede favorecer esa despersonalización de quien actúa encima de su escenario, debido a la distancia, respecto a éste, a la que se sitúan una buena parte de las localidades.

No obstante, en Events de Merce Cunningham, las líneas y los círculos trazados por movimientos disyuntivos, el efecto de las proyecciones audiovisuales sobre bailarinas, bailarines y espacio, o la disyunción respecto a una música concreta, también colaboraban en esa sensación de estar delante del movimiento puro, sin sujeción a ningún tipo de constructos narrativos o semánticos.

Una plétora de movimientos que aún permite reconocer las formas del cuerpo humano, pero que se aleja de las individualidades y las personificaciones, para generar un magnetismo irresistible respecto a ese movimiento afirmado.

El sábado 27 de mayo de 2017, el Gran Auditorio del Centro Cultural Vilaflor (CCVF) de Guimarães (Portugal) acogió Uníssono. Composição para cinco bailarinos de Victor Hugo Pontes, con escenografía de F. Ribeiro, diseño de iluminación de Wilma Moutinho, Música de Hélder Gonçalves, apoyo dramatúrgico de Madalena Alfaia e interpretación de André Cabral, Bruno Senune, Elisabete Magalhães, Teresa Alves da Silva y Valter Fernandes.

En el programa de mano, Madalena Alfaia, nos advierte: “En Uníssono. Composição para cinco bailarinos, Victor Hugo Pontes pretende mostrar que ningún objeto artístico es distinguible de las personas que lo componen y que ninguna ocurrencia artística es esencialmente replicable, siendo antes esencialmente única […] la recusación narrativa no impide la aparición de una historia. Cuestión operativa: ¿cinco bailarines interpretando al unísono movimientos ritualizados son un solo cuerpo? […]”

En el espacio blanco, tres puertas laterales abren tres calles de luz. Tres bailarines y dos bailarinas, entran y salen, corren al unísono, caminan al unísono, giran, caen, se levantan, desfilan, en una evocación casi militar, dan botes que se expanden desde los pies al resto del cuerpo… Todos al unísono. Aparecen rituales aparentemente cotidianos: dirigirse hacia algún lugar, con prisa, y, de repente, frenar, mirar hacia la dirección opuesta, girar, cambiar de dirección; encontrarse con alguien, contactar, separarse, irse…

Pero aquí, pese a la economía y a la previsibilidad de las líneas trazadas por los desplazamientos, los movimientos de cariz más gimnástico, o las simetrías y repeticiones de los más dancísticos, pese al propio recurso del unísono y de las combinaciones de dos, tres o cinco bailarinas/es, pese a toda esta tendencia hacia la disolución de las individualidades en favor de la igualdad indistinta de grupo, a la que también quiere contribuir la música, pese a todo ello, surgen las narrativas de cada identidad.

La identidad de cada individuo es una narrativa que está por encima de la estructura de una coreografía.

La identidad de cada individuo es una narrativa, una historia (mito), impresa en las facciones del rostro, en el carácter único de la mirada de cada persona, en la calidad del movimiento, en su textura. Esto nos identifica más allá de la ropa que llevemos puesta, más allá de los movimientos, simbólicos (voluntariamente expresivos) o funcionales y laborales, que estemos realizando. Por tanto, esa calidad de movimiento y su textura, más que su trazo y estructura, más que su intención, constituyen un relato identitario y diferenciador.

Pese a la combinación de zapatillas deportivas verdes, shorts rojos y camisas de manga corta, estampadas en tonos azulados, las caras, las fisonomías, el tipo de piel, incluso el color de piel, la constitución corporal, más robusta o más delgada, etc. resultan muy distinguibles y apreciables en los tres bailarines, André Cabral, Bruno Senune y Valter Fernandes. Tres chicos muy distintos que, pese a la coreografía que tiende a unificarlos en el unísono dancístico, producen sensaciones y atracciones muy diferentes. Algo semejante acontece con las dos bailarinas, Elisabete Magalhães y Teresa Alves da Silva, aunque su constitución física sea más parecida, también podemos encontrar dos narrativas diferenciadas y únicas.

Madalena Alfaia, anota en el programa de mano: “Cuando nacemos somos únicos, pero solo por un instante. Es muy rápido el proceso de pasar a ser idénticos a tantos otros, y en esa identificación se diluye la identidad. Es como contar historias: lo más difícil es que la narrativa se distinga de millares de otras. Pasamos a ignorar la narrativa, quedamos hartos de ella como de nosotros mismos, y decidimos ser iguales a los otros. Solo que la multiplicidad es una atracción hacia el abismo, no dejamos de buscar lo que nos distingue y lo que nos distingue son muchas cosas que componen una narrativa, incluso aunque no queramos contar esa historia.”

A este “caleidoscopio sin principio, medio o fin”, tal cual lo califica la propia Madelena Alfaia, Victor Hugo Pontes le pone un desafío en la última parte de la pieza, cuando hace salir a las bailarinas y bailarines totalmente enfundados en blanco, rostro y cabeza incluidos, con la misma ropa deportiva, que llevaban antes, pero ahora con toda la cara, la piel y el cabello cubiertos por esa malla blanca.

Aún así, en el unísono coreográfico y visual, las calidades y texturas del movimiento de cada bailarina y de cada bailarín, con los que ya estamos un poco familiarizados en esta última parte del espectáculo, nos resultan apreciables,  reconocibles y, por tanto, distinguibles.

Esto, sin duda, se debe a que la persona es algo más que las formas externas del cuerpo o del movimiento. Pero también se debe, sin duda, a nuestra búsqueda impenitente de la identidad de los otros. Nuestra búsqueda, como espectadoras y espectadores expectantes y fabuladores. Una atracción por encontrar la identidad, por conocer al otro, a la otra. Seguramente porque, gracias a eso, también podemos construir el relato de nuestra propia identidad y (re)conocernos.

 

Afonso Becerra de Becerreá.

 

Sobre la obra del coreógrafo portugués Victor Hugo Pontes, también pueden leerse, en esta misma sección de Artezblai, los siguientes artículos:

“Carnaval y danza con Victor Hugo Pontes”, publicado el 11 de julio de 2016.

“El arte de la caída según Victor Hugo Pontes”, publicado el 10 de abril de 2015.

Artez - La revista de las Artes Escénicas


Visita nuestra librería online