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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

La construcción de una partitura actoral puede parecerse, en un principio, a esos juegos donde hay una cuartilla llena de puntos que hemos de unir mediante líneas hasta completar todo el recorrido. Sólo una vez completadas todas las uniones, podemos ver el resultado final, que no es otro que la imagen que emerge asombrosamente de la ligazón de todos aquellos puntos, en principio, dispersos e inconexos.

Trasladados al trabajo actoral, los puntos negros de la cuartilla pueden ser imágenes de un pintor en torno a un tema que escojamos, esculturas labradas con mano experta o inexperta, verbos de movimiento encarnados en el cuerpo, posiciones abstractas que adopta el actor en base a conceptos tan dispares como el silencio, el mar o la mermelada de frambuesa, así como estados extraídos de reacciones cotidianas o de una improvisación realizada con algún compañero, que luego queda excluído de la partitura final. También pueden crearse puntos de unión utilizando un objeto real o imaginario o una buena música. El abanico de herramientas para crear los puntos negros que luego iremos uniendo entre sí es amplio, muy amplio. Y es, y esto cójanlo con pinzas, relativamente sencillo.

El meollo de la cuestión aparece después de esa primera fase, cuando hay que empezar a ligar los diferentes puntos entre sí. Aquí empieza la verdadera labor que luego pondrá de manifiesto la imagen final y hará emerger la vida a lo largo del trabajo del actor en escena: llega el momento de ligar, enlazar, vincular, conectar. Aquí reside uno de los grandes secretos de este arte: en cómo unir los diferentes materiales que hemos creado, en la relación que se crea entre ellos. Es muy importante tomarse el tiempo necesario para respirar con atención la transformación que vive nuestro cuerpo-mente cuando viaja de un bandera del slalom a otra, para poder después transitar con libertad y sin coacción por la carretera que nos hemos construido.

Muchas veces, y a pesar de que sea de creación propia y no impuesta por un tercero, la partitura se convierte en prisión que ahoga en vez de en trampolín que impulsa. Intuyo que gran parte de esto tiene que ver con el hecho de no haber dejado que los diferentes puntos que la conforman se hayan mirado e intuido lo suficiente, primero de lejos y después de cerca. Creo que si les diésemos el espacio suficiente, algunos de esos puntos incluso se animarían a echar un bailecito entre sí antes de decidir la forma en la que vincularse para siempre. O también podría suceder lo contrario y encontrarnos con dos posiciones que se repelen absolutamente. Si tendemos a trabajar rápido y sin escuchar, quizás nos empeñemos en unir a esos dos puntos que se odian mediante la solución más rápida que no es otra que la línea recta. Y es entonces cuando la relación no respira, porque no le dejamos hacerlo, es entonces cuando ejecutamos la partitura sin posibilidad de que la vida emerja, es entonces cuando no entendemos nada, cuando nos frustramos por no ser capaces de encender la chispa de la vida en escena.

La partitura hace referencia al trabajo escénico a nivel del actor, pero la importancia del enlace puede aplicarse también a la dramaturgia. De hecho, ligar las diferentes escenas de una obra teatral es un arte y un viaje en sí mismo. Y es ahí donde también se esconde, intuyo, gran parte del misterio magnético que consigue tener al espectador enganchado a lo que está sucediendo en el escenario. En otras palabras, son las conexiones las que nos permiten acabar ligándonos al espectador.