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Mié, May

Y no es coña | Carlos Gil

Escribo un doce de octubre mientras suenan marchas militares, vuelan aviones rasantes, relucen los tricornios y se exalta un sentimiento colonialista y patriótico español que algunos detestamos por haberse marcado en nuestra memoria como estructura fundamental del franquismo cultural y social. Me encanta la idea fuerza de quienes consideran que en días como hoy no hay nada que celebrar. Y me gusta porque estoy de acuerdo, pero que a la vez, me coloca ante una contradicción de difícil resolución: me entiendo con millones de seres humanos en un idioma que se impuso a base de cruces y espadas.

Dentro de unos días se inaugura el Festival Iberoamericano de Cádiz en su edición número treinta, por lo que yo digo que sí merece celebrar algo. Ese marco de Iberoamérica, antes Latinoamérica, más atrás todavía y parcial, Hispanoamérica, en el campo cultural y especialmente teatral debe ser un lugar común, un lugar de encuentro, de descubrimiento constante de los otros, de las ilusiones compartidas, de las dramaturgias colindantes, que se atraen y se funden. Un marco que debería ser más amplio, con menos franquicias, sin ninguna visa de entrada, sin aranceles, y con libre circulación de textos, escenografías, cuerpos y almas.

Y sin embargo existen cortapisas, fronteras, problemas administrativos de difícil solución entre países americanos, además de otras reticencias que colocan otro tipo de fronteras, mucho más profundas, como es la ignorancia, el despotismo, la falta de ambición, la desidia de los programadores, las consideraciones apriorísticas, la falta de auténtica voluntad de pertenencia a la misma comunidad, al menos, lingüística. Y si hablamos de Iberoamérica, el desconocimiento pertinaz del teatro portugués y brasileño en demasiados ámbitos de decisión.

Las definiciones son básicas para las estrategias. Indudablemente, iberoamericano incluye a la península Ibérica, es decir a los dos países colonizadores. Desde ámbitos americanos, se repudia este concepto, se insiste en lo de Latinoamericano que es como un mantra que parece solucionar algo, que reduce la influencia de los europeos a una referencia casi de enfrentamiento, que ayuda sin dudas a una cohesión frente a otros, pero que nos coloca ante una paradoja. Todos los que se empeñan de manera más pertinaz en el asunto, son blancos, de apellidos españoles o portugueses de solera colonialista. O de simple descendencia por exilio político o económico, pero muchos de los más conspicuos con doble pasaporte. Por si acaso.

Tengo la inmensa suerte de conocer de primera mano dramaturgias, festivales, eventos, instituciones y, sobre todo, personas del ámbito iberoamericano. Me siento un igual, son mis compañeros de viaje en estas últimas décadas. Desde luego me siento más cercano a creadores o gestores de Córdoba (Argentina), Manta (Ecuador), Oporto, Montevideo o Guanajuato, que los que están la misma calle de mi lugar de residencia. Es una opción a la que he llegado por decantación. Me pueden señalar como europeo, como les dé la gana. Comparto parte de sus ilusiones y de sus miradas.

Por eso yo celebro haberlos conocido, haber tenido la suerte de tener contacto directo desde el año 1970 con el teatro hispánico, como se decía entonces, de haber interpretado y dirigido obras de autores argentinos, cubanos, chilenos, peruanos o nicaragüenses desde entonces. Celebro que tengan una energía positiva que se me contagia, que sean capaces de reinventarse cada día desde sus penurias para lograr un contacto con su públicos. Aprendo de ellos y ellas, quisiera no tener ninguna duda sobre mi pertenencia a ese mundo, sin diferencias más allá del talento y las disposiciones reglamentarias de unas leyes y decretos que nos intentan separar, pero que debemos superar. Quisiera celebrar que en mi ciudad de residencia en Europa la presencia del Gran Teatro Iberoamericano fuera la norma y no la excepción. Que se le tratase en igualdad de condiciones y no desde el oportunismo.

Todo eso yo lo celebro y lo celebraré mientras pueda. Es más y quisiera que todos mis colegas de todas las ciudades teatrales de América, pudieran celebrar lo mismo, que circule el buen teatro iberoamericano de manera fluida en América y Europa. Sería una gran noticia.