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Dom, Abr

Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

Hace poco alguien me preguntó si mis estudios me han hecho especializarme en neuroteatro. No es de extrañar, lo neuro–  está de moda, pero es necesario aclarar el concepto porque no todo vale. Desde hace ya unos años, esta raíz precede a lexemas como una variedad del estudio que modifica, dando lugar a nuevas disciplinas como la neuroeconomía, la neuroeducación, el neuromarketing, la neuropolítica o la neuroestética, estudios en cuyas bases teóricas se analiza la influencia y activación del sistema nervioso.

 

Pero esta moda conlleva un peligro, y es que, en medio de este crecimiento de ramales teóricos, surgen nichos pseudo–académicos que usan neuro– como estrategia para obtener estatus, y es que ya se sabe que si algo se relaciona con el sistema nervioso, debe de ser importante. Con esta premisa, se han acuñado términos de dudosa valía como neurooratoria, neurojurisprudencia, neuroingeniería, neurosexología o neurohistoria, llegándose al absurdo de vender bebidas azucaradas o con cafeína como neurobebidas que mejoran la concentración. La sencilla realidad es que no todos los campos del conocimiento necesitan el neuro– para definirse o evolucionar.

Sin embargo, hay estudios cuyo maridaje con el resultado de la activación del sistema nervioso al llevarlos a cabo, hace aparecer un nuevo marco de conocimiento que alberga distintas maneras de entender su esencia. Esto sucede con las disciplinas enumeradas en el primer párrafo y también, con las artes escénicas. Y, entonces, ¿cómo podemos llamar a esta intersección, neuroteatro?... Por favor, no. Suena esnob utilizarlo en este contexto, el neuroteatro es otra cosa. Hay teatros de todo tipo, elija el lector, teatro de calle, de repertorio, isabelino, inmersivo, universitario o amateur, lo mismo da, pero teatro. La posibilidad de re-visitar la esencia del teatro como comunicación bidireccional generadora de vínculos efímeros pero perpetuos, habilita la posibilidad de renombrar el proceso, y sugiero hacerlo con tino incluyendo de alguna manera al espectador. No sería correcto usar neuroteatro para este acercamiento teórico, en todo caso, este término podría hacer referencia a un tipo de metodología creativa teatral que puede emplearse o bien en procesos de aprendizaje social o en talleres encaminados a fortalecer, por ejemplo, la percepción y los sentidos de personas con necesidades especiales por tener recursos limitados por enfermedad o edad. De esta manera, el estudio del teatro a través de la perspectiva de las neurociencias no creo que deba entenderse bajo el concepto neuroteatro.

Se podría considerar que el acercamiento del teatro al sistema nervioso y su activación generadora de respuestas psicofisiológicas, funda un campo de estudio que permite entender el teatro desde lo que le pasa a quien lo experimenta en el escenario y en el patio de butacas. Estos estudios están más relacionados con la biología del cuerpo y de la mente. La investigación neuronal y sensorial detrás del mundo de la comunicación teatral es algo complejo y sofisticado que permite abordar muchos y variados frentes para manipular la respuesta del espectador y convertirla en una experiencia única.

Decodificar los procesos que forman parte de la mente del espectador, permite ofrecer el teatro que pueden necesitar, o dicho de otra forma, esa decodificación sirve para convencer al espectador de que lo que necesitan asociar a la representación para considerarla una experiencia transformadora, es precisamente lo que se le está ofreciendo ¿Es osado? Mucho. Juegan la neuropsicología y las neurociencias sociales, cognitivas y afectivas, y todo esto va más allá de la raíz neuro. Por lo tanto, propongo no emplear neuroteatro y buscar alternativas. Si Eugenio Barba llamó antropología teatral al estudio del comportamiento escénico pre-expresivo del actor y se encuentra en la base de los distintos géneros, estilos y tradiciones, ¿qué le parecería al lector llamar a estos estudios neuroantropología teatral? Sería un homenaje bonito y certero.