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Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

En el mundo taurino se dice que existen "toreros de toreros". Es decir toreros que aunque no alcancen una popularidad mediática, ni llenen plazas por sí mismos, son los que gustan a los otros toreros porque mantienen las esencias, por su ortodoxia, por su maestría o por las razones que sean. En el mundo de las artes escénicas sucede lo mismo. Existen actores de actores; existen grupos que gustan de manera unánime a los profesionales, pero tienen mayores problemas para una aceptación popular. Quizás colocándonos en un estado de optimismo humanitario podríamos asegurar que el buen teatro, la buena danza, sea de la calidad y dificultad técnica o de lenguaje que utilice, siempre acaba consiguiendo el reconocimiento general.

Se podrían poner varios ejemplos, pero aquí queremos simplemente abrir una duda que no somos capaces de resolver de manera total y perdurable. ¿Para quién se escribe sobre teatro, para quién se programa, para quién se produce? Los que además de escribir para revistas especializadas, para periódicos digitales sectoriales como este, publicamos críticas y análisis en periódicos generalitas o en radios, abarcamos tantas posibilidades para la justificación de recortes expresivos o de usos coloquiales, que quizás no sea muy nutritivo ponerse como ejemplo. Pero conste que nos preocupa cómo escribir, sin renunciar a ningún presupuesto ideológico y artístico, para llegar a un máximo de posibles lectores, algunos muy iniciados e interesados y otros que pueden ser lectores casuales. Esto presiona más en el ámbito del periódico generalista o la radio, que en los otros medios.

Pero esta disquisición me la provoca una magnífica discusión entre un director de teatro, que hace de programador circunstancial, una distribuidora de una sensibilidad artística superior, este que suscribe y algunas otras personas convertidas en público. Y es que no es lo mismo opinar de un espectáculo recién presenciado, desde la historia personal, la acumulación de experiencias, con una actitud crítica de no intervención en el proceso, que desde la visión más pragmática de quién debe decidir si lo visto, sea de la calidad que sea, conviene a su programación o no.

Esto último no entra en esa reducción anacrónica de lo jíbaros programadores que decían "mi público", sino desde un debate objetivo, de cómo se puede intervenir desde la elección de los espectáculos en la creación de unos públicos, de su mantenimiento, de su crecimiento, de la incorporación de nuevos ciudadanos que disfruten de la cultura. Y como estábamos en un Festival de calle, el debate toma todavía mayor relevancia.

Quienes tenemos la suerte de ver más de trescientos espectáculos al año, de todos los formatos, géneros y entidad, vamos con una mochila muy cargada de prejuicios, de información, por lo que la sorpresa llega muy de tarde en tarde. En cambio un espectador ocasional que aparece en una plaza y ve algún espectáculo que nosotros podemos considerar de interés medio, se puede encandilar. Lo que nosotros hemos visto repetido decenas de veces, es nuevo para muchos. Y esta es la grandeza. Pero dicho eso, ¿se debe siempre atender a las necesidades de quienes menos han visto o existen posibilidades de crecimiento colectivo a través de actitudes más rigurosas?

No se puede contestar de manera definitiva. Pero en Valladolid vivimos junto a ese director y programador arriba mencionado una circunstancia que nos ayuda a entender algo: un grupo francés comienza su espectáculo saliendo los actores de un contenedor de basuras, el público los rodea, pero sin hablar, tras cerca de un cuarto de hora de inicio con imágenes muy inquietantes, van apretando a los espectadores con acciones físicas, en ocasiones casi de contacto hasta conseguir el espacio que necesitaban para su trabajo. La respuesta de los públicos fue unánimemente de colaboración. Y la conclusión fue que esa actitud se debía a los años de existencia del propio Festival, al aprendizaje de los ciudadanos a relacionarse con los espectáculos. Cosa que en otros lugares sin tanta tradición hubiera podido crear algún altercado.

Para no aburrir. La anécdota anterior se puede elevar a categoría ya que nos da pistas de que la constancia, la habitualidad, las programaciones más ambiciosas, van depurando a los públicos, se hace una selección natural, pero van dejando en el imaginario colectivo un poso. Y sabiendo que leen, o van al teatro, o disfrutan de la calle, ciudadanos de toda entidad cultural e interés teatral, cada cuál debe saber dónde colocarse. Elegir, aunque sea de manera aproximativa, para quién escribe, para quién programa y para quién produce. Y esto, por favor, que nadie piense que estoy hablando del mercado. Como mucho, también esto influye en el mercado. Pero es previo al discurso mercantil. Es acción cultural.