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Mié, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

He tenido el honor de participar en un “taller” organizado por Escenium que, en teoría, servía para aportar algunas cuestiones al debate que tendrá lugar en febrero en Bilbao con una invocación recurrente: “Crear Públicos”. Una sesión doble, cortada por el almuerzo, que propició durante sus dos primeras horas un ambiente de confesión, es decir de hablar sin prejuicios, de asuntos reales, de problemas existentes que de encontrarse alguna solución podrían servir para potenciar eso que en el lenguaje planteado por los organizadores denominaban “demanda”.

No es mi intención contarles lo que allí se habló, porque se supone que se reflejará en algunos documentos que el “relator” elaborará y que el propio “comisario” hizo un resumen antes de acabar la sesión, aunque quede siempre la duda de si el documento allí improvisado por una persona que llegó tarde (despreciativamente tarde) y que venía con las resoluciones ya hechas y las quiso colocar sin atender a casi nada de lo expresado por los supuestos talleristas que, por arte del “dafo”, se convertían en simples monaguillos de una misa cuya liturgia era secreta y que se supone eran los mandamientos de un ser superior que era el que firmaba el cheque.

Algunos, claro está, protestamos, y por ello se nos calificó de imbéciles, cosa que no estoy dispuesto a renunciar, ante la sabiduría neoliberal inspirada en el dios mercado, es decir la que evidentemente ha fracasado y nos ha costado a todos una crisis, la imbecilidad fundamentalista de lo cultural como bien superior a la economía. El teatro como patrimonio cultural y no como mercancía, y en vez de clientes, de públicos abstractos, espectadores, ciudadanos comprometidos.

El lenguaje como arma de coacción. Utilizan palabras esdrújulas, anglicismos, conceptos de la mercadotecnia, la publicidad, los estudios de mercado cuanto más lejanos mejor aunque sea imposible compararse a nada con lo que sucede aquí, y que no tenga que ver si es posible con las Artes Escénicas y sí con eso que llaman empresas culturales y que son simplemente factorías de mercaderías de ocio y entretenimiento y los aplican sin ninguna corrección específica a la realidad cultural sobre la que se debe operar.

Y es en ese punto donde discrepo. Y discrepo de principio a fin. Y ahora que la crisis ha llegado también al modelo de programación de mercado, ahora es cuando se debe radicalizar la postura y decirles que son esos modelos, precisamente, los que no tienen futuro. Y en lo referente a su promoción, el teatro debe utilizar justo lo contrario porque jamás, jamás, es un consumo de masas; porque es algo para inmensas minorías, y porque no existe ninguna acción de mercadotecnia clásica que se pueda aplicar a una “mercancía” que a lo sumo se puede consumir de mil en mil consumidores, pensando que exista un teatro de esta capacidad.

En el escenario, en el altar, deben existir obras de arte y en la sala, espectadores, ciudadanos que vayan a una comunión con la historia de la humanidad, a un acto no de consumo, sino de iniciación y de participación, un lugar para descubrir la esencia del ser humano, fundirse con la palabra, el gesto, la plástica y salir de ese acto cambiado, convulsionado, por estar de acuerdo o en desacuerdo, pero por haber sido protagonista imprescindible del hecho teatral, de esos momentos irrepetibles, no empaquetados, ni reproducidos ni reproducibles en cadena.

El teatro se ve, se siente, se oye, de uno en uno, no en masa. Formamos en las salas de teatro una comunidad que es un ejemplo de democracia, de ciudadanía en comunión, un acto cultural trascendente, En ese momento somos espectadores, no públicos cuantificables, ni estabulados. Por eso reclamo la expulsión de los mercaderes de nuestros templos, Especialmente si son templos pagados por los impuestos de todos. Y proclamo la necesidad de crear espectadores formados, sensibilizados, capaces de exigir a la escena mejores obras, más riesgos, que sean quienes intervengan en el proceso de producción, porque algo está más que claro, se habla mucho de los públicos, pero no se cuenta con ellos para nada. Es una postura muy cómoda. ¿Dónde están las asociaciones de espectadores?

Los públicos de aluvión, las masas, tienen docena y media de cadenas de televisión para entretenerles y vienen a los teatros  para dar porcentaje de ocupación. Lo ideal es que cuando vayan a los teatros se encuentre con algo importante, eso que no encuentran en otro lugar ni soporte. Esta es nuestra fortaleza, la mayor de todas, y el reto es mantener esta singularidad por encima de las tramposas elucubraciones de estrategias de diseño para grandes consumos que son una amenaza ideológica y oportunista y un fracaso palpable. Esta mercadotecnia será una imbecilidad, pero es la única que funciona en todos los lugares donde no se confunde el teatro público, con el mercado de la Boquería de los subproductos televisivos. No sé si me explico. Seguiré machacando este clavo, como buen imbécil que soy.