Sidebar

08
Dom, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

"¿Cuál es el mensaje de la obra?". No sé si, entre las preguntas que puede hacer un espectador sobre un espectáculo, hay una pregunta más sencilla y a la vez más tramposa que esa. Incluso vertida desde la naturalidad y la inocencia, la cuestión puede ser una encrucijada de la que es difícil salir con el ego artístico ileso. Si se responde de forma escueta y sintética, puede parecer que lo que se cuenta es simplón y burdo. Si uno se extiende demasiado, la sensación que se proyecta es que, o bien que el mensaje es excesivamente complejo o, peor, que no se tiene nada claro lo que se quiere decir. Aún más desconcertante es quedarse callado y encogerse de hombros. Ello puede dar a entender que la obra no tiene mensaje, y claro -pensarán muchos- no hay nada más antiartístico que utilizar el arte para no comunicar nada.

Sea como fuere, tengo la impresión de que si se pretende responder con honestidad, la mencionada interrogante es siempre incómoda, como una prenda que nunca es de la talla adecuada. Y sin embargo, haya o no espectadores por medio, se trata de una pregunta que todo creador debe hacerse a sí mismo en algún momento. Aunque no halle repuesta alguna, aunque las respuestas halladas sean manifiestamente incompletas. El arte, al fin y al cabo, se viste frecuentemente de cuestiones sin solución posible. Pero más acá de esas consideraciones, en el terreno más pragmático, en la intimidad del acto creativo, la pregunta resulta una estrategia muy útil cuando la nebulosa de la inconcreción pulula en la obra en ciernes. En medio del caos creativo, cuando las ideas se arrebujan formando un plasma indefinible, la pregunta puede ser un pequeño salvavidas. El método aparentemente es sencillo. Consiste en parar y preguntarse: "Bien. Llegados hasta aquí, ¿qué se quiere decir con esto?". Si se mantiene el pulso lento en la respuesta, aún cuando ésta no resulte muy fina, generalmente permite descartar muchas ideas que están desconectadas de la matriz creativa.

La técnica, tan elemental como eficaz, la aprendí de Anne Bogart. Ella siempre aconsejaba, cuando las dudas se cernían sobre el proceso creativo, plantearse lo siguiente: "¿Qué es esto que estoy haciendo?". Interrogante a responder con humildad y concreción, en crudo, sin excusas. Y ahí no quedaba la cuestión. Habiendo sobrevivido a este primer envite, había un segundo: "¿Qué es esto que estoy haciendo... realmente?" Cosa que preguntaba dando un énfasis particular a la palabra "realmente", con un tono a medio camino entre la ironía y el reto. Ese "realmente" era la última vuelta de tuerca imprescindible. Una manera de sacar a la luz todos esos adhesivos innecesarios con los que uno tiende a rellenar sus creaciones. Esa colección de manías, clichés y tendencias inexplicables que uno lleva consigo y que saltan automáticamente tiñendo la creación entre manos, sea ésta del tipo que sea. La pregunta era un tamiz infalible para a discernir lo fundamental de lo prescindible. Como resultado se producía una limpieza profunda de la acción creada, en cuyos desechos uno veía fragmentos de sus creaciones anteriores que inconscientemente se habían filtrado en un primer momento y que esta vez resultaban incongruentes con aquello que se deseaba transmitir. Con aquello que se deseaba transmitir... realmente.

"Que estoy haciendo... realmente?". Menuda pregunta tan aparentemente banal y, sin embargo, tan profunda. Como sin querer, te sitúa ante la obligación de aprender a desaprender. Te incita a comprender que la evolución personal, pese a lo que pueda parecer, es más un desprenderse que un apropiarse. Que por momentos es necesario deshacerse de ciertas cosas que uno cree muy propias, para empezar a ser uno mismo. Te invita a encontrar en tu mirada una mirada de ojos ajenos, menos viciados, más limpios y objetivos. A intuir que aquello que supuestamente es la esencia, el sello particular de uno, está quizá más abajo, tan abajo que muy probablemente aún no tenga nombre. Y te recuerda, en última instancia, que si se quiere volar de nuevo, hay que pasar otra vez por tierra.