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Jue, Jul

Y no es coña | Carlos Gil

Volvamos otra vez al lugar del crimen. Hablar de, sobre, por la crítica es un ejercicio que puede producir daños en la salud de los participantes. Tengo que advertir de mi postura previa. Hago de crítico desde hace más de treinta y cinco años, no consigo integrarme en ningún gremio, no me siento identificado con los que ejercen la crítica en un porcentaje de ocasiones demasiado amplio como para ser admitido en ningún club de iluminados, por lo tanto soy un renegado total, no me reconozco dentro del clan, pero los otros, los que sufren de mis opiniones también me repudian. O sea, soy un francotirador. A mucha honra.

En Costa Rica, dentro de su Festival, participé en una mesa debate sobre la crítica. De los tres presentes, solamente un servidor ejercía de crítico en prensa de papel, en periódico generalista, de manera específica. Aporto este dato porque es importante ya que me temo que proliferan los "críticos" espontáneos, los que lo hacen sin remuneración económica, sin que nadie los contrate y que se autoeditan, escriben sus blogs, y opinan o simplemente difunden las propagandas de los programas de mano. O se convierten en feroces aniquiladores de todo vestigio de modernidad reclamando siempre el ayer como única referencia.

Lo he dicho muchas veces, lo sigo pensando, pero conforme se acumulan quinquenios en la vida laboral, uno va dotándose de sacos terreros de cinismo contra el fuego enemigo, pero, sobre todo, contra el fuego amigo. ¿De parte de quién escribe un crítico? ¿Quién hace la selección en los medios de comunicación para que escriba este señor o aquella señora? ¿Qué méritos se necesitan para opinar con la solemnidad que adquiere ese ejercicio al plasmarse en un periódico? ¿Cómo se adquiere el grado de autoridad, respeto o guía desde el ejercicio de la crítica? Se trata de un sistema de homologación gaseosa. De autentificación no científica sino emocional, circunstancial, rutinaria. ¿Quién puede otorgar legitimidad a alguien para escribir una crítica?

Pues bien, lo que más me sorprendió de esa sesión en Costa Rica era que los profesionales de la escena costarricense reclamaban una crítica orientadora para su desarrollo general. Esa sería una noble función de la crítica. Pero cuando bajamos a la realidad, como la crítica no es algo casual, sino un ejercicio de reflexión de una persona, nos encontramos con todos los problemas. ¿Cuándo se reconoce a esa persona la capacidad para ejercer de crítico? ¿Y quién le dota de esa categoría? ¿Y cómo se establecen los pasos rigurosos para que la subjetividad imprescindible en esas opiniones no se convierta en una muestra de egocentrismo sino en un trabajo de análisis intelectual y artístico de lo presenciado?

Quizás la pregunta básica es sobre la función de la crítica. Y me refiero y así lo digo siempre, a la crítica primaria, a la que se hace en los medios de comunicación generalistas, muy a vuela pluma, con espacio limitado y tiempo censado para entrega de la pieza para su publicación. La otra, si es que existe, tiene otro ritmos y otras probabilidades. Aquí mismo tenemos alguna prueba de ello, como son los análisis contextualizados de David Ladra, que dadas las circunstancias actuales no cabrían en ningún periódico ni revista especializada, sino es digital, como es este. O las amplias consideraciones empleadas por Afonso Becerra para analizar obras o fenómenos escénicos

Supongo que todas las personas que han estado ejerciendo al crítica durante un largo tiempo han intentado formar una idea de lo que ellas creían que debería ser el teatro o la danza, no solamente la que veían sino la que desearían que existiese. Que han pensado que con sus críticas han ayudado a sus lectores, y especialmente a los afectados por ellas, a mejorar su concepción de su actividad creativa. Por eso, para acabar por ahora este asunto, considero que tan nefastas son las críticas aniquiladoras, voladoras de todos los puentes, infantiloides y destructivas, escritas con saña y prejuicios, como la inmensa mayoría de lo que actualmente se escribe: pasteleras, laudatorias sin escrúpulos, repetidoras de los conceptos baratos escritos por los directores en el programa de mano y pensadas casi como formando parte del equipo de producción y propaganda. Hay en estos momentos un crítico muy seguido que cada semana ha visto el mejor espectáculo del año o de su vida. Eso también es muy ofensivo.

Así que amigo Baltasar Patiño, no sufras por la falta de consistencia de las opiniones de alguien que lo hace en una medio de comunicación público gallego. Estamos así, desamparados, sin legitimidad y opinamos a veces con una frivolidad hiriente merecedora de dos hostias (metafóricas o no) bien dadas. En eso te apoyo. Ya sabes, me tienes a tu servicio desde la responsabilidad histórica. Y piensa en lo que reclaman los costarricenses: una crítica para avanzar en su proceso de desarrollo. No tienen ni imbéciles en los que descargar sus malos humores. Y eso, creo, es todavía peor.

Ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio.

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Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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Es un privilegio el poder dar a conocer el trabajo que desde finales de los años 60 Suzanne Osten ha desarrollado tanto en Suecia como en el resto del mundo, a través de presentaciones, giras, conferencias y workshops. El alcance de la obra de Suzanne se se debiera condensar en unas pocas palabras toda su obra hablaría de: riesgo, compromiso, comunicación, lucha y una inalterable apuesta por los olvidados dentro de los olvidados: los niños. Y junto a ellos los jóvenes. Es a ellos a los que Suzanne ha dedicado una enorme parte de su actividad creadora.
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