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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

No nos dejan gritar. El grito no está bien visto en ninguna de sus acepciones. Cuando te gritan con violencia, mejor se lo traguen hasta que les llegue a los intestinos, lo digieran y si pueden, lo caguen. El grito de júbilo será asimismo reprobado por las miradas adyacentes estemos donde estemos, a no ser que se trate de una misa gospel, una rave (quizás, eso no lo tengo yo muy claro) o una guardería (tampoco crean que en este caso las tengo yo todas conmigo). Donde si que está por supuesto aceptado el gritar es en el estadio de fútbol. Aquí no hay duda. Todos tenemos derecho a nuestros dos minutos de odio, oiga.

Gritar libera, en el acto, la afrenta cometida contra nuestro ser, nuestro cuerpo, contra aquel límite que no respetaron. Otro gallo hubiera cantado si en aquel momento hubiésemos gritado. Por eso, gritar libera, tiempo después, los gritos no dados, los gritos tragados, los gritos subyugados, los gritos no gritados. En su día a día, mucha gente grita a la familia, los allegados, canalizando un dolor antiguo por el camino equivocado. Por otro lado, Munch y su grito de horror expresan con claridad el miedo intrínseco a la locura que porta consigo el grito que nace de la entraña. El miedo a descontrolar, a perder la cabeza es a veces más fuerte que la necesidad de liberar los horrores que vimos o vivimos.

La voz es una poderosa llave para abrir espacios olvidados donde anidaron los gritos que nunca se dieron. La voz, una vez abierta, es un poderoso canal por el que sacar, al mundo, lo viejo que malvive en nosotros. La voz es un río capaz de arrastrar o portar consigo multitud de emociones hasta entonces interiorizadas. A través de la voz podemos hacer viajar al mundo exterior, al mundo material, a ese mundo donde vivimos con los demás seres humanos, todas esos sentimientos, ternuras, pavores, traumas, lesiones, alegrías, y placeres que vivimos en el momento o que en su día negamos.

Clarissa Pinkola Estés anima a aullar a todas aquellas o aquellos que lean su libro. ¿Por qué? Porque aullar libera, gritar libera, desgañitarse cantando es una de las cosas más saludables que pueden hacerse. ¿Quién no grita en un coche, quién? Así nos lo montamos hoy en día, en esta sociedad tan civilizada, tan limpia, tan correcta. Encerrados en nuestras moles de metal gritando como locos cuando creemos que nadie nos ve, a 120 por la carretera, a salvo de oídos y miradas ajenas e intrusas que puedan juzgarnos, que puedan creer que hemos perdido la cabeza. Cuando, en realidad y en estos tiempos que corren, quizás estemos muchos a punto de perder la cabeza y empastillados hasta las patas por gritar demasiado poco, por habernos tragado aquel grito que pudimos liberar en un momento dado y que no hicimos. Por haber acallado el horror, la traición o la insidia porque había que ser buenos.

Griten señores y señoras, griten. En el coche o en un buen acantilado frente al mar. Griten y dejen que la voz viaje y se lleve consigo todo lo enquistado, ensanchen pulmones, dejen que el pecho se movilice y griten hasta quedar exhaustos, pero satisfechos. Griten por ustedes y por todos aquellos que todavía, no se atreven a gritar.