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Jue, May

DE LA CAÓTICA GALA INAUGURAL A LA EXCELSA FUNCIÓN DE “LAS TROYANAS”
Con sombras y luces ha dado comienzo la 54 edición del Festival. El telón imaginario del Teatro Romano que abrió con una caótica gala inaugural de homenaje a Margarita Xirgu, pésimamente diseñada y montada -por Francisco Suárez-, acto seguido nos ha brindado una excelsa representación de “Las Troyanas”, de Eurípides / R. Irigoyen.
La gala, anunciada a bombo y platillo como una “fiesta teatral”, presuntuosa de pompa y glamour a la americana, resultó un “totum revolutum” de actos paradójicos: de iniciar la sesión con un concierto musical de hora y cuarto en lo que se supone una actividad teatral, seguido de un descanso de media hora por desmontaje, de inoportunos documentales más propios de actividades paralelas y de fruslerías para presentar las obras, con el “late-show” de Buenafuente y compañía reburujando un indigesto y consentido sapo teatral que se sale del escenario y alcanza a los espectadores políticos.
Tales desaciertos y confusiones hicieron que tan desmesurada ceremonia de contenido y estética sinónimos de la nada, a los ojos del público, pesara y abrumara. Y, a los amantes del teatro, sonrojara. Si la Xirgu hubiera podido descender del Olimpo y sentarse en una cavea para ver y oír lo ofrecido en la efeméride tal vez se hubiera sentido indignada ante tamaña osadía e ignorancia de haber profanado su nombre en el Teatro Romano, templo de la fiesta teatral grecolatina.
Se salvó por coherencia con la Xirgu la interpretación de Nuria Espert en varios fragmentos ilustrativos de la “Medea”, demostrando, una vez más, su pericia y conocimiento del personaje en un rol que ya es mucho rol cuando se tiene cierta edad. La actriz logra mantener la fuerza trágica impecable de matización gestual, vibrando con un amor y una perversidad más fuerte que el de la implacable justiciera.
El panorama del Festival pasó de un extremo a otro con el estreno de “Las troyanas”, montada por Mario Gas. La tragedia centrada en el amargo destino de las mujeres de los héroes vencidos en Troya, como se sabe, es el alegato antibelicista por excelencia de los casi tres mil años de literatura occidental. También es conocida la calidad poética de la versión de Irigoyen, en cuya esencia se encuentra esa imagen devastadora de la guerra en el mundo de hoy, montada en muchos lugares (hasta por la mismísima Irene Papas con La Fura dels Baus).
M. Gas consigue con esta obra su mejor espectáculo en el Teatro Romano, siendo además uno de los más hermosos de la historia del Festival. Está muy bien facturado en la palpable demostración de que llega a todos y de que todos pueden participar de la sensibilización sobre el desastre que supone cualquier guerra y sus detestables secuelas. La forma del montaje tiene un riguroso sentido de la composición escénica: de vestuarios, utilleria, luces, sonido, dentro de un espacio escenográfico que penetra en la orchestra y la convierte en sugerente playa. También de depurada ambientación catártica y síntesis de dinamismo sublime sin grandilocuencias. Y, sobre todo, de disfrute de los roles de los intérpretes -que logran como pinturas trágicas y dolientes integrarse en los registros del ritmo interno de las escenas-, de su belleza corporal y de las voces y cánticos fragmentados del coro.
En las actuaciones, destaca Gloria Muñoz (Hécuba), protagonista indiscutible de esta historia que tan admirablemente fusiona el drama colectivo con el individual. La actriz, majestuosa, imponente, estoica, con fuerza de huracán muestra la catarsis de su sufrimiento y de su furia, su lamento que perfora los siglos y llegan hasta hoy. Ana Ycobalzeta (Casandra), se luce sonriente y exultante en su exigente papel de adolescente adivina en los bordes de la locura. Mía Esteve (Andrómana), transida de dolor logra junto al niño Luis Jiménez (Astianacte) las escenas más tiernas y conmovedoras. Clara Sanchis (Helena), se implica deslumbrante en su personaje frívolo y seductor. Ricardo Moya (Taltibio), con excelente voz y presencia logra la justeza en la combinación de cinismo y compasión del mensajero griego. Antonio Valero (Menelao), actúa con autoridad en un adecuado trabajo orgánico del confundido rey de Esparta.
Menos convincentes están Carles Canut (Poseidón) y Angel Pavlovsky (Atenea), algo forzados, en su papel de grotescas deidades arrogantes, caprichosas y vengativas. Por ello, su escena, muy original en la traslación a la actualidad, sólo se logra a medio Gas.
Publicado en EL PERIODICO EXTREMADURA