Sidebar

18
Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Ha sido una puñalada trapera. Una declaración más para que quede claro el desprecio a la cultura de este gobierno títere de la gran banca y los intereses de las grandes empresas. La subida del IVA del ocho al veintiuno por ciento en las entradas de teatro, cine, circo, conciertos y otros espectáculos es una barbaridad que no se entiende y que probablemente no tendrá un efecto tan catastrófico como el que ahora nos parece y conmociona, pero que es un elemento más para que vayamos pensando en el hundimiento definitivo de todo el sistema actual.

Los hechos y decisiones plasmadas en el BOE nos está pasando por encima, machacando, y es el momento de dejarse de comunicados y gestualidades y empezar a poner a trabajar todos los planes de reconstrucción. Ya está demolido, ya ha pasado el mayor terremoto sufrido por el mundo cultural en las últimas décadas. Ahora, cada cual que coja su pico y su pala, y empieza a desescombrar para empezar de nuevo a construir todo el edificio, pero poniendo primero unos cimientos más sólidos y hacerlo en terreno no tan inestable y movedizo.

La noticia nos atrapó en el Festival de Almada, y justo antes de empezar una mesa de debate para hablar de la crisis en el teatro iberoamericano, y allí, sentimos, que la desorientación crece, que sabemos que nos están bombardeando, que en ocasiones parece fuego amigo, pero que los efectos son demoledores, sin aparente posibilidad de defensa. Las circunstancias generales nos hace mirar al exterior con envidia. Sabemos que en lugares como Chile, México, Colombia, Brasil o Perú, por poner unos ejemplos se están logrando avances en sus estructuras, tanto en formación, como en producción o exhibición. Estamos hablando de dramaturgias emergentes. No olvidamos a Argentina, que es un ciclón de producciones, de creadores, de una simbiosis entre escenario y públicos que crea una magnífica ilusión de existencia de posibilismo, aunque sea a base de la auto-explotación, pero que genera optimismo. Miramos y queremos ver lo bueno, o lo mejor de ahí fuera, al igual de los relatos que nos hacen desde las universidades de USA en donde la presencia creciente de una población latina va encontrando un correlato en los escenarios, tanto en el ámbito universitario como en el profesional o más mercantil, sustentada por la iniciativa privada.

Ya digo, todo ello nos insufla sensación de futuro, a orillas del Tajo, donde las dos naciones o estados que forman la península que da el prefijo de ibero, están pasando por sus peores momentos de la reciente historia, intervenidos, aplicándoles las recetas neoliberales que llevaron a muchos países americanos a la ruina y la desesperación. Ahí en ese contexto uno sufre calambre neuronales. Va desde el impulso de resistencia, ética, estética, política, a la desesperación más depresiva. ¿Tenemos la complicidad de la ciudadanía o nos hemos preocupado solamente de complacer a los mandos intermedios y políticos que eran los que administraban los recursos económicos?

Se abre un tiempo en donde la abstención es una traición. Todos: autores, directores, actores, escenógrafos, iluminadores, atrezistas, taquilleros, acomodadores, transportistas, productores, gestores, programadores, distribuidores, pedagogos, investigadores, sindicalistas, periodistas, críticos, todos, absolutamente todos, deben mojarse. Porque a todos afecta. No se puede quedar nadie esperando a que los demás le saquen la castañas del fuego. Y en los centros de representación del Poder Instituido, entiéndase Centros Dramáticos, Teatros Nacionales, Compañías Nacionales, Ballets y otras instituciones, deben saber que se han convertido en una excepción cortesana de difícil sostenimiento. Mal que les pese a sus actuales directores y sin que se lo tomen personalmente.