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08
Sáb, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

He viajado en avión, repleto, codo con codo con un señor corpulento que además me prestó un lápiz para rellenar una encuesta ridícula que fue el único supuesto gesto de prevención ante la pandemia. Querían saber dónde me hospedaba, mi teléfono y el de contacto por si la cosa iba a mayores. Así que voy a salas pequeñas, teatros grandes, con medidas de seguridad bien aplicadas. En la calle no es obligatorio usar mascarilla, pero hay un buen número de personas que circulan con ella. Estoy en Almada, Portugal, en su festival salvado con inteligencia. Con una programación casi exclusiva de producciones portuguesas, asunto que nos ayuda a conocer mejor la realidad teatral portuguesa tan desconocida en términos generales en el reino de España.

 

Aquí he vivido los resultados de las elecciones en Galicia y País Vasco, sin grandes sorpresas, han ganado los partidos que últimamente han gobernado, con la caída en picado de Unidas Podemos, por lo que queda la sensación de que se mantendrá el mismo pulso átono de la aportación económica a la Cultura en ambas naciones sin estado, con lenguas propias, quedando claro que el uso en los escenarios del gallego es más habitual que el del euskera.

Por otro lado, en Lleida, la Generalitat había decretado un confinamiento total que ha sido suspendido por la autoridad judicial ya que se trata de competencias que requieren de unos trámites parlamentarios de nivel estatal. Un conflicto político que viene a incidir de maneras lamentable en la resolución de la pandemia. En el aviso de medidas ahora suspendidas, se volvía a cerrar cines y teatros y otros centros culturales, asunto que debe ponernos en alerta extrema, porque si se vuelve a los puntos anteriores y los datos estadísticos nos colocan en cifras de cuando se declaró el estado de alarma en todo el territorio, la asfixia económica al mundo cultural y a los trabajadores de las artes escénicas puede ser grave o muy grave.

Magüi Mira, que estrena en estos días un nuevo espectáculo, declaró: “No nos podemos morir de coronavirus, pero tampoco de hambre”. Define la situación actual, nada es normal, buscamos la manera de hacer ver que todo es posible, pero hay miedo, recelo, inseguridad e incertidumbre. Si no se abren teatros, si no se hacen festivales y eventos al aire libre, si no se actúa, se puede morir de inanición.

Es un momento de gran inestabilidad. Por eso el titular, porque estoy de acuerdo y en contra a la vez, de manera solapada o una cosa detrás de otra. Hay que abrir, hay que hacer el teatro en las condiciones más seguras, pero estar dos horas en una platea con la mascarilla es muy incómodo. Uno se acostumbra, pero en ese montaje uno tiene tiempo para casi todo, y si el espectáculo no te atrapa y te hace moverte buscando posición, la mascarilla acaba clavándose en las orejas, irrita la piel, hasta provoca sarpullido. Y en este caso habla un profesional del medio, que ve una o dos obras diarias, lo que quizás sea un poco excesivo tras cuatro meses de confinamiento, pero mi duda sigue siendo la misma: ¿Los públicos se acostumbrarán a esta incertidumbre, a estas situaciones cambiantes?

En Almada, las plazas habilitadas en cada representación están ocupadas todas. Sigue siendo un público de edad avanzada. Antes del coronavirus pasaba lo mismo. Siempre ha sido este festival un lugar para reflexionar sobre los movimientos teatrales europeos. Este año, con la producción portuguesa como base, me ayuda a reafirmarme en varias cuestiones: la dificultad que tienen dramaturgas y dramaturgos portugueses contemporáneos para acceder a los escenarios, junto a la variedad, conocimiento, apuestas por el teatro universal de las compañías portuguesas de referencia. Me refiero a que en estos días se pueden ver obras de: Tennessee Williams, Marius von Mayenburg, Gertrude Stein, Bohumil Hrabal, Elfriede Jalinek, Dario Fo e Franca Rame, Molière, Michael Mackenzie, Hertmann Broch, Robin Maughan... y podríamos añadir dos obras más que siendo firmadas por portugueses parten de propuestas de otros autores extranjeros.

Esta lista es espléndida. Seguramente forma parte de la selección del equipo del festival frente a otras propuestas, pero el acceso a los grandes textos de la literatura dramática universal, de toda la vida o contemporánea es algo habitual en Portugal, cosa que en el reino de España parece casi una actividad subsidiaria.

Lo anteriormente dicho es para estar a favor y en contra, porque significa que hay un a nómina amplia de dramaturgas y dramaturgos españoles jóvenes, maduros o no que están en los escenarios de manera habitual por decisión correcta de los gestores actuales, pero que, a su vez, nos deja un poco atrasados con las corrientes dramatúrgicas europeas más actuales. Y eso se nota en todos los frentes. En la edición, por ejemplo, es algo que se puede tasar sin problemas.

Debo mantener mi estado de incertidumbre, de miedo, pero no de cobardía, hay que ser prudentes, resguardarse, tomar todas las medidas sanitarias de los protocolos oficiales, colaborar a que todo vuelva a ser posible, que la anormalidad anterior se haga presente con su cara menos asustadiza y que la Vida siga, porque si no se vive, no hay manera de filosofar, si se cierra de nuevo un territorio o todo el país, esto será difícil de superar.

Que empiecen todos los festivales que faltan, que se ocupen los asientos habilitados, que se cumplan las medidas, que se celebre el arte en vivo y en directo, porque lo otro, cuando la solución sea la mediación de un objetivo, una cámara y una tecnología, será la doble muerte del Teatro.