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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Dicen que la participación del público en el teatro occidental está acabada. Dicen que como público solo asumimos el rol de espectadores pasivos, bien repantigados en nuestras butacas, casi sin respirar, sin atrevernos a mover un dedo, casi como si estuviéramos pintados. Lejos quedaron las épocas en las que la división entre quien hacía y quien miraba no existía, lejos quedaron los tiempos ancestrales en los que todos participaban activamente del acto, fuera el que éste fuera.

Y, sin embargo, los espectadores tienen más poder del que creen a la hora de levantar una función y hacer vibrar a los actores en escena. De verdad que lo tienen. Con sus risas, comentarios, aplausos, expectación, apoyo, actitud viva e interés activo. Y entonces, la actriz o los actores se crecen y aquello sube como la espuma, alcanzando cotas que fueron inimaginables en un estreno o en otro día de función. Tienen más poder del creen los espectadores.

Y tiene Dario Fo un texto interesante acerca de la diversidad de públicos existente. Dependiendo del carácter de cada país, el actor y director ajustaba ritmos, pausas y gracietas, porque el respetable reaccionaba de forma distinta en conjunción con las particularidades de cada sitio. Pero, ¿Cómo se explica que los públicos sean tan distintos de un día para otro en la misma sala de la misma ciudad en el mismo país? Misterio misterioso éste que no tiene explicación.

Hay entre los públicos de una sala personas que tiran del pelotón en cuestión de viveza de reacción, con risas o regocijos, interjecciones de espanto o miradas penetrantes. Hay saboteadores de viveza también, que dan codazos al de al lado para que no cante, no ría, no lleve el ritmo con las piernas, para que asuma, en suma, el rol de sesudo espectador ante una cosa muy seria, muy seria, como es, el acto teatral.

Hay días y días en que los actores están más o menos finos, más acertados o no, cabalgando adecuadamente el ritmo del asunto o al ralentí. Y su deber es dar el máximo independientemente de cómo reaccionen los espectadores, pero ¡ay! ¡Qué fuerza pueden llegar a tener todas esas caras que miran desde el otro lado del espejo! Porque no solo pueden mirar, también pueden bailar, vibrar, jalear y jalonar. Pueden, en definitiva: crear. Y, entonces, nos hacen un regalo grande a los actores, porque nos ponen a hacer más allá de nuestros límites conocidos. Unos límites que solo los espectadores son capaces de ensanchar.