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Mar, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

En ocasiones me dan ganas de hacerme tarjetas de visita en la que me presente como jurado. Paso bastantes semanas del año siendo jurado de textos dramáticos, estudios, investigaciones, proyectos, espectáculos en vivo, selección de convocatorias y un largo etcétera, incluso en los que se retransmiten por televisión. En todos los casos considero un honor y una gran responsabilidad desempeñar la labor encomendada. A todos los considero importantes. Sin discriminación ninguna de si están dotados con premio en metálico, promesa de actuación o edición o simplemente un diploma y una consideración pública. Me entrego exactamente igual si se trata de labor remunerada o simplemente agradecida. El compromiso es exactamente igual.

Lo he remarcado varias veces, lo repito: en el cien por cien de las ocasiones, a lo largo de estos veinticinco años en los que regularmente soy convocado para estos menesteres, el resultado final ha sido fruto del debate, del intercambio de opiniones, de momentos de confrontaciones dialécticas serias y finalmente de un consenso, o de una votación en la que ganan las mayorías. No hay en este artículo ninguna brecha para la más mínima sospecha en los procesos o en los resultados. Ni siquiera es un simulacro de pliegos de descargo. Quieren ser reflexiones sobre la presión, las circunstancias, los compromisos y la calidad.

Cuando se acepta ser miembro de un jurado se hace a partir de una invitación de la organización del premio y con un marco referencial claro y evidente: las condiciones de la convocatoria. Los objetivos están en el reglamento de la convocatoria. Decir sí, es admitir esas condiciones y el debate final debe centrarse en las obras, textos o proyectos presentados dentro de esa convocatoria y admitidos por la organización. No existe otra opción. En muchas ocasiones los jurados advierten a la organización de fallos o circunstancias sobrevenidas que, en general, se incluyen en la siguiente convocatoria para ir limpiando de zonas oscuras cada premio. Incluso se elevan propuestas de mejora que en la inmensa mayoría de las ocasiones son asumidas por los convocantes.

La elección de los jurados, en general, es por libre designación de los convocantes. Se supone que se busca a personas con formación y criterio idóneas para cada caso y es bastante habitual que existan personas de diferentes tendencias estéticas, pertenecientes a gremios y edades diversas para que no sean miradas demasiados unívocas. Hay premios con jurados fijos, salvo alguna variante en cada ocasión y otros que cambian en cada convocatoria a la mayoría de los jurados o a todos, como norma. No hay una fórmula mejor que otra. Cada una tiene sus detalles. Lo bueno es que en esa elección del jurado se logre un ambiente de discusión, contacto, escucha y convencimiento para ir creando un marco desde el que decidir. Desde la discrepancia se logran veredictos magistrales. Desde el consenso, también. Siempre que todos los componentes se despojen de su representación profesional, asociativa o cargo y se dediquen a juzgar, dentro del reglamento, lo mejor para que el palmarés de ese premio sea la máxima garantía y el valor añadido.

Sucede a veces que uno se puede confundir y no deshacerse del traje de crítico o de programador, editor o de miembro de una asociación profesional. En esos momentos es cuando se crean fricciones exógenas al discurrir del premio. En la inmensa mayoría de las ocasiones esas dudas desparecen con la lectura atenta de la reglamentación de la convocatoria. Pero es cierto, cuando los premios se vinculan con otros festivales, un montaje, la edición del ensayo u otro destino, surgen, por lógica, conflictos de intereses. Siempre menores. Siempre solucionables. Pero lo ideal es que en el momento supremo de dar el premio, se piense en ese premio, en esa organización, que es la mejor manera de que la vida posterior de lo premiado vaya acompañada de un respaldo, de una etiqueta y una valoración previa.

Queden todos cuantos participan en concursos y premios tranquilos. Elegir es ridículo por definición. Seleccionar y premiar una obra entre cincuenta es siempre un acto de injusticia. Nunca se puede satisfacer a todos. Insisto en que es el palmarés de los premios su máximo discurso, su declaración de principios. Los jurados y los conjurados son anecdóticos. Jamás he escuchado a ningún premiado dar las gracias a los individuos del jurado que le ha concedido el premio. Nunca he tenido ninguna presión de nadie. Sí algún reproche una vez conocido el fallo. Es normal. Tampoco he recibido un jamón, ni me ha pagado una cerveza nadie por lo contrario. Me he sentido siempre libre en cada jurado al que he pertenecido. Y si he perdido o ganado en la decisión final, la he defendido solidariamente.

No sé cuál será mi mañana. La organización que represento convoca dos Premios Internacionales de Ensayo y de Investigación, en uno soy jurado, en el otro propongo jurados. Hablo, pues, desde los dos lados de la barrera. Los jurados de los premios que organizamos son elegidos por su categoría profesional, porque aportan conocimiento, porque son capaces de leerse, analizar y discutir con un nivel intelectual iluminador sobre los textos presentados. Y editamos las obras ganadoras. Lo mismo que editamos en euskera y español las obras del Premi Born. En esta ocasión la decisión la toma un jurado del propio Premi y asumimos su resultado.

A veces se crean dudas malignas sobre los premios. A veces uno duda sobre la utilidad de los premios. A veces uno desearía no ser nunca más jurado de ningún premio. A veces uno piensa que si no hubiera premios, habría que inventarlos. Seguiré poniendo en mi tarjeta de visita, pianista de puticlub.

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