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17
Sáb, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Merodeando por los lugares en los que se consuman los sueños encuentro una nueva motivación para consagrar lo que resta de vida a desarrollar un modelo de actividad individual en donde el compromiso con lo colectivo se convierta en una proclama política de solidaridad. Desde el arte, desde la cultura, desde el periodismo. Con vocación de servicio, pero con ambición de transformar la realidad. En la búsqueda de una brecha en el sistema por la que entren los nuevos aires reformistas. Entendiendo que no hay otra manera de encontrar un hilo que nos conduzca por el laberinto que canalizando todas las energías existentes hacia una nueva posibilidad de cambio.

Pienso en Argentina donde tengo bellos y atractivos proyectos para realizar en los próximos meses. Hoy despertaremos con los resultados de unas elecciones que puede ser muy importantes porque se puede variar todo el rumbo socio-económico. Uno cree que el teatro estará siempre a salvo en Argentina, pero las circunstancias en las que se hace y se ofrece son influyentes como en todos los países con organización en estos menesteres. Existe Ministerio de Cultura desde hace poco, hay una Ley de Teatro desde hace décadas, un Instituto Nacional del Teatro que es un organismo autárquico y que ha contribuido a desarrollar políticas que han dado frutos, existen salas, tetaros, coliseos, compañías institucionales, festivales, escuelas, universidades. Se acaba de reconocer oficialmente el estatuto de actor. Y sin embargo todo puede frenarse. O romperse. O retroceder. O implementarse.

Cuando algunos de ustedes lean estas líneas yo estaré volando hacia Cracovia en Polonia (o habré llegado ya), invitado por la fundación de Tadeusz Kantor, para visitar todas las instalaciones dedicadas a su figura y su obra, para recordar el centenario del gran creador. Otra realidad, otro concepto de la cultura, otra relación de las artes escénicas con la sociedad. El teatro como una de las actividades que tiene presencia constante, que se mantiene dentro del criterio de arte, de bien cultural para todos, con estructuras administrativas estatales potentes que lo sostienen, lo alimentan, lo difunden.

Yo sigo mirando con detenimiento los programas de los partidos políticos que se presentan a las elecciones del 20-N en España y no encuentro muchos motivos para la ilusión. En términos generales, pero en cuanto llego a lo cultural, me ataca el desasosiego. Ni los emergentes, ni los del bipartidismo, todos se mueven con timidez, con vaguedades, sin apuntar medidas que apunten a soluciones de cambio, todo demasiado pacato, pequeño, sin ambición, yo diría que en el campo de las artes escénicas resalta que sin tener ni la más puñetera idea de lo que se está haciendo en otras latitudes, manteniendo de manera absurda y cómplice la podrida situación de unas estructuras agotadas, de un sistema corrupto, de unas relaciones institucionales que no se compadecen con la constitución ni los estatutos. Es decir los que han refrito los programas son de una manifiesta inutilidad, de una mediocridad de asustar y si llegasen a tener responsabilidades de gobierno podríamos entrar en recesión o colapso.

Por eso creemos que toca pedir la vez en todas las ventanillas donde se supone habrá, cuando menos, nuevos bedeles, quizás nuevas jefaturas de sección. Una vez pase el 20-N se recompondrá todo en general. Incluso Catalunya tendrá que empezar a funcionar, aunque en asuntos teatrales parece que ya se han independizado porque su presencia individual y colectiva es cada vez más distante en los nuevos puntos estatales de encuentro profesional. Damos por perdida cualquier posibilidad de entendimiento con el INAEM actual, con los directores del CDN y sobre todo de la CNTC, de la que ni siquiera nos mandan información personalizada, como si no existiera este que les mece la cuna. Volveremos a explicarles a los que van a tener el presupuesto quienes somos, de donde venimos. Es una situación cansina. Aborrecible, pero pensamos que será por nuestra parte el último esfuerzo, el último acto de humildad antes de tomar las decisiones definitivas.

Nos ponemos un plazo diplomático, porque vital y profesionalmente sabemos dónde estamos y dónde estaremos mal que les pese a algunos.