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Mié, Oct

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

La escucha (que incluye la vista y todos los sentidos) es, quizás, la cualidad más importante para la creación artística en teatro. También debería serlo para una vida más plena y armoniosa. Para la escucha hay que saltar fronteras. Una de ellas es la de la división por edades que nos encuadra y nos encasilla. Cosas de niñas/os, cosas de adolescentes, cosas de adultos, cosas de la tercera edad. Grupos de edad y los prejuicios asociados que dificultan esa escucha entre adultos y adolescentes, por ejemplo.

 

El teatro, a veces, puede ser un altavoz y un portavoz de colectivos y de individualidades que, en general, no estamos acostumbrados a escuchar.

Ha habido experiencias teatrales en las que han sido los propios adolescentes quienes han subido al escenario, después de un proceso de creación colaborativa, para interpelarnos sobre cuestiones que les afectan y, por extensión y empatía, también nos afectan al resto. Recuerdo, por ejemplo, Future Lovers de la Cía. La Tristura de Madrid (Véase el artículo titulado “Paula Sanmartín. Mala Voadora. La Tristura. Setaro y la ópera coruñesa”, publicado el 28/10/2018), o Comme Possible de la Compagnie des Hommes, dirigida por Didier Ruiz, en Francia (Véase el artículo titulado “Teatro para todas las edades. Lo político & la política en el 68 Festival d’Avignon 2014. Tercera parte”, publicado el 15/08/2014).

Y hay prestidigitaciones dramatúrgicas en las que un joven dramaturgo, que ya no es un adolescente, escribe un texto de ficción en el que asume una voz adolescente, con una nitidez y una verosimilitud impresionantes, para sorprendernos. Este es el caso de Daniel J. Meyer (Buenos Aires, 1982) y su obra titulada A.K.A. (Also Known as), que yo no he leído, pero sí la he visto. Y verla, actuada por Albert Salazar y dirigida por Montse Rodríguez Clusella, me ha puesto en situación de escucha emocionada.

Se trata de una producción de la Sala Flyhard de Barcelona, que ya ha cosechado algunos premios como los Butaca al Mejor Texto teatral 2018, Mejor dirección, Mejor obra de pequeño formato, Mejor actor protagonista; el Premio de la Crítica 2018 al Mejor actor revelación; Premios Max 2018 a la Mejor autoría revelación y Mejor actor protagonista; y el Premio del Público 2019 de la 35 Mostra Internacional de Teatro, MIT de Ribadavia (Ourense). Fue aquí, en la 35 MIT Ribadavia donde yo pude verla, adaptada al especial lugar de la Igrexa da Madalena.

El actor Albert Salazar hace una interpretación dramática que, sin embargo, se abre a las espectadoras y espectadores, desde la proximidad, sin cuarta pared. Esta interpretación dramática del actor también contrasta con el texto de Daniel J. Meyer, predominantemente narrativo y de palabra descriptiva y referencial anti-dramática. El actor hace un personaje muy pegado a él, como si fuese él mismo. Representa el personaje como si no lo representase y, no obstante, no representa la historia que constituye el argumento de la pieza, sino que nos la cuenta.

Al personaje, llamado Carlos, un adolescente, le pasaron cosas increíbles que no vamos a ver, porque no nos las va a representar, nos las va a contar. Ahí está esa necesidad de decirnos lo que le pasó, esa necesidad, desde el monólogo, de contarle a alguien su historia. Como un testigo que nos ofrece su testimonio. Ahí está ese enganche con nosotras/os.

Un monólogo narrativo que este prodigioso actor juega desde el drama, en la consecución de una verosimilitud que roza lo veraz: Carlos, ese joven adoptado, de entre 15 y 16 años, que nos cuenta, desde sus 18 años, la experiencia más traumática de su vida, cuando su primer amor se vio truncado por una denuncia racista que le llevó a la cárcel.

Albert Salazar nos muestra a una víctima sin hacer el rol de víctima y le insufla una fisicalidad y una autenticidad a lo que hace y a lo que dice, a flor de piel, que consigue nuestra adhesión total.

A este resumen de mi recepción, en el Facebook, la colega dramaturga, AveLina Pérez, colocaba una cuestión muy pertinente. Cito y traduzco, más o menos, de manera literal: “¿Sabes lo que me llama la atención? (igual es una susceptibilidad mía, eh, fácilmente podría ser): en las referencias a críticas que salían en el folleto y ahora en tu resumen de la pieza, no se nombra algo, según mi modo de ver, esencial: que habla - entre otras cosas, pero con un peso importante – de una denuncia falsa por violación. ¿Da miedo esta parte del argumento tan importante? ¿Pesa poco? ¿No es - justamente- algo de lo más fuerte y decisivo?”

Y sí, AveLina tiene razón, sobre el tema de la denuncia falsa por violación no hablamos, ya sea por no hacerle spoiler a la historia o, con más probabilidad, por obviar un tema espinoso y polémico en los días que corren. Pero, sí, efectivamente, es el tema más fuerte: la denuncia falsa por violación en base al racismo.

En cuanto se produce esa denuncia falsa, el joven adolescente, pasa a ser tratado como un criminal. Al poco tiempo, es juzgado como tal, a raíz de la supuesta sensibilización feminista que, por generalización, extiende la sospecha y la condena al chaval, solo por ser hombre y también por su procedencia islámica.

“Carlos, me llamo Carlos. Tengo 15 años, o 16. Voy al cole, me aburro, salgo con los colegas al parque, bailo hip-hop... y un día conozco a Claudia y... magia.” Así arranca su relato, con el teléfono móvil en mano, mensaje va y mensaje viene, con las búsquedas en Instagram y en Facebook, con su música hip-hopera para bailar y desahogar, con su capucha, porque, hasta que conoció a Claudia, siempre se ocultaba, quizás porque no le gustaba que le mirasen, quizás porque en el cole todo el mundo sabía que era adoptado y, aunque a él non le importaba, se daba cuenta que eso era importante para los demás, también para su madre, que intentaba atenuar ese tema...

Las actitudes, el aspecto informal, con la estética urbana de los chavales a los que les gusta el hip-hop, porque a Carlos no le gusta el futbol, el monopatín casi como un apéndice del cuerpo, las piruetas, y esa gracia vitalista, hacen del personaje un chico encantador.

La escenificación, dirigida por Montse Rodríguez Clusella, nos representa a un adolescente heterosexual que no responde a los trazos caracterológicos de las masculinidades hegemónicas. Se trata, en el caso de Carlos, de un joven sensible, solidario y empático, con un punto tímido y gamberro, pero muy alejado de los estereotipos del malote o del chulo, sino todo lo contrario. Esto es lo que, precisamente, hace más grave el giro que experimenta la historia, cuando la prima de Claudia, mayor que ellos, en el día del cumpleaños de Carlos, cuando la pareja está haciendo el amor, irrumpe en casa de Claudia, les monta una bronca y la posterior denuncia.

También influye en nosotras/os, desde los parámetros dramatúrgicos, que el actor, Albert Salazar, aún siendo moreno, no tenga unos rasgos étnicos islámicos definidos, por eso, de algún modo, no tenemos ninguna expectativa respecto a posibles conflictos xenófobos. Cuando introduce esa información en el relato, casi funciona como una especie de anagnórisis y comienza a adquirir más peso y densidad lo que nos cuenta. Pero se trata de un peso que no funciona por identificación, sino como una razón más en ese juego maquiavélico en el que la verdad se pone a temblar en las manos del sistema social del que formamos parte.

En lo argumental, eso de la denuncia falsa por violación, en base a la islamofobia, así como la codena injusta, con 16 años, en la cárcel hasta los 18, es lo más fuerte de la historia que nos cuenta el personaje.

Pero lo más fuerte del espectáculo es esa interpretación dramática tan a flor de piel y tan direccionada a nosotras/os, con un texto que narra en vez de representar la historia. Lo más fuerte, para mí, es esa combinación anti-sentimental y esa justicia que el actor le hace al personaje y, por extensión, a chavales adolescentes que tan pocas veces tienen voz y cuerpo en la escena. Un personaje testigo, que nos ofrece su testimonio, jugado en tiempo presente. Un testimonio que apela a nuestro juicio y un tiempo presente, propio del drama, que apela a nuestra empatía emocional.

A AveLina Pérez, y seguramente a muchas más espectadoras y espectadores, que estábamos dispuestos en gradas, a tres bandas del escenario, que reproducía con pocos elementos la habitación de Carlos, le llamó la atención una casualidad. Había dos chavales adolescentes sentados en las primeras filas de una de las gradas, justo en el lugar al que acudía, a veces, el actor, para sentarse y seguir con su relato. Fue muy curiosa la complicidad, no pactada ni explícita, que se estableció entre el personaje y estos dos adolescentes. Era fascinante observar su flipe contenido, las caras que se les escapaban a veces, el apuro que sentía uno, el que era un poco más mayor, y la gracia que le hacía al otro, al más joven.

El actor, Albert Salazar, y el enfoque de la dramaturgia y dirección, consiguieron envolvernos e implicarnos, de una manera empática, en el universo adolescente y juvenil, fuera de preconceptos.

Una escucha emocionada que se siente, como experiencia, más allá de los tópicos de las edades. Un ejercicio, testimonial y dramático, de justicia.