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Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

El ordenador es con frecuencia una trinchera que nos pone bravos. Quizá por esa falsa sensación de que nadie nos mira – y digo falsa porque no hay duda de que tener un ordenador conectado a Internet es la manera más eficaz para estar vigilado –, quizá porque casi nunca hay nadie alrededor para apaciguar nuestro temperamento, o quizá porque verter lo escrito al mundo virtual tiene el mismo efecto purgador que el de un grito lanzado al cielo, la cuestión es que detrás de la pantalla tendemos a desinhibirnos y expresar aquello que cara a cara no nos atreveríamos. Los correos electrónicos son una prueba de ello. ¿Cuántos abrazos enviamos a personas con las que nunca llegaremos más allá de un apretón de manos? ¿Cuántos besos se van para personas a las que no se nos ocurriría besar? En los chat virtuales la situación es más radical. Allí, en esos foros que tan bien acogen a gente desaforada, el personal da rienda suelta a su lado más ruin, y bajo la máscara del anonimato, incluso las personas más recatadas no tienen pudor en proferir todo tipo de insultos y amenazas, asumiendo que nunca se comportarían así en plena calle.

Imagino en el espacio virtual una habitación donde se almacenan esos besos, insultos y abrazos que no se hacen reales. Algunos de estos gestos los veo como perros desahuciados de perrera, con ese aspecto tristón de quien ha sido concebido para no tener un verdadero dueño, y a otros con la mirada esquizoide de quien percibe su naturaleza de una manera y las circunstancias de otra. A esa habitación imaginaria le colgaría una cruz roja en la entrada, pues refleja el cortocircuito emocional que frecuentemente padecemos cuando no expresamos lo que sentimos, y viceversa, cuando no sentimos lo que expresamos.

La contradicción entre el querer expresar y no poder, entre el deseo de recibir y estar obligado a rechazar me pone en la yema de los dedos la historia de Temple Grandin. Esta mujer es actualmente una eminencia en el conocimiento del comportamiento animal y, de hecho, suyos son los diseños de los mataderos norteamericanos que mejor trato ofrecen a las reses, pues con ellos la buena de Grandin se aseguró de que los animales tuviesen una existencia placentera hasta el instante antes de ser sacrificados. Para quien no esté familiarizado con el tema, la biografía de esta etóloga es sin duda más interesante que sus logros en ganadería. Su vida viene marcada por padecer autismo, una enfermedad que se hizo evidente desde que tenía seis meses, cuando empezó a no soportar el contacto de las personas, ni siquiera el de su madre. Este deseo de no ser tocada le ha acompañado toda la vida y sin embargo durante un buen tiempo, en su interior, necesitó tener la sensación del abrazo. Grandin resolvió esta contradicción del abrazo sin contacto humano gracias a una máquina que ella misma fabricó, a través de la cual dos planchas acolchadas presionaban sus costados al activar una palanca. Durante muchos años esa maquina estuvo en una esquina de su habitación y la utilizaba siempre que se enfadaba o se ponía nerviosa. El achuchón de la máquina, aunque mecánico, la aliviaba sobremanera, tanto que probablemente no hubiese llegado tan lejos de no haber tenido el artilugio a su disposición.

De la mano de Grandin volvemos a la encrucijada, a ese territorio imaginario donde conviven, en desorden, multitud de intenciones y emociones huérfanas que buscan de cuerpos de acogida. Allí están, dejados a la intemperie, abrazos alérgicos a la piel, besos que se esfuman al recibir el aliento de otras bocas, puñetazos que nunca romperán hueso alguno, amenazas que amenazan con no cumplirse jamás. Pienso en el teatro, y llegados a este punto entre virtual y surrealista, me da la sensación de que esta actividad es una manera a veces refinada y otras salvaje de almacenar las emociones que necesitan hacerse carne. Emociones incompletas que sólo alcanzarán su plenitud cuando encuentren cobijo bajo la piel de algún espectador abierto.