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Vie, Jul

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Con cierto pudor, sobre todo por aquellos que viven en departamentos, quiero decir que tengo la fortuna de vivir en un terreno lo suficientemente grande como para que mi otra dicha, mis hijos de 9 y 5 años me hayan convencido para, a pesar de la oposición de la mamá, acampar en el jardín, con fogata incluida y perro cuidándonos toda la noche incluidos. Carpa, colchonetas, bolsas de dormir, linternas y algo de comida. Todo listo, todo dispuesto, vamos.

 

No recuerdo exactamente cuando fue que perdí la capacidad infantil de transformar un simple jardín en un lugar donde, como avezados exploradores, podíamos vivir la aventura de dormir, al menos por una noche en la inmensidad de la fantasía sin limitaciones.

Por supuesto, varias veces apareció la mamá que es muy friolenta, para preguntarnos si teníamos frío y estábamos seguros de no querer entrar a la casa.

¿Frío?

Para nada, las bolsas de dormir y la aventura de acampar eran más poderosas que la evidencia de cualquier termómetro.

De vez en cuando, a escondidas de la mamá, sobre todo para que no me retara a mí, abría el cierre de la carpa para ver el cielo sin nubes y el maravilloso techo de estrellas tomando el lugar de una luna ausente. De este lado del planeta, en el hemisferio sur, la cruz del sur, las tres Marías o la nube de Magallanes, son fácilmente identificables y como astrónomo aficionado se las señalé a mis hijos.

Sin más preámbulos pasamos de la maravilla del cielo estrellado al explorador Magallanes, a como los antiguos navegantes se guiaban por las estrellas y como el, después de navegar por el atlántico en un velero muy parecido a una cascara de nuez, pudo atravesar de un océano al otro descubriendo por casualidad el estrecho que hoy lleva su nombre.

Hace poco más de un año ya, tuvimos la suerte de ir en familia a Punta Arenas, ciudad ubicada a orillas del estrecho y donde existe una réplica del Nao Victoria, la carabela al mando de don Hernando, a la cual por supuesto subimos, todo dramatizado por el fuerte viento habitual de esas latitudes. Y de pronto la carpa se transformó en una carabela. Para que mi hijo menor pudiese superar el miedo que le produjo aquel viento, le di la responsabilidad de ser el capitán. Mi otro hijo y yo fuimos la tripulación. Con dificultad, pero decididos, guiados solo por la cruz del sur y la habilidad de nuestro capitán, navegamos por el estrecho secundados por defines saltarines. Estábamos a punto de llegar al mar abierto del mal llamado pacifico porque de pacifico no tiene nada, cuando apareció la mamá con una frazada extra. Por si nos daba frío durante la noche.

Por supuesto tuve que tragarme en silencio la reprimenda por tener el cierre de la carpa abierto.

Antes de cerrarlo por completo, alcanzamos a percibir una estrella fugaz, o un avión, o un satélite, o un ovni...

Rápidamente tuvimos que ponernos nuestros trajes espaciales y abordar nuestra nave para seguir ese punto de luz y averiguar de qué lejana galaxia provenía.

Se me olvidó cuando perdí la capacidad infantil de imaginar.