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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

El desnudo tiene fuerza en sí mismo, sobre las tablas y en la vida misma. Pero, ¿han visto ustedes alguna vez un cuerpo viejo sobre el escenario? La vejez, cuando es verdadera, cobra también un impacto supremo en escena. Si el dramaturgo la trata, además, con dignidad, ésta pasará volando por encima de todas las cosas para tocar al espectador de la butaca, transmitiéndole, prácticamente en silencio y sin necesidad de gritar, de qué va esto de la vida.

Todo aquello que la gran mayoría intentamos maquillar, ocultar e incluso negar en la vida real por considerarse feo y vergonzoso, brilla en escena y adquiere una belleza fiera: me refiero a las huellas del tiempo. En esta sociedad, la exposición del cuerpo viejo está muy velada. En realidad, no puede hacerse. Una prohibición tácita gira en torno a la muestra de los cuerpos, dientes y pieles que han vivido mucho. Pero basta con colocarlos sobre un escenario, para que el arquetipo del viejo se haga presente en todo su esplendor y comunique directamente tantos secretos de la vida como arrugas tiene aquel que está presente. Es entonces cuando sobran las palabras y las explicaciones y la vejez, es.

Si los cuerpos ajados que se regalan desde el escenario están, además, trabajados, por haber bailado profesionalmente durante toda una vida, pueden, también, recordar. Esto sucede en la pieza "Oroitzen naiz...Recuerdo", que el coreógrafo Mizel Theret ha creado con los bailarines Jean Nesprias (84 años), Philippe Oyamburu (94 años) y Koldo Zabala (75 años). A partir del movimiento que hacían los cuerpos de estos tres hombres al bailar, afloran a la memoria personas, lugares y sentimientos que poblaron sus vidas: Koldo rehace con sus brazos, en un tempo perfecto, el acto de segar y cuenta: Bat... bi. Y, sin apenas percatarnos, está bailando. En otro momento recuerda el tiempo en el que llegaron aquellos que le dijeron: baja la cabeza. Y también aquel otro en el que su profesor de danza le enseñó a hacer el port de bras: Sube los brazos, le dijo. Ahora, ponlos así. Sube la cabeza.

Hoy en día, poner a un viejo a bailar en escena es un acto reivindicativo. Mostrar la belleza que emana de las cosas que la escala de valores imperante considera dignas de esconder es una rebelión contra el sistema establecido que regula las cosas intangibles, que no son menos importantes que otras por el hecho de no poder tocarse. Marcarse un vals con la abuela en el salón de casa también es un acto de rebeldía contra la jerarquía establecida. Es un acto de libertad y es celebración de la vida.

Un viejo que baila te recuerda que la vida es larga. En esta sociedad en la que huimos de la muerte como de la peste, los viejos que conservan el espiritu alegre son talismanes. Los artistas que honran a nuestros mayores, necesarios.