Sidebar

21
Lun, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Escucho en un programa de radio al director del Festival Temporada Alta de Girona, reflexionando sobre la próxima edición con un añadido al que me apunto por ser uno de mis lugares comunes. Salvador Sunyer hecha en falta que alguien esté en estos momentos pensando medidas para establecer un nuevo sistema donde construir la Cultura con un reconocimiento expreso y mayor a quienes la hacen, la piensan, la ejecutan, es decir a músicos, actrices, bailarines, pintores y toda esa larguísima nómina de hacedores que son los olvidados de este sistema actual en el que su primer problema es la de tener unos presupuestos miserables que, además, se van para grandes instituciones de toda índole donde el número de funcionarios hace que de esas cantidades minorizadas, un porcentaje elevado y descompensado vaya para la gestión y los funcionarios no creativos.

 

Dejando a un lado esta necesidad que venimos reclamando ya desde los tiempos en los que económicamente se ataban los perros con longaniza, cuanto más tardemos en dar ese paso de hacer una ley para este siglo que ordene todo este asunto, más nos condenaremos a una provisionalidad que en ocasiones roza con el abandono, la caridad, los abusos, las diferencias que se amplían y el bloqueo de cualquier posibilidad de entrar en una noción democrática de la Cultura que escape de los siglos de oro, los grande pintores universales, el flamenco  y Lorca, como expresión de una generación perdida en una guerra civil. 

Lo triste es que todavía hay partes interesadas en estos asuntos que no les interesa ni ponerse a pensar sobre las posibilidades existentes y ya funcionando en diferentes graduaciones desde décadas en Europa, ni buscar alternativas más actuales, porque ya les va bien tal cómo se funciona. Es conocida mi postura pesimista: con diecisiete autonomías, algunas de ellas con la exclusividad señalada en su Estatuto de la Cultura, va a ser muy difícil, entendiendo que, además, las más potentes tienen una clara vocación de identidad propia y de independencia que complica todavía más llevar a unos acuerdo mínimos. Quizás, quizás, si esta regulación llegara vía europea, se podría aplicar algún correctivo a la legislación ausente en el reino de España. Ahora, y que me perdonen los bien pagados, se asemeja más a un reino de Taifas que atienden a clientela propia y no miran nada más que en el día de hoy o de mañana, que se debe solucionar, claro que sí, pero que alguien debería estar pensando en el de pasado mañana.

En la conversación de Marta García Mirada con Sunyer he creído percibir el olor de la incertidumbre, del acto voluntarioso, casi en la obligación moral de mantener las producciones y las coproducciones desde la visión de la subsistencia de quienes las están trabajando. Ha repetido varias veces que se pagarían, aunque no se pudieran hacer este año. Ojo. Un festival que empieza en octubre, que presenta parte de su programación, que todo se plantea de manera mixta, híbrida, en directo y en streaming, pero que su máximo responsable manifiesta su duda de si se podrá celebrar debido a las noticias que cada día nos atormentan por el crecimiento de los infectados por la Covid-19, nos recuerda que estamos ahí, justo en la mayor provisionalidad, que lo que está programado para pasado mañana, se puede suspender por detectarse un foco, como le pasó a varios artistas en A Coruña, que fueron avisados unas horas antes de las actuaciones.

Porque hay que señalar que este Festival es uno de los de mayor presupuesto, de mayor protección de gestión privada, que tiene proyectos internacionales de primer orden, que ha logrado contactar con el teatro de primera línea latinoamericano, que tiene recursos, ayudas, ya que es la gran plataforma del teatro catalán, y está mandando esas señales de solidaridad, de situación perentoria de los profesionales y de no saber qué va a pasar, de tal manera que todavía no han sacado las entradas a la venta porque, entre otras cosas, no saben en esas fechas anunciadas, cuál será el aforo autorizado. El discurso positivo de nuevas fórmulas de contacto con los públicos, de emisión vía digital, sigue siendo una suerte de placebo, de remedio de urgencia para no perder el hilo.

Hay que tener los nervios de acero. Todo lo que está abierto, lo hace a medio gas, no porque se limite el aforo, sino porque esa incertidumbre y esas dudas afectan a los públicos. Es obvio que en las actuaciones y conciertos se están tomando todas las medidas recomendadas y exigidas, que la seguridad está garantizada, pero el miedo es libre, los mensajes de las autoridades políticas y sanitarias son contradictorios, por lo que nada ayuda a encontrar una normalidad, aunque sea pasajera. 

Volviendo a lo de antes, me temo que estas situaciones no ayudan a que nadie piense mucho más allá de su salvación inmediata, que ministerio y consejerías de cultura no saben, ni sabían antes, ni se lo han planteado, ni nadie les presiona para que se establezcan líneas de estudio para cambiar este sistema que se está mostrando muy poco eficaz para resolver los problemas sobrevenidos. 

Por lo tanto, deseémonos salud. Y veamos con generosidad y distancia crítica si hay alguna posibilidad de salir de esta acentuada provisionalidad que parece se va a quedar por muchos meses o años.