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Dom, Ago

Foro fugaz | Enrique Atonal

Descubrir la actuación cuando se es adolescente es encontrar un lugar en el vasto mundo. El vacio que se hace en la turbulenta mente de un(a) muchacho(a) para interpretar un personaje, es una experiencia única en momentos cruciales en que se busca responder a la pregunta: ¿quién soy yo? 

 

Descubrir el teatro cuando nuestro legado son dudas, timidez y torpeza corporal, puede ser un momento muy fecundo. Y si la experiencia es encarnar un personaje bien construido, con diálogos fuertes, idioma sólido, situaciones desconcertantes, entonces el espíritu inquieto del adolescente encuentra un tesoro, como el que se esconde en la cueva del inconsciente. En una sencilla lectura en voz alta, ya queda inscrito su nombre en una situación, con un personaje determinado. Ya se es alguien: Romeo o Julieta, Leonce o Lena, Don Juan, Tartufo, Peer Gynt, Melibea entre muchas opciones. 

Hasta al interpretar su propio rol, al desdoblarse en escena, al producirse ante un público, es ya una transformación oportuna, alquimia del escenario, conciencia de un desdoblamiento. Porque ese es otro momento indispensable: entrar al foro, descubrir ahí la fuerza de ese espacio sagrado, ese punto de comunicación y contacto con otros mundos. El tiempo deja de transcurrir y se adentra en un presente absoluto. No se necesita que el o la joven estén conscientes de lo que ocurre, esos lugares mudos tienen su propia fuerza, su propia historia, intimidad con lo desconocido, arquitectura del espíritu. 

Por eso hay que reivindicar el teatro en la escuela, mientras más rápido mejor. Es una lección de humildad y de disciplina para un final efímero, trabajar para un momento de creación siendo otro, pronunciando otras palabras, asumiendo destinos que no son propios, viviendo muertes pasajeras, el todo barrido por el tiempo. El teatro en la escuela es un aprendizaje global, y que conste que no reivindico el todos actores, para nada —sería una pesadilla contemporánea—, no. Lo que destaco y promuevo es dar la opción para que se descubra la fantasía del teatro con todo lo que implica de verdad. Tocar el cielo con la mano, asomar la cabeza al horizonte de los sueños, ser otro… Potencia creativa al alcance de maestros y alumnos, palabra viva, teatro. 

Estos dones no sólo son válidos para la actuación, incluyen la danza, la pantomima, el canto, todo aquello que despierte la fuerza íntima del humano joven ante sus desafíos sociales. Porque en estos tiempos en los que cada día más se secuestra la capacidad intelectual y creativa con artilugios electrónicos, la sutil fuerza del escenario, la potencia evocadora de la voz, la fuerza del movimiento, es un paso hacia la conciencia. En la transformación que debe ofrecer la escuela, las actividades estéticas son fundamentales, y el teatro como trabajo colectivo, aglutinador, es como un remedio, un bálsamo, alternativa real y fantasiosa. Vida en ficción, para una vida verdadera; mentira que nos narra verdades profundas. 

¡Ay mísero de mí, ay infelice! / Apurar cielos, pretendo / ya que me tratáis así, / qué delito cometí / contra vosotros naciendo; / aunque si nací, ya entiendo / qué delito he cometido. / Bastante causa ha tenido / vuestra justicia y rigor; / pues el delito mayor / del hombre es haber nacido.  

O el: To be or not to be: that is the question…

Diálogos que apelan a la esencia del ser humano, a sus sueños y fantasías, a su interrogante máxima, la muerte; pero asimismo —y eso lo resiente muy bien la adolescencia—, el sentido de la vida. Y como en el ícono del teatro, saber que provocar risas o lágrimas es un placentero motivo de exaltación vital. Rescatar lo humano en el ser humano, crear público para el teatro, encontrar el equilibro entre palabra y movimiento, entre voz y cuerpo, aceptarse y aparecer en la escena a pesar de nuestras imperfecciones, reírse de sí mismo, enriquecer la propia vida con otras vidas, otras aventuras. ¡Qué magnífica invitación! 

El teatro como camino para la adolescencia, como una manera de articular palabras y realidades, como una forma de conocimiento propio y de los otros, una declaración de amor a la sabiduría —filosofía como se le llama desde los griegos—, afición al caos organizado, a la poesía en acción, al canto. Deporte emocional a jugarse, actuarse, desde los primeros años de escuela, así como se practican ejercicios físicos. ¡Teatro en la escuela, ya!