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Lun, Dic

Sangrado semanal | Juana Lor

Los ojos que brillan desde la butaca del espectador. ¿Cuánto valen? ¿Cuánto vale una entrada al mundo de lo humano, de lo "invisible-sentible"? ¿Cuánto vale acariciar el misterio, que el tórax se ensanche, el corazón se haga grande y palpite ante una mirada, una palabra de carne, un guiño valiente, la vibración de una canción, el canto que silba o la tripa que gruñe? ¿Cuáles son los secretos del Decir que enciende chispas en la mirada de quien lo escucha? En esos momentos alquímicos, la realidad se transforma para dar paso a otra calidad en los instantes, donde un aspecto muy humano y muy sutil se abre paso a través del aire para tocar a quien se tiene de frente.

Lo que no vemos, no existe. Ha sido ésta una de las máximas creencias de nuestro mundo desde la revolución científico-industrial hasta ahora y, sin embargo, no paramos de comunicarnos con personas a través de unos dispositivos móviles sin cableado físico que nos permiten hablar, estando en movimiento, con otros seres humanos que están a miles de kilómetros de distancia. ¿Cómo se come eso? Ondas dicen que son, unas ondas son las causantes del milagro. Creemos, por tanto, en las ondas de la telefonía porque nuestro oído escucha la voz del otro lado del océano y creemos también en el micro-ondas porque se nos queman los dedos al agarrar la taza de té tras minuto y medio de vueltas en el hornito. Creemos en estas cosas porque, a pesar de su invisibilidad, dejan su impronta en el mundo tangible y real en forma de voz que llega o garganta que quema.

En cambio, cuando lo invisible se hace real en forma de respiración calmada o ensanchada, mente tranquila, sensación de bienestar, cuerpo descansado y flexible, claridad de pensamiento, sensibilidad a flor de piel, voluntad de volver a tocar un instrumento que se aprendió en la niñez, ganas de mover el cuerpo, conexión con sentimientos, apertura de espacios internos, vitalidad contagiosa, empatía, simpatía, relajación, liberación del cuerpo o conexión entre personas sin tener que mediar palabra, las resistencias afloran, el entrecejo se contrae como un acordeón, el cuerpo se tensa, y el cerebro empieza a construir todo tipo de argumentos que echen por tierra cualquier intento de apertura mental que pudiera dar entrada a todas estas experiencias.

Existe, de hecho, un rechazo importante hacia todos aquellos asuntos que tienen que ver con el aspecto humano de lo intangible y, sin embargo, las palabras "paz interior", por ejemplo, aluden a un estado vital que a nadie le resulta ajeno en un primer momento intuitivo. Otra cosa es que nos pongamos después a reflexionar sobre si alguna vez la hemos sentido verdaderamente o analicemos en qué consiste exactamente eso de la paz. ¿Paz? ¿Qué es la paz? Y, además, interior. ¿Interior? Si, si: paz interior, o sea paz de "por dentro", de "por los adentros". Hasta la persona más apegada al mundo de lo material, físico, tangible y, por tanto, de lo único que considera real convendrá en que cuando piensa en la expresión "paz interior", sabe, de alguna manera, a lo que ésta se refiere. Y acudirán quizás entonces a su mente olores de anochecer en el campo y de paseo entre olmos viejos o imágenes de pájaros en vuelo sobre el agua o ecos de la respiración centrada que deja tras de sí la estela del buen orgasmo o las sombras del libro que abrirá la puerta por la que entrará, tranquila, la tarde de domingo.

Hay en lo humano la necesidad de cultivar la parte invisible y esto es tan acuciante, como abrigarse en invierno, lavarse los dientes todos los días o tener una casa física en la que dormir cada noche tras una larga jornada de trabajo. Creo que la mayoría de los artistas, actores, actrices, bailarinas, músicos y poetas están en contacto con esa otra parte intangible que es una pata más de la mesa que es su vida. Creo que es necesario que el resto de personas con sus trabajos más al uso, esos que te mantienen atado a lo material, descubran la necesidad de dedicarle un tiempo al baile, a la música, a la palabra, a la nariz de clown, a la relación entre iguales, a la meditación y la ensoñación, a la apreciación del detalle, a escuchar una buena narración. Se lo deben al brillo que espera, dormido, en el backstage de sus ojos. No deben ser estos asuntos privilegio de unos pocos.