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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

En el desahogo nos agarramos a una supuesta representatividad de los agraviados cósmicos. Soltamos nuestra opinión sobre asuntos muy particulares y la debemos configurar como perteneciente a una respuesta universalizada de quienes sufren por los mismos o parecidos motivos. Nos convertimos en portavoces de quienes ni siquiera saben de nuestra existencia, de quienes pueden estar objetivamente en contra de nuestra opinión y de quienes estando de acuerdo no se atreven a manifestarlo por carácter o por estar presionados por las circunstancias y las exigencias que la correlación de fuerzas actuales donde prevalecen actitudes muy poco recomendables, aconsejan.

Es cuando nos abrazamos a una frase que encierra una soberbia diferida, “alguien tenía que decirlo”. Y lo decimos. O lo callamos. ¿Quién ha elegido a ese alguien para decirlo? Lo que dice ese alguien puede ser lo que corresponde decir, pero en demasiadas ocasiones solamente dice aquello que la coyuntura le ha provocado. Estamos hablando de asuntos relacionados con la Cultura en general y de las Artes Escénicas en particular. De su gestión, su creación, su difusión y su crítica. ¿A quién representa quien sobre ello opina? ¿Desde qué autoridad se emite el juicio, la opinión o la duda?

Cualquiera tiene el derecho democrático a opinar sobre las decisiones que se toman en las instancias administrativas, legislativas, funcionariales. También lo tiene para mostrar su opinión sobre las creaciones artísticas con las que se relaciona voluntaria o casualmente. No es necesario ser un especialista. Simplemente como ciudadano, público o espectador tiene un nivel de reacción ante lo expuesto, representado o escrito. Será una opinión primaria, condicionada, como todas, por su bagaje cultural, por sus experiencias y por el contexto social.

A partir de ahí podemos ir deduciendo los diferentes niveles de compromiso en el ejercicio de la libertad de expresión, de opinión y de crítica. Y la autoridad no vendrá solamente por quién y dónde lo expresa, sino por la que se le otorgue desde quien lo lea. Y esto tendrá que ver con lo subjetivo (si está de acuerdo previamente con el planteamiento teórico, filosófico o estético, será favorable) y lo objetivo (si lo que se dice está argumentado, disecciona el asunto en todas sus posibilidades y además se hace con un lenguaje adecuado para el entendimiento general puede encontrara seguidores aunque disientan en parte del ideario).

Por lo tanto, escribamos no porque alguien tenía que decirlo, sino porque consideremos que planteamos asuntos de actualidad que puedan ayudar a mejorar en su conjunto alguna parte del todo. Quizás, al menos en el ejercicio de la crítica, se deberían tener algunas cosas claras para no incurrir en venganzas o en obsesiones. Lo ideal sería tener un código ético definido, pero sin llegar a crear restricciones sospechosas, sí se podrían fijar algunas recomendaciones básicas.

No se debería utilizar una crítica de un espectáculo para criticar una política de subvenciones, ni se puede analizar una política de subvenciones sin enmarcarla en una acción de política cultural global. Uno de los grandes problemas detectado en el mundo de las Artes Escénicas es que demasiados individuos consideran que sus problemas son los problemas de la danza, del teatro o del circo. Proponen soluciones a sus problemas, sin darse cuenta que si se solucionan los problemas generales será bastante más probable que se solucionen los suyos particulares.

Cada contratación, cada concesión de una ayuda, cada elección de un reparto, cada selección de una obra, una autora o un director lleva implícita una visión del mundo, la aplicación de una reglamentación fruto de una idea general de la ordenación de la sociedad y de la valoración de los asuntos culturales dentro de una política general. Para cuando llega un espectáculo de danza, una obra de teatro, un concierto, un triple mortal circense a la exhibición pública han sucedido una concatenación sucesiva de pequeños acontecimientos que lo han condicionado y le han conferido carácter y valor.

Desde este conocimiento, con respeto, pero sin renuncias al credo propio, intentaremos desde aquí hablar de estos asuntos no porque alguien tenía que decirlo, sino porque nos sentimos con ganas de comunicar y compartir nuestras opiniones para abrir debates, aprender, progresar, caminar conjuntamente con todos los que nos acompañan.

Claro, como a todos nos entran imperiosas ganas de decir algunas cuantas cosas que nos ofenden de lo que está sucediendo, plasmarlo con rudeza y quedarnos tan anchos amparados en que alguien tenía que decirlo. No lo haremos, queremos que cunda el raciocinio, la educación y la crítica positiva. Y no es coña.