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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

¿Existe el Teatro de Grupo? Estoy llegando de Rosario, de la décima cuarta edición de Experimenta que organiza El Rayo Misterioso, y allí se muestran obras realizadas por grupos que se reclaman de esta idea de hacer teatro que no tienen solamente que ver con un sistema de producción o creación, sino de un compromiso con el propio hecho teatral, con una insistencia renovada en los conceptos de laboratorio y de trabajo de entrenamiento actoral. El eje es la manera de prepararse, que se concibe como un aprendizaje infinito, de unas jerarquías en el proceso de creación en donde no hay una primacía del texto, ni siquiera de la dirección, sino que todo se va escalonando en unas instancias colectivas, en aportaciones de los actores desde su propio entrenamiento e improvisaciones que se van depurando en el tiempo.

Probablemente se trate de una manera de afrontar el proceso de manera horizontal, pero que por una lógica de las cosas acaba siendo con los años, algo muy vertical, porque permanecen los directores, los que aportan la base teórica, o que desde su pragmatismo operativo van estableciendo las premisas sistémicas, los ordenamientos. De la larga historia de los más señeros representantes del teatro de grupo, van quedando el nombre de sus directores o directoras, y pocos recordamos el de sus actores, aunque en ocasiones hayan sido más importantes en toda la estructura y en todas las obras, y aunque, incluso, se mantengan desde los orígenes en el mismo nivel de compromiso y responsabilidad. ¿Es una paradoja o una simple constatación de la imposibilidad de establecer un orden horizontal absoluto?

Y otra de las paradojas es que siendo estos grupos, colectivos, compañías, las que han ido manteniendo la llama de una verdad teatral, de las esencias, la investigación, el desarrollo de nuevas técnicas actorales, no son en estos momentos, los más preponderantes en el sistema de teatro de mercado que impera en nuestra sociedad. Si se mira el currículum de algunos de los actores que hoy son estrellas fugaces de la televisión, existe un gran número que no ha tenido estudios de interpretación reglados, pero sí han asistido a muchos talleres, encuentros, clases magistrales con estos maestros y sus seguidores que transmiten las esencias de esa modalidad de acercarse a la interpretación, de esa concepción casi religiosa del arte de actuar, y sin embargo es casi imposible incorporar de manera estable actores a estos proyectos.

Es decir, producen actores con una sólida formación que acaban vendiendo esos conocimientos a un teatro banal, falto de rigor, sin apenas tensión creativa, en donde al exigencia es mínima, los procesos cortos y productivistas y las estéticas son todas de plástico y neón, oportunistas, sin apenas riesgo. Quizás sean paradojas del sistema, pero deberemos volver a pensar un poco más, por si acaso, la necesidad de reforzar esa noción de pertenencia, casi de defensor de una manera de hacer que diferencia, no sea ahora mismo una ayuda para salir de este caos, armados, al menos, de riqueza técnica, conceptual y de una amor renovado al arte creativo del teatro y no solamente del negocio y del hecho alimenticio. Es una manera de verlo. Pero todas las opciones son necesarias, pueden convivir, aunque cada uno apueste por la que mejor le parezca.