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Dom, Feb

Y no es coña | Carlos Gil

Hoy voy a poner nombre y apellidos a los chascarrillos que se me ocurran para alimentar la leyenda del santo bebedor que siempre bosteza antes de un brindis. No hay nada más patético que un brindis en un funeral u homenaje tras obituario. Los que ya rascamos demasiados premios de ingreso en el recuerdo, nos sentimos pletóricos brindando en soledad. Porque sí. Porque hemos sido capaces de hacernos una magnífica sopa de cebolla o porque hemos leído una obra de teatro que escapa a la vulgaridad actual, bendecida y convertida en lo cool, es decir, en la moda del pensamiento blando, de la cultura líquida, pero oxigenada. 

Brindamos por brindar, porque de lo que se trata es de celebrar la vida y si podemos seguir remojándola en vino, las canas tardan más en convertirse en banderas de socorro. Un editor asilvestrado, con una editorial personal e intransferible, Fernando Olaya Pérez, nos despertó hace una semana con su cuerpo helado en su casa. En pocos años, a golpe de corazón, razón y voluntad no exenta de sabiduría se hizo un hueco, sacó de las cuevas a los emergentes, le dio espacio a algunos descolocados, reimprimió a Valle, buscó pensamiento y teoría. Esperpento es su legado, pero hoy, nadie sabe qué va a pasar con sus libros, con sus compromisos, con su incipiente labor. Su familia no pertenece a este mundo del teatro y la edición. En su entorno nadie se atreve a dar el paso. Es decir, Fernando se queda en nuestra memoria con su fuerza, sus ganas, sus hechos y sin saber si tendrá, cuando menos, un tiempo para rescatar libros, inversiones y proyectos dejados a medias.

Sí, claro, la muerte es un relámpago que avisa con un ruido, una luz o una oscuridad. La veterana revista Primer Acto, ese gran proyecto de José Monleón, ha encontrado en su hija Ángela y un grupo de sabios periodistas, dramaturgas, investigadores, un motivo para honrar su memoria, y para seguir magnificando su obra creada hace varias décadas. Esto sí es un buen homenaje. Esto sí es un síntoma de amor al padre, al amigo, al jefe, al compañero. Mientras Primer Acto mantenga este tono, mientras crezca, Pepe Monleón seguirá siendo un referente imprescindible para varias generaciones de teatristas hispanohablantes. Aplaudo esta renovación, esta toma de postura positiva, de implicación e implementación de todo lo que tiene a mano, para seguir con la labor y poder estar como siempre al servicio de las artes escénicas, ahora con fuerzas ampliadas.

El pasado jueves estuve en Sevilla, en el Teatro Central, para ver el montaje de Atalaya sobre el Rey Lear de Shakespeare con dramaturgia y dirección de Ricardo Iniesta. Me pareció un gran trabajo. Cada día premio más la coherencia que la estridencia. Me gusta que mis amigos se equivoquen, pero gozo hasta la extenuación cuando se ponen ambiciosos, buscan la excelencia, hacen teatro que “teatra”, que es teatro en mayúsculas, que proponen cerca de dos horas de espectáculo donde se conjuga perfectamente la palabra, el movimiento, la coreografía, la voz, la música, esas canciones telúricas. Es lo que he sentido con este montaje. Teatro sólido, teatro hecho desde el convencimiento, fiel a un estilo, a una concepción del mundo, a una estética. Y eso aplaudo incondicionalmente. Y después, en la quinta copa, en la vigésima derivada, hablaremos de oportunidades, de opinión sobre lo que uno piensa que debería ser. Yo, ahora, cuento lo que es.

Por cierto, en el Central estuve con viejos amigos. Manuel Llanes, cada día más escueto en su cuerpo, tan excitado como siempre. En una sala este Rey Lear y en la otra “Hermanas” de Pascal Rambert. Como para no estar eufórico. Yo leo los silencios de mis viejos amigos y conocidos. Y entre todos los signos detectados, juraría que allí se respiraba una sensación de espera del rayo, la tormenta y quizás el apocalipsis. Todo lo hecho en Cultura, mal que bien, es una realidad incuestionable. Pues en unos meses puede irse todo al muro de las lamentaciones. Un gobierno de la extrema derecha es siempre una amenaza. Y en Andalucía hay demasiadas ganas de venganza. Y ya se sabe que la Cultura con mayúsculas no es el fuerte de estos personajes siniestros que pueden hacerse con el poder.

Tuve una curiosa conversación que debo agrandar, con calma, y tras una segunda visión de las Luces de Bohemia de Valle-Inclán en versión y dirección de mi admirado Alfonso Zurro. No había tenido la ocasión de decirle en vivo: no me toques a Valle. No me toques Luces de Bohemia. Se lo dije, con mi proverbial falta de gen de la diplomacia. Y seguiremos hablando porque es algo muy importante, ¿se puede versionar, desestructurar cualquier obra de Valle, Lorca como se hace con Shakespeare? ¿Alguien se atreve con Brecht? Un tema para discutir y hasta para hacer un congreso.

Y no pude saludar en directo a Salvador Távora, hablé por teléfono, lo mismo que con Lilyane Drillon. Marta Carrasco, entre viajes de trabajo y programas de tele me dejó tirado, hablamos mucho, pero por teléfono. También es que yo me hice una buena siesta. Por cierto, hablar por teléfono es más humano que la distancia del mensajito, aunque sea de voz.

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