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Lun, Sep

Foro fugaz | Enrique Atonal

¡Y qué vida! La de Woody Allen que desde el principio renunció a su impronunciable nombre, Allan Stewart Konigsberg, para dedicarse al cine, al teatro, a la música, y a la escritura en general. Muchos envidiamos desde hace tiempo a Woody Allen, por su capacidad de trabajo a pesar de sus años, por la calidad de sus películas, por sus textos, muchos de ellos comparables a los de Groucho Marx, y por sus mujeres, —no puedo negarlo. Pequeño, enclenque, más bien feo, debe tener una capacidad de seducción irresistible si nos atenemos a los resultados. De todo eso habla en su autobiografía que acaba de publicarse en inglés, Apropos of Nothing cuyo título elegido por la editorial Anagrama para la publicación al español es A propósito de nada que estará a la venta el próximo mes de mayo en España. Quienes ya lo han leído escriben crónicas muy elogiosas en torno a esta obra del ocaso de un creador. 

 

Pero el tema que me inspira esta nota, son las peripecias para la publicación en inglés de estas memorias. Como ya va siendo costumbre ante cada creación de Woody Allen, provoca una ola de protestas, y la publicación de estas memorias no fue la excepción. La editorial Hachette, que tenía los derechos, renunció a su compromiso de publicarla por presiones, ¿de quién? ¡del hijo de Woody Allen! Ronan Farrow que acusa a su padre de haber abusado de su hermana mayor. La justicia de Estados Unidos ha investigado en dos ocasiones y ante dos tribunales diferentes el caso y concluye que la acusación es improcedente. Pero no es suficiente, el hijo quiere acabar con el padre y sustenta las tesis de su madre, pues él tenía cuatro años cuando ocurrió la acusación y nunca volvió a ver a su padre. 

¿Qué me recuerda esta historia? ¿Qué me dice? 

El mito de Edipo, un joven que mata a su padre y se queda con su madre. Pobre Ronan, tan mal inspirado en estos asuntos; tan genial (¿por herencia paterna?), tan extremadamente bello (¿por herencia materna?), malgastando esfuerzos para denunciar a su padre con quien nunca convivió, cuando la vida le ofrece múltiples posibilidades creativas. Por cierto que la manipulación de la Sra Farrow es denunciada por otro de los hijos de la pareja, Moses Farrow. ¿Cuál de los dos tiene razón?

Hachette le hizo caso a Ronan, su escritor estrella (se ganó un Pulitzer con su investigación sobre los abusos denunciados en #Metoo) y renunció a la publicación de las memorias de Woody Allen.. 

De inmediato otra editorial entró al quite, Arcade Publishing, y sin decir agua va, puso el libro en circulación con la siguiente aclaración: “En estos tiempos extraños en que a menudo la verdad se califica de ‘fake news’, como editorial preferimos dar voz a un artista respetado en vez de hacerles caso a quienes intentan silenciarle”. 

Esta historia me recordó otra: la del Marqués de Sade. 

Escritor perseguido por sus escándalos sexuales antes de la Revolución francesa, y ¡Después de la Revolución por sus libros! Su principal delito: ejercer hasta el delirio su derecho de escribir y pensar. 

A Sade lo persiguieron, lo encarcelaron, lo metieron al manicomio, todo porque en sus escritos ejerció la libertad de expresión y de creación sin límites. Sade es un libertino de la literatura, lo cual quiere decir Libre más allá de sus límites. Ya estando en esa prisión hipócrita que era el asilo de Charenton, cercano a París, Sade se dedicó a su verdadera pasión: el teatro. Pues bien, como tenía éxito entre la sociedad de su época con su teatro interpretado por los enfermos del asilo, ni ahí lo dejaron en paz sus perseguidores. 

Traduzco una carta del nuevo doctor en jefe médico del asilo de Charenton para denunciar a Sade ante al ministro de la policía del Imperio Napoleónico: En este asilo vive un hombre que es célebre, desgraciadamente, por su audaz inmoralidad, y cuya presencia aquí acarrea graves desordenes: hablo del autor de la infame novela Justine. Este hombre no es un alienado. Su único delirio es el vicio, delirio que en este establecimiento no puede ser curado. Este individuo enfermo de tal vicio debe quedar secuestrado más severamente, para proteger a los otros de sus furores, y para aislarlo a si mismo de los objetos que podrían estimular su asquerosa pasión. (…) El señor Sade goza aquí de una gran libertad. (…) Se ha tenido la temeridad de crear un grupo de teatro en este asilo con el pretexto de aliviar los males de los alienados mediante la comedia, sin reflexionar en los efectos nefastos que un artefacto tan tumultuoso puede provocar en su imaginación. Y para colmo el Sr Sade es el director de este grupo. No creo que sea necesario, así lo espero, insistir ante Vuestra Excelencia, el escándalo que representa esa existencia y de los peligros de toda especie que conlleva. (…) Por tal motivo espero que le sea asignado al Sr Sade otro lugar de reclusión, como una fortaleza de alta seguridad, o una prisión de Estado. 

Firma un oscuro doctor que fue escuchado pues las representaciones fueron suspendidas en mayo de 1813. Sade muere un año más tarde. 

Hasta aquí la evocación del Marqué de Sade que tras fue un revolucionario al que traicionó la Revolución porque lo seguía una cauda de escándalos sexuales y por sus obras. Ahora se ha convertido en un clásico de la literatura francesa a pesar de que sus libros siguen siendo los mismos, y es citado constantemente. 

Regresamos a las memorias de Woody Allen que se publicarán en español a finales de mayo. Esperemos que para ese entonces podamos ir libremente a la librería para comprarlas y gozar de su escritura. No quiero terminar sin citar lo que propone Allen en el libro para el final de sus vida: 

“Tengo ochenta y cuatro años; mi vida está casi acabada. (…) Al no creer en un Mas Allá, realmente no veo ninguna diferencia práctica en el hecho de que la gente me recuerde como un director de cine o como un pedófilo o como todo eso. Lo que pido es que mis cenizas sean esparcidas cerca de una farmacia. (…) Me gusta hacer películas, pero si nunca más puedo hacer otra estaría más que contento escribiendo obras de teatro. Y si nadie las produjese, me encantaría escribir libros. Si nadie los publicara, sería feliz escribiendo para mí mismo, confiando en que si la escritura es buena, algún día será descubierta y leída por la gente. Y si la escritura es mala, mejor que nadie la lea. Lo que ocurra con mi trabajo una vez que me haya ido me resulta totalmente irrelevante. (…) Antes que vivir en los corazones y las mentes del público, prefiero vivir en mi departamento”.

Tomado de la nota que el diario argentino Página 12 le dedicó al libro A propósito de nada.