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Dom, May

Y no es coña | Carlos Gil

Leo a los amigos murcianos realizar una proclama que me inspira y transpira: "superar la ansiedad y recuperar la ilusión". Una receta de urgencia. Un diagnóstico o un deseo, pero una manera de colocarse en la parte optimista de esta larga noche del descrédito político en el que nos vemos inmersos y que tiene sus repercusiones directas e indirectas en tantas facetas de la vida, por lo tanto de la cultura, como expresión máxima de la existencia de seres humanos que procuran significarse más allá de la estadística o la estabulación social.

Es cierto que se nota estados de angustia en muchos de los individuos dedicados a las Artes Escénicas, angustia que en ocasiones se convierte en neurosis colectiva que puede acabar en manifestaciones espontáneas o en actitudes larvadas que tienden a la cronificación y solamente producen simulacros de actividad desorganizada, como si para existir se debiera uno flagelar para mostrar las llagas y no buscar el momento oportuno para conseguir de la mejor manera posible los objetivos. ¿Qué objetivos? Aquí es urgente una respuesta clara.

Las Artes Escénicas son una actividad de comunicación entre seres humanos que adquiere categoría de Arte conforme se van depurando los lenguajes, los procesos y las ambiciones artísticas, éticas, políticas y su relación con la sociedad con la que se relaciona. Los individuos que las hacen son importantes, pero no pueden ser el único motor o factor a tener en cuenta.

Me explico mejor (si puedo), sin autores, actores, directoras, programadoras, escenógrafos, técnicos, distribuidoras, taquilleros o acomodadores no se puede hacer, pero lo importante es su trascendencia, cuando encuentran a la otra parte esencial: los públicos, para acabar el proyecto, para que culmine en un hecho teatral y no en una obsesión, un capricho o una necesidad. Hay que buscar un equilibrio entre las condiciones en las que se producen, se exhiben y se distribuye, y aquí entran las laborales, la estabilidad económica, los recursos presupuestarios y su valor artístico, cultural, su idoneidad con los públicos, con cada público en su fragmento.

Pero el problema cultural en el Estado español, y en las Artes Escénicas en particular no es solamente un asunto laboral, de sindicato, ni de infraestructuras, ni del IVA, sino de faltas de objetivos, de planes, de estructuras sociales que arropen y hagan suyos los motivos culturales y artísticos. Para decirlo de manera campanuda, debido a la incultura general, al erróneo y conspicuo mensaje constante de hacer del teatro un asunto de entretenimiento, de carnalización de actrices televisivas, del mercantilismo que lo preside todo, de la urgencia y falta de ambiciones artísticas a corto y medio plazo, porque todo es inmediato.

Por eso, recuperar la ilusión será a base de que las opciones políticas emergentes que concurren en el serial de elecciones que nos llega definan claramente sus objetivos culturales, que no les tiemble el pulso, que acierten en el nombramiento de los responsables, que escuchen a todos, no solamente a los adocenados funcionarios, a los prepotentes miembros de la oligarquía teatral española, a los paniaguados de otros gremios que solamente defienden lo suyo, sino que tengan el valor de recuperar documentación antigua o de hace unos pocos años, establezcan un proceso de escuchar y recabar informaciones y propuestas y tomar decisiones, aunque sean duras, para asegurar la sostenibilidad del futuro de la Cultura y las Artes Escénicas, dentro de un concepto democrático y de uso universal, sabiendo, como sabemos, que por cuestiones históricas, nuestros clientes más asiduos, son clases medias de formación universitaria, lo mismo que la inmensa mayoría de quienes lo hacen y practican.

A partir de ahí, copiar las cosas buenas de los países europeos que llevan años con sistemas sostenibles de gran eficacia. Tenemos un gran escollo que nadie quiere aceptar: la propia constitución y los estatutos de autonomía, de difícil encaje para tomar decisiones globales. Será más dificultoso, pero hablando, sin prejuicios, sin urgencias, sin tener que solucionar solamente el problema de hoy, que también, sino pensando en evitar más problemas mañana. O pasado mañana. Eso quitaría la angustia y recuperaría algo de ilusión. De momento, amigos Saura y Campoy, la angustia crece y la ilusión decrece. No soy capaz de gritar ¡Viva las cadenas! sin que se me caiga la cara de vergüenza.