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Mié, May

Y no es coña | Carlos Gil

El dolor es la parte más íntima de un ser humano. Ante la muerte, el estupor, esa carcoma en forma de ausencia, quizás al fondo una soledad, la quiebra de varias ilusiones, una realidad irreversible, en ocasiones incomprensible. La vida es una acumulación de ausencias. Si esa vida se dedica al periodismo, se trata de una memoria formada por un sustrato de obituarios. Algunos, puro ejercicio profesional, cada vez más sospechoso porque wikipedia o google proporciona información no contrastada al instante. En otras ocasiones, escritos desde el dolor, la náusea, el desasosiego.

En apenas quince días, dos mujeres, ambas directoras de sendas ferias, han fallecido. Rosa García Cano era la directora de la Feria de Teatro de Castilla y León en Ciudad Rodrigo. Luchó desde el principio por hacer de ese encuentro en la raya, en el mes de agosto, una referencia pre-otoñal. Una feria encerrada en unas murallas, que ella, con la colaboración de otros, consiguió abrir. Cuando todo parecía encaminado, cuando había logrado situarla, ella cayó herida por un cáncer. Se sabía que se le detectó porque daba muestras excesivas de agotamiento. En voz baja recibíamos informaciones de su estado. No nos llegaban muchas esperanzas, hasta que sucedió. Murió. La recordamos. La recordaremos.

Julieta Agustí era la dicharachera directora de la Fira de Titelles de Lleida. Su vida estaba redondeada, con el Centre de Titelles, la compañía, su marido, con el que formaba un tándem perfecto, involucrando a sus descendientes en la misma vocación profesional. Alguien vivaz, siempre moviéndose, muy suya, con un carácter y un talante muy peculiar, pero que había conseguido que el Títere tuviera una presencia constante y una consideración de arte mayor. Su caso tiene otras connotaciones, no sé cómo definirlas. Superó un cáncer de manera ejemplar. Ni rastro de su paso por esa tortura. Estaba limpia. Fue otra C. La carretera. Un accidente de coche que de manera inesperada le segó la vida. Nos quedamos con el aliento cortado. No sabemos qué decir. Esto no se esperaba.

Ante la muerte aparecen los gestos conmiserativos, se olvidan las diferencias, se amplifican los rasgos positivos de los que se han ido. Es un acto de defensa, una manera de conciliarse. Cada vez que suceden estas cosas, a uno le queda un rastro de culpa. En ambos casos hemos pasado con estas mujeres momentos de complicidad, de colaboración estrecha, de soñar conjuntamente. Las circunstancias, las nuevas situaciones, la evolución de los proyectos nos tenía últimamente más alejados. Sin ningún tipo de enfrentamiento, pero poseídos por esa relajación que hace olvidarnos, que nos lleva a ocuparnos obsesivamente de los problemas cotidianos, que crecen. Esa sensación de no haber podido discutir un poco más, de no haber mantenido la misma intensidad comunicativa, es lo que ahora nos lleva a estas reflexiones, a la pérdida, a ese mañana incierto un poco más solos.

Son sus familiares más allegados, sus amigos y colaboradores quienes sienten más esta situación. Son los que deben manejar el dolor. Los demás debemos quedar en la sombra, esperando la señal oportuna para poder dar un abrazo, una caricia, un detalle para que sepan que no están tan solos como les parece. Y que quizás el único homenaje actual es mantener los dos proyectos liderados por estas mujeres con toda la intensidad posible. Sin heroicidades, consistentemente, para confirmar que las quisimos, como las queremos, por ellas, y por lo que hacían.