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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Cuando el actor-bailarín está en racha, se parece al lobo feroz en plena cama de la abuelita. Tiene las orejas más grandes para oírte mejor, la nariz más larga para olerte mejor, los ojos en el cogote para intuirte si te colocas detrás y la boca más grande del mundo para merendarse a todos de un bocado. Eso es lo que tienen los estados de conciencia alterados.

Que en este mundo exista algo llamado trance es ya de por sí una pasada, pero que, existan, además, diferentes vías para lograrlo es el no va más. Porque eso significa que no hay una sola verdad dogmática que aplicar.

Hay escuelas, corrientes, versiones. Hay puntos de vista y tipos de persona. Y también hay talentos con suerte que entran y salen de ese tipo de estado como quien entra y sale del cuarto de baño. Tienen una facilidad pasmosa. Ahora los ves dando la bienvenida con absoluta naturalidad a los invitados espectadores y dos minutos después están sobre las tablas con la verdad en los ojos y una vida interior tan vívida como el alegre aleteo de la llama de una vela.

Otros se concentran durante horas antes de subir a escena y guardan silencio mientras calientan músculos y respiración con la intención de activar el interruptor interno que permite alcanzar tal estado de gracia. También se crean otros ejercicios llave que permitan entrar. Algunos lo logran con la meditación, otros con una canción o por medio de un fuerte desgaste energético que te deja en un estado diferente del cotidiano y te pone en los ojos las gafas con las que ve el mundo el poeta: Cuando las gotas de sudor parecen caer al suelo a cámara lenta y los pies están enraizados en el suelo. Es entonces cuando el cerebro leva anclas, dejas de juzgarte y sólo eres aquí y ahora.

Ese es el estado ideal para empezar a actuar, es decir, a hacer sobre el escenario. Ese es el cero a partir del cual comenzar a sumar. O a restar. Un estado de alerta no crispado. Valiente paradoja, ¿verdad?

Recientemente vi un documental sobre la danza de los Orixá en Brasil. Los Orixá son deidades que provienen de Africa. El documental no se limitaba a enseñar las danzas correspondientes a cada uno de los orixá que pueblan la imaginería brasileña, sino que mostraba también el "antes". El antes de entrar. Resulta que los practicantes bailan durante horas, antes de que se produzca el verdadero acto, que es, cuando el dios o diosa baja literalmente a tierra y se encarna en el cuerpo de alguno de los presentes que danzan. Interesante resulta, también, el hecho de que no todos los bailarines o bailarinas logran conectar y, que, aquellos que lo logran, lo trabajan previamente durante horas y horas.

Salvando las distancias, por supuesto, (Dios me libre y los Orixá también), me pregunto: Si estos tíos que son capaces de realizar una proeza como esa, bailan y bailan durante horas antes de tener el cuerpo, la mente y la percepción preparados para acoger a un dios en su cuerpo... ¿Cómo pretendemos nosotros llegar a un mínimo estado de consciencia alterado para encarnar a un personaje haciendo dos flexiones o dos gorgoritos antes de salir?

Parece increíble pero hay gente que lo consigue. Eso lo he visto yo con estos ojitos. Para el resto de los mortales he pensado que lo mejor que podemos hacer es aguzar bien los oídos. No vaya a ser que al personaje se le ocurra llamar a la puerta y no le dejemos entrar por pillarnos desprevenidos.