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Sáb, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Tengo en mis manos el último número de la Revista ARTEZ en la que se informa de algunos de los estrenos, programaciones y festivales que se van a producir durante los meses de setiembre y octubre y dadas las circunstancias, su escueta paginación, todo lo que se anuncia, de repente a uno se le enciende en la memoria precisamente lo que no se hace, lo que se ha suspendido, lo que se ha perdido y no sabemos si se podrá recuperar. Y de lo que se va a hacer, el cómo, en que circunstancias, con qué espíritu de provisionalidad se propone a la ciudadanía una actividad que se hace con cambios estructurales de gran importancia.

 

Por eso, la alegría está contenida, no hay que lanzar todos los cohetes, no sea que pase algo que nos haga volver atrás. Quizás sea un pensamiento negativo, una prudencia excesiva, pero si por un lado mantengo la necesidad imperiosa de hacer, hacer y seguir haciendo, y mi caso es tan obvio como que estreno una obra escrita y dirigida por mí el próximo día 10 de setiembre en Beja (Portugal), por otro lado algo me dice que tenemos que tener una actitud de reserva, de control, porque no existen garantías suficientes e insistimos en que la Cultura es Segura, cosa que corroboro, pero el ambiente general social está en otro pulso. 

Hay publicidades institucionales que me asustan, esa sensación de que están ofreciendo evasión en los escenarios, me coloca en un unto de reticencia que no sé razonar. Recibo de buenas amigas la petición de firma para un documento que reclama el aforo completo en las salas y teatros, y de verdad que la firmo con muchas dudas. ¿Por qué tenemos que ser diferentes los de la cultura en vivo que el resto de las actividades sociales y laborales de concurrencia pública?

Está claro que la actividad teatral privada con porcentajes de ocupación limitados es de difícil rentabilidad. Y ahí nadie puede dudarlo. Antes de la pandemia era una actividad al borde siempre de la ruina, ahora, es casi un imposible. Los teatros institucionales, es decir los de presupuesto cerrado pueden abrir sus puertas con esas limitaciones ya que los supuestos déficits los asume el presupuesto general, nadie asume ningún riesgo económico, porque sus sueldos y cachés están blindados y ahí volvemos a otro punto de desastre, la desigualdad aumenta, se abre un abismo, vamos de cabeza a unas programaciones totalmente controladas por las administraciones públicas y si bien no es un mal absoluto, en nuestro sistema, eso se puede convertir en un peligro de mayor control por oligopolio, que se puede confundir con una censura blanda porque hay dramaturgas, directores, temas, estéticas y propuestas que nunca entrarán bien por gusto de la dirección o por inducción de la representación política que ostenta el poder y no tendrán otros lugares donde relacionarse con los públicos, si se van cerrando salas.

Hacer, hacer y seguir haciendo, seguir buscando cómo encontrar a los públicos más reticentes y despistados por los agobios propios de una vuelta al colegio, de una incertidumbre que no cesa, pero no malgastemos energías en batallitas, hay que ir de frente a buscar un sistema más equilibrado. Se necesita mucho más dinero para sostener todo lo existente y ahí entra lo periférico, los grupos, compañías, productores que viven dentro de un independencia dependiente de las subvenciones y los contratos de los teatros y redes que son públicos, es decir que todos comemos del mismo pienso, unos de manera directa y los otros buscando en los restos de los banquetes. 

Cada día que pasa voy tomando conciencia de que esta pandemia nos está afectando y de manera muy severa. De momento, al estar en el centro del proceso, no sabemos en qué, ni cómo, pero no vamos a salir igual. Desarrollaremos anticuerpos, buscaremos salidas y al final de este camino pasaremos lista para ver cuántos estamos, qué queda de lo que teníamos, cuál es nuestro presente y, sobre todo y de manera importante, ¿cómo recuperamos la relación espacial, la estructura de los tetaros, para los públicos?

De momento hacemos, abrimos salas, teatros con toda la ilusión que la situación nos deja, caminamos, aunque tengamos el freno de mano puesto.