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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Frente al espejo intento congraciarme con las arrugas de mi cuerpo. Que no cunda el pánico. Aceptar las dobleces y las rodillas levemente abombadas. Aceptar que los huesos rechinan al hacer ciertos movimientos. La piel de naranja. Me tapo el rostro con la mano, para ver sólo cuerpo. ¿Me reconozco? ¿Reconozco mis rodillas? ¿Mis rodillas tersas y firmes desde que era niña? Desvío la mirada. Cualquier cosa antes que aceptar que el cuerpo envejece. El mío no. Eso les pasa a otros. A otras. Son los demás los que morirán, no yo.

El actor Yoshi Oida cuenta de una antigua tradición del Japón. Los actores japoneses se miran una vez al día, desnudos, al espejo y dan las gracias a su cuerpo, por sostenerlos. De esta manera, lo tratan como vehículo que nos permite circular por esta vida. Al agradecer al cuerpo su presencia-soporte, se distancian de él. Aceptan que su ser esencial es distinto de la estructura que lo soporta. Gracias por sostenerme, le dicen. Gracias. A pesar de los maltratos a los que te someto, sigues manteniéndome en pie e, incluso, me permites hacer alguna que otra acrobacia. A pesar de los zapatos incómodos, la comida pesada, el fumeque. La falta o exceso de sueño, el cero deporte. Gracias por sostenerme, cuerpo. Gracias.

"...Diez años rara vez corren en balde, el que mira hacia atrás suele sorprenderse del camino que se anda en una década.", escribe Emilia Pardo Bazán en Los Pazos de Ulloa. Las arrugas que se forman alrededor de la piel de las rodillas de una mujer también recuerdan lo andado sin necesidad de mirar atrás. Cuando una actriz tiene el privilegio de poder seguir representando la misma obra a lo largo de los años, la pieza se convierte en una especie de vara con la que medirse: Mismo texto, misma partitura, mismo vestuario. Pero, ¿es el mismo ser quien habita el cuerpo arrugado?

Envejecer también trae consigo otras cosas, además del miedo, me digo. Ante el espejo, retiro la mano de la cara y me miro de frente. Recuerdo que ayer, sin ir más lejos, me llamaron bruja. Y resulta que en vez de ofenderme, di las gracias. Una contestación así, hubiera sido impensable hace diez años. Es entonces cuando se me dibuja en el rostro una amplia sonrisa que me hace olvidar las rodillas mientras me llena la cara de arrugas.