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Mié, May

Y no es coña | Carlos Gil

Hay semanas que se acumulan los asuntos que destacan, pero en otras, la desazón aprieta debido a que lo que se visualiza desde este lugar de la soledad no lleva a ningún lugar que merezca mucha atención. Pero en reposo, resulta que la propia sensación de calma chicha, revela una situación de inacción, de desgaste, de esa mortal inercia que nos lleva a la nada, ese lugar del que venimos y en donde estamos tan contentos y agradecidos porque nos dan migajas para que no se produzca la rebelión de los idiotas ni la concienciación de los apostadores de futuros.

Estaba en mis pesadillas diurnas entremetiéndome en fracasos, frustraciones, dejaciones, abandonos y emergencias que a veces nos da por calificar como emergentes y se me apareció un libro, que tengo en la mano y que no soy capaz de dejar hasta que no lo termine. Es un bautismo en la realidad, una ducha española de estulticia helada, una referencia para la abstinencia neuronal. Y no digo más. Nadie me va a sacar un monosílabo sobre este asunto. Cuando me recupere y después de consultar con mis terapeutas y abogados comentaré el libelo. 

Para compensar y buscar algo de poesía aplicada en mi vida varada me he leído de manera detenida los prospectos de seis medicamentos que debo tomar cada día. Según los mismos, estoy vivo de milagro. Una pastilla cualquiera de las seis que ingiero, me puede provocar toda una suerte de enfermedades sobrevenidas que me encadenarían de nuevo a las colas de la farmacia de guardia.  Si supero esta fase de enterramiento médico, creo que los prospectos de los medicamentos puede ser mi objetivo literario inmediato. Son tan parecidos, tan banales, tan políticamente correctos, que sus autores deberían estar en nómina de los centros de producción teatral realmente existentes. 

Escribo desprejuiciado una frase y entro en barrena en estado líquido. Los centros de producción realmente existentes no tienen ni dramaturgas, ni actores, ni directores en nómina. Tienen un gobernador o gobernadora plenipotenciario/a que escribe, dirige, produce, programa, se promociona, tiene tiempo para estar en lo privado y lo público. Auténticos titanes, los mejores en cada mandato. Cuando salen de esos cargos, tiene la cuenta corriente abultada, la agenda repleta, pero en dos años los vemos mendigando producciones comerciales baratas. ¿Por qué será? Porque son monumentos vivientes a la mediocridad.

Digo yo, ¿no sería lógico proponer centros de producción con equipos de creación fijos, solventes, que fueran diseñando un futuro? Ya he caído en mis obsesiones, en mis demagogias. Está todo perfecto. Lo que se lleva es la extrema irrelevancia. Asombrosa irrelevancia teatral, cultural, social y política. Toma el dinero y corre. Hazte un videobook y espera en la terraza del bar. 

Este artículo es incompatible con todos los que usan la homeopatía cultural.

 

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