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16
Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Desde esa angustia de preguntarse "¿para qué sirve el Teatro?" hasta la puerta abierta a la depresión cuando alguien se cuestiona toda su vida dedicada precisamente al Teatro y no consigue encontrar una respuesta positiva y le asaltan las dudas sobre qué hubiera pasado con su hoja profesional si hubiera decidido en algún momento otro camino, debemos atravesar los atajos donde está el posibilismo, alguno que roza el oportunismo y llegar a la cumbre del conformismo, donde no existe otra opción que bajar por la misma cara o descender por la contraria.

 

Huyendo del radicalismo defensivo, podemos usar algunas herramientas de supervivencia y seguir con las preguntas que nos hagan pensar en efervescente estado contradictorio sobre todo aquello que no sea lo esencial, y en esto de las Artes Escénicas, solamente hay algo esencial que es el Hacer.  Si nos ponemos estupendos diremos, el Crear. Pero nos referimos a lo que llega al Hecho, que es el encuentro entre quien está en el escenario contando con elementos artísticos y poéticos su mirada al todo o a una parte de la existencia y aquellos que, en el patio de butacas, de frente, de lado, arriba o abajo, recibiendo con todo su cuerpo las expresiones convierten finalmente lo lanzado en el Hecho, en la Obra, la completan, le dan sentido y trascendencia.

A partir de esta convención esencial, viene la realidad, el pragmatismo, su incardinación administrativa dentro de una estructura económica, una idea que se convierte en políticas concretas que propician, acompañan o cercenan todas las posibilidades existentes y canalizan solamente aquellas que mantienen una actividad menor, controlada, que cumple unos mínimos a regañadientes, pero que se coloca siempre en el desdichado campo mental de pensar que no es posible otra manera, ni que es posible avanzar, crecer, hacerlo mucho mejor. Es cuando se vive en la patraña política, cuando se confunde la Cultura como un gasto y no como una inversión de futuro.

Escribo desde Loja (Ecuador), donde se celebra su IV Festival Internacional de Artes Vivas, invitado para participar en mi faceta de ex excrítico, por lo que estoy todo el día con compañeros de esta función finalista y con programadores de diferentes lugares de Iberoamérica compartiendo horas de disfrutar en las salas viendo espectáculos, discutiendo sobre los mismos, hablando como siempre de ese Teatro que todos buscamos y que solamente encontramos en contadas ocasiones. 

En este ambiente siempre surgen temas que parecen necesitar debates profundos urgentes, volver a pensar la función, por ejemplo, de los Festivales. Y dentro de los propios festivales, algunas secciones y campos de ejecución. Creo que forma parte de una actitud de colaboración con las realidades locales esas sesiones en donde los productores y representantes se reúnen con programadores de diferentes festivales de otros lugares. Tengo serias dudas de que este sistema sea operativo. Lo que puedo asegurar es que sirve para crear unas expectativas en los hacedores de Teatro que en un porcentaje demasiado elevado se convierten en frustraciones.

Esto enlaza con las siempre controvertidas maneras de afrontar la curaduría, es decir, quién, cómo, con qué criterios se eligen las programaciones de los festivales. Se podría elevar esta exigencia a las programaciones habituales de los teatros públicos, porque no se debe fiar todo a la casualidad, el gusto personal, la oportunidad mercantil o las sospechosas unanimidades con obras del oligopolio productivo local o internacional. Es más, como considero que el Teatro es siempre en su mismidad una actividad publica, se debería exigir la misma responsabilidad y coherencia a los teatros privados y a las Compañías, Grupos y Productoras, que en un porcentaje sustancial tiene su actividad vinculada, además, a los dineros públicos.

En los festivales con programación nacional e internacional, esta parte queda en manos del director artístico, es su responsable casi único, en cambio para las otras se hacen convocatorias, se nombran jurados que seleccionan, se buscan compartimentos todavía más focalizados, las obras locales de la ciudad o región donde se celebra y las del resto del país, donde se debe encontrar un equilibrio por zonas, regiones, lo que hace que el Hecho, la Obra, llegue tras pasar tal cantidad de filtros donde en estos momentos se incluyen asuntos de género, inclusión y un largo etcétera, que nos encontrarnos ante una resolución burocrática y no exclusivamente artística. 

Esto es admitido por todas las partes concurrentes. Existen desigualdades objetivas en ciertos lugares por demografía, tradición, movimientos concretos, por lo que junto a una obra de una población muy activada que tiene un nivel 8 se presenta otra de una zona menos activa que no llega al nivel 3, pero que debe estar presente porque existen siempre unos objetivos reconocidos que en vez de buscar solucionarlos cada día a lo largo del año, con políticas eficaces, formación avanzada, se considera que con este acto aparentemente igualitario se solventa algo. Y lo único que se hace, según mi entender, es que en esta comparación y, si como sucede en este caso que me encuentro existen ojos de fuera, desde la crítica o la programación, lo que hace es cavar una zanja más insalvable, que con una ronda de negocios por muy empática que sea, no hace otra cosa que cronificar la diferencia.

Quienes tienen la paciencia de seguirme saben que llevo ya décadas solicitando una suerte de concilio para establecer un campo filosófico, unos paradigmas donde se pueden desarrollar los festivales ya existentes y los que se puedan inventar las autoridades políticas gubernamentales o los movimientos artísticos. No es asunto fácil, no se trata de encontrar soluciones mágicas, simplemente pensar, repensar, buscar, indagar, comparar, mirar a nuestro alrededor, en cómo evolucionan las sociedades donde se desarrollan estos eventos y dotarles de un marco referencial donde asirse en momentos de incertidumbre. Y de paso, derrumbar mitos, tics, funcionariado refractario y políticos verborreicos con ínfulas.

Y a todos les ruego, cuiden a los únicos esenciales, los artistas y los públicos. Y para ello son necesarias condiciones técnicas precisas de lugar, espacio, comodidad, accesibilidad. Lo demás es demagogia.