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Dom, Ene

Y no es coña | Carlos Gil

He pasado media semana en Cáceres, en su Muestra Ibérica de Artes Escénicas. Teatro extremeño en su gran mayoría. Una revisión somera de lo más actual. Llevaba, por coincidencia con otros eventos varios años sin poder acudir, pero como recordamos con Toni Álvarez, desde la primera edición anduvimos colaborando, haciendo la máxima difusión, asistiendo a todo lo que se programaba. Después vino un oscuro tiempo con un gobierno de la derecha, y ahora de vuelta, lo que hay que destacar, sin entrar en detalles con los espectáculos presenciados, es que Extremadura, en plena Muestra, aprobó en la Asamblea de Extremadura, una Ley de las Artes Escénicas. Algo muy esperado, que abre unas nuevas esperanzas, que pone en un documento oficial lo que se debe hacer en estas materias en todos los rangos de la administración. Y eso es muy bueno. 

 

La propia Toni Álvarez anunció su aprobación antes de empezar una función, la respuesta de los asistentes fue de una gran ovación, posteriormente todos la felicitamos porque había sido una de sus impulsoras, pero ella, después, comentó el poco interés de los afectados por conocer el texto, antes de su aprobación, pero tampoco después de su aprobación. Un síntoma de las distancias y disfunciones que existen en muchas ocasiones entre los que tienen responsabilidades políticas y los trabajadores de las artes escénicas. Es como dos planos muy diferenciados de la misma realidad. Y no soy capaz de trazar las líneas que separan dónde están unos y otros, y mucho menos vislumbrar un razonamiento para entender o justificar esa falta de interés por lo público de una inmensa mayoría de la ciudadanía, y en este caso de la profesión, por lo que sirve a medio y largo para desarrollar las actividades dentro de unos parámetros de igualdad para todos. Lo hoy existente, viene de leyes, decretos y reglamentos aprobados con anterioridad.

Extremadura lleva muchos años que los hechos se van acumulando para tejer algo que va dando resultados. Su inversión en artes escénicas por habitante es de las más altas en todo el Estado, sus actividades cotidianas, con sus circuitos, es constante y en estos momentos de incertidumbre, positiva, se hacen la inmensa mayoría de las representaciones programadas. Hay un número importante de festivales de toda índole diseminados por toda su geografía a lo largo del año. Es decir, que solamente tienen, a mi entender, un punto oscuro con el Festival de Mérida, que en muchas ocasiones uno siente como si todos los gestores de las actividades culturales de cada día, lo sienten como cosa ajena, no concerniente a su responsabilidad. Y eso es un síntoma. 

Dicho lo que hemos visto, oído, percibido y confirmado en el boletín oficial, pasemos al otro lado de la percepción: los Teatros del Canal que administra la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid en manos ahora mismo de Ciudadanos, se pueden ver colapsados por una negligencia grave: nadie se dio cuenta de que se acaban los plazos para renovar la licitación y el 31 de diciembre se entra en un lugar sin casi retorno. Una avería administrativa que va a costar más dinero, si es que se resuelve, y que de ser así, se hará de malas maneras, es decir incumpliendo lo acordado por el anterior consejero, del PP, Jaime de los Santos, que aseguró públicamente que, aunque era posible que dejara lo que es la gestión técnica por su eficacia en manos de Clece, su actual adjudicatario, la programación artística sería exclusividad de la Comunidad. Ahora hay un porcentaje de programación cedida a la empresa de Florentino Pérez. Es decir, conviven lo comercial y privado y lo público, en los últimos años con unas programaciones realmente de primer orden y de trascendencia internacional.

Este tipo de desajustes administrativos, de, se supone, despistes, vienen a significar la falta de respeto que desde la política se tiene con la Cultura. Y no quisiera caer en lamentaciones, ni tópicos, pero se debe ser proactivo, se deben tomar iniciativas que solucionen los problemas de hoy y dibujen el mañana. No se trata solamente de llegar y cambiar a los directores nombrados por el anterior y colocar a gente de tu confianza, cuerda o ideología, sino de trascender esa comodidad y entrar en territorios de riesgo. Jaime de los Santos logró la convivencia con los más vanguardistas, ofrecer las mejores programaciones, nombrar a directores de prestigio internacional para sus salas y, sobre todo, con una línea de programación clara y con los recursos adecuados. Los actuales responsables son invisibles, rutinarios, no toman decisiones y no son capaces ni de solventar lo reglamentado, lo que toca hacer por fin de contratos. Un desastre. Se notará en las próximas semanas y meses y abre una nueva brecha en el maltrecho sistema de producción y exhibición en Madrid, de las artes escénicas. ¿Dimitirá alguien?