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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

De aquí en adelante nos esperan trescientos días largos sin señuelos de fiestas ni soniquetes. Esa realidad que al señor Rajoy tanto le ha sorprendido, nos llega a la Cultura y de manera muy especial a las Artes Escénicas que son las únicas que necesitan de la presencia de los espectadores para su subsistencia real, diaria. El cine, la literatura, las artes plásticas, no son nada sin alguien que la lea, la visione o lo disfrute, pero en su proceso creativo no interviene de manera irrenunciable el otro, el espectador que se puede o no incorporar al final como consumidor de un producto acabado. En teatro y danza, sin espectador el hecho no se produce, es un acto onanista, cerrado, no capitular, fallido, no contable.

Insistimos tanto en esta circunstancia porque ahora se ha incorporado no solamente al hecho filosófico del teatro, sino a la propia existencia económica de la misma actividad, ya que se retornamos al uso habitual del porcentaje de taquilla para el sustento de las compañías, un asunto que requiere de mucha paciencia, delicadeza y visión amplia de la situación para opinar sobre su viabilidad.

Estamos ya con el presupuesto del 2013. El de los recortes, el de la fractura de varias vías de financiación para las artes escénicas, y como consecuencia de los ajustes presupuestarios nos encontramos con algunas decisiones que una vez pasado el primer sofocón, intentamos racionalizar un poco las argumentaciones ofrecidas, lo que nos lleva a reflexionar con mayor conocimiento de causa. El Teatre Lliure debido a los recortes presupuestarios ha decidido hacer un ERE de tres meses. Esta es la noticia. En el Teatro de la Abadía se habla de ajustar la programación, la actividad, para poder mantener el mismo nivel. En otros espacios como el Liceu o el Teatro Real se toman decisiones drásticas y se sustituyen montajes operísticos gravosos por otros de menor cuantía o directamente se suspenden. Y así sucesivamente, lo que se dice de manera pública y lo que nos encontramos cotidianamente con recortes en días de exhibición de festivales o ferias, de programaciones inexistentes en salas de titularidad pública y un largo etcétera.

Hemos pasado de aquél ramplón "que no se note", a un notorio efecto pernicioso sobre el conjunto de la actividades, en ocasiones llegando a parecer que se ha entado en la otra fase, la de la automutilación, como si se tomasen decisiones antes de que se vean obligados a hacerlo, sin intentar otras fórmulas. O quizás, fruto del cansancio de intentar otras fórmulas con parecidos resultados.

Vamos a intentar argumentar sobre la decisión del Teatre Lliure, un teatro institucional, público, aunque gestionado por una Fundación mixta. El plantear tres meses de cierre es una decisión, a mi entender, de una gravedad extrema. Probablemente eso significa que desde los números, se pueda mantener la actividad los otros nueve meses, y en un nivel artístico suficiente, pero representa un mensaje nada positivo para la ciudadanía, para los espectadores, para quienes son la otra parte, y en un teatro público debe entenderse que se hace con los impuestos de todos, no de unos pocos, y que su existencia es, precisamente, para garantizar una oferta teatral digna para toda la ciudadanía que así lo desee. Tres meses de cierre es un vacío ciudadano, cultural, teatral, que lo hace prescindible.

Es decir, antes de pensar otra fórmula organizativa, otra manera de estructura, de adelgazar donde haya grasa, se toma una decisión que afecta no solamente a la plantilla, sino a quienes acuden o pueden acudir a ese teatro, para contemplar una programación, dicho sea de paso, de lo más importante que se ofrece actualmente en Barcelona. Puedo comprender que quienes han tomado la decisión, tiene unas motivaciones que pueden pasar por mantener la dignidad artística del propio Lliure, o para lanzar un mensaje a las instituciones de que este tipo de teatros con una programación de excelencia, cuestan un dinero sin el cual no pueden funcionar.

Lo comprendo, y estando en su situación seguramente tomaría una decisión parecida, pero yo antepongo en estos momentos la otra posibilidad, la de cambiar de estructura funcionarial, con una idea fuerza, de que el dinero público vaya al escenario que es donde el ciudadano puede disfrutar. Y creer de manera firme que cuanto mejor teatro, mejor publico, mucho más participativo y comprometido, lo que haría impensable recortes de los que nos recetan ya que socialmente habríamos ganado la batalla.

Hay una serie de medidas a tomar de manera consensuada en materia de estructura de los teatros públicos, de todos los teatros públicos, no solamente del Lliure, que se aplazan, pero que en estos momentos de una crisis feroz, parece insostenible que en algunos de ellos de todo el dinero público que reciben, apenas el veinte por ciento llegue a la producción o coproducción o exhibición, que es donde, insisto, se produce el encuentro entre la inversión pública con la ciudadanía.

De mantener esta situación mucho tempo, es muy posible que empiecen a crearse movimientos que vayan socavando todavía más la poca estabilidad de los teatros públicos con unidades de producción. El afán privatizador puede llegar hasta estos lugares que deberían ser las máquinas que tiraran del tren. Por cierto, ¿cumplen esa función hoy en día?

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