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Mié, May

Y no es coña | Carlos Gil

En Panamá está diluviando. Acabo de llegar para asistir a Prisma un festival de danza, primorosamente organizado y con una programación que me suscita gran interés. Es mi primera visita a Panamá; mi amigo Roberto King, cuando se enteré deberá purgarse de las tentativas que ha hecho para traerme y al final han sido estas mujeres emprendedoras las que lo han logrado. Espero verme estos días con Roberto y seguir fabulando mañanas teatrales.

Escribo en una especial euforia que creo es un asunto marítimo. Cuando ayer llegue al lugar donde me hospedo en el centro Antiguo, el olor a mar penetró por mis pituitarias y me mente realizó un camino de ida y vuelta a mi infancia mediterránea y a mis sequedades mesetarias actuales. Vengo de Ciudad de México, pasando por una Madrid que se mueve entre la rutina y el movimiento continuo en busca de una esperanza teatral que cuesta consolidarse. Llego al mar y mis emociones acaban en el Pacífico, en Lima, donde nunca he estado, pero a la que estaba invitado de manera insistente por ese hombre de teatro de mirada infantil, un lama jovial, buena, interesado por la vida que se nos ha ido como una estrella fugaz, Mario Delgado.

Hay veces que una muerte me sume en la melancolía, en el vértigo de lo incomprensible, como ha sucedido con la de una joven funcionaria del ayuntamiento de Zaragoza con la que tantas aventuras teatrales habíamos compartido, Marta Castejón, que fue encontrada en su casa con la televisión encendida, muerta por un infarto. En este caso el dolor es más por la soledad en la que queda su cómplice, su amiga de siempre, Carmen Blasco. Paradojas de la vida, yo debía estar estos días en Zaragoza para acompañar en una entrega de premios titiriteros, pero surgió este viaje a Panamá, y aquí estoy, relamiéndome en mis heridas emocionales.

Decía que lo de Mario Delgado me entristeció en su proceso previo, cuando recibíamos las noticias de su precaria salud, de sus últimos días de calvario. Pero una vez sucedido el acontecimiento, he notado una suerte de solidaridad cósmica. Una sensación extraña, creo que no tardaré en ir a Lima y podré recorrer con sus amigos sus calles, sus bares, sus teatros. Conocía al grupo Cuatrotablas desde siempre, pero nunca había tenido una relación cercana con Mario. De hecho nos conocimos en persona hace cinco años, creo, en Miami, y sucedió que fue como si hubiéramos ido al instituto juntos. Ese estado de decíamos ayer, sin haber existido ese ayer juntos. Desde entonces coincidimos en varios festivales, llegamos a trabajar juntos en Rosario en un taller que impartí y el me secundó de manera generosa y aleccionadora para todos, nos comunicábamos constantemente por varios conductos y me sentía tan próximo a él que debo decirlo sin tapujos: se ha ido uno de mis seres queridos, con el que he soñado teatros, encuentros, obras, disparates artísticos desde la igualdad.

Por lo tanto no hay que derramar más lágrimas, hay que recordarlo con esa vitalidad suya, con su retranca, con su acento. Curiosamente hace unos años que no nos veíamos. Faltó a al cita en Holstebro, en el cincuentenario del Odin, se quedó varado en un hospital de Berlín. Desde entonces su salud le ha ido fastidiando, pero su ilusión y sus ansias seguían intactas. Se le hizo un homenaje a Cuatrotablas en La Veleta de Almagro y no asistió, pero lo hicimos por todo lo alto en su honor. Estábamos citados medio mundo teatral en el 2018 en Perú. No sé si el encuentro se mantendrá, pero sus allegados se lo deben, y allí estaremos los que todavía seamos carne enamorada con riego sanguíneo, porque ahora Mario es materia intangible, una sonrisa, una frase, una botella de vino, un chiste, un proyecto, decenas de obras de teatro, cientos de alumnos.

Ay, ay, ¿qué bonita es la vida! ¿Qué bello es vivir para conocer a gentes como Mario! ¡Y para seguir pensando en el Teatro como lugar para el arte, la reconciliación, la Paz y el Amor! Y la Lucha.