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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Hay artistas que son punta de lanza. Abren camino, infatigables al quebranto. Bajo la lluvia o el viento. Trasmiten. Te enchufan. Logran hacerlo, incluso a través de un libro o un documental. Imagínate si te miran a los ojos. Si les miras a los ojos. Aunque sólo sea durante un minuto.

Esto es exactamente lo que muchos tuvieron la posibilidad de experimentar, durante los 3 meses en los que Marina Abramovic estuvo presente en el Moma de Nueva York. Esta mujer de 66 años de edad estuvo sentada en una silla, ante una sencilla mesa cuadrada y otra silla enfrente, donde se fueron sentando, de una en una y con precisión de cuentagotas, todas las personas que hasta allí se acrecaron. Cada una de ellas tuvo la oportunidad de fundir su mirada con la de Abramovic: realizaban el paseíllo hasta sentarse en la silla enfrentada y, entonces, Marina, que había tenido hasta el momento la cabeza inclinada hacia delante y los ojos cerrados, elevaba el rostro y los abría. Se producía entonces un momento de mutualidad pura, único, íntimo y absolutamente personal.

Ayuno, inmovilidad y silencio. Estos tres elementos han sido algunos de los pilares fundamentales del trabajo artístico que Marina Abramovic ha desarrollado a lo largo de los últimos 40 años. Ayuno, inmovilidad y silencio: Tres de los grandes pecados capitales de nuestra sociedad occidental de esté último siglos. La retrospectiva que realizó en el Moma de Nueva York recientemente lleva por título The Artist is Present, el artista está presente y es toda una declaración de intenciones y acción en la inacción: Desde el 14 de marzo hasta el 31 de Mayo de 2010, de 9:30 de la mañana a 17:00 de la tarde, ella estuvo presente, durante 7 horas y media, 6 días a la semana, sin moverse.

La performance es un estado mental, dice la artista, que afirma tener dentro una importante mezcla de voluntad militar y espiritualidad. Durante mucho tiempo, para el mundo, solo fue una loca que hubiera debido estar atada de pies y manos y bien a salvo en un sanatorio mental. Ahora es reconocida como una de las grandes de la perfomance y del arte más provocativo y radical. Y, por ello, hasta le dan premios. Estos son los "mandamientos" que Marina Abramovic leyó cuando recogió el galardón Lorenzo il Magnifico en Florencia. Ella lo llamó Manifiesto. Un manifiesto que afirmó haber escrito desde el corazón:

- Un artista no debería mentirse a sí mismo o a los demás

- Un artista no debería robar las ideas de otros artistas

- Un artista no debería hacer concesiones, ni a sí mismo ni al mercado del arte

- Un artista no debería matar a otro ser humano

- Un artista no debería convertirse en ídolo

- La relación del artista con su vida amorosa:

- Un artista debería evitar enamorarse de otro artista

- Un artista debería evitar enamorarse de otro artista

- Un artista debería evitar enamorarse de otra artista

Ulay y Marina se conocieron en Ámsterdam, donde ella presentaba una performance: se realizó un pentagrama en el estómago con una cuchilla. Después, él le limpió las heridas. Fascinación. La sensación de haber encontrado un hermano perdido. Incluso el mismo día habían nacido. Como dos gemelos conectados entre sí por el mismo cordón umbilical. Así vivieron, amaron y trabajaron Ulay y Marina durante 12 poderosos, e intensos años. Comprometieron sus cuerpos y sus mentes llevando a cabo audaces propuestas en pareja haciendo cosas que nadie había realizado jamás hasta la fecha.

Fue él quien dijo: no puedo más. Llevaban sentados, frente a frente, en dos sillas, mirándose a los ojos, sin hablar, sin comer, sin moverse, durante 14 días. Y, entonces, Ulay abandonó. Para despedirse, decidieron recorrer la gran muralla china, empezando, cada uno, por un extremo hasta encontrarse, por última vez, en el medio. Así lo hicieron. Y, después, no se volvieron a ver. Hasta que llegó el tercer acto de sus vidas y Marina abrió los ojos por quincuagésima vez, aquel día en el Moma de Nueva York para encontrase, de frente, con la mirada oceánica de Ulay, 23 años después.

Si algo caracteriza a los grandes artistas de la humanidad es la absoluta sencillez que alcanzan sus obras, que suele aparecer, a más tardar, al final de su recorrido vital y artístico. La simplicidad de sus mensajes suele ser de una clarividente profundidad. Es el momento en el que logran unir las dos caras de la moneda y ofrecer algo completo al mundo que es, a su vez, reflejo y espejo del mismo. Como dos miradas que se encuentran en el infinito silencio de un museo en blanco.