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Dom, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Cuando los escenarios se convierten en segunda o tercera lectura de casos judiciales, judicializados y sentenciados, existe una línea muy fina para que estemos ante una renuncia o ante una incidencia. Si se trata de teatralizar una realidad bastantes veces vista en las tres o cuatro pantallas con las que convivimos, lo importante no es tanto el relato en sí mismo, sino la forma, el cómo se narran esos hechos. Dicho de una manera más simple: la elaboración de una realidad con criterios artísticos, no solamente con la conciencia social, de denuncia o de reivindicación.

 

La frase preventiva de hacer caer en la coincidencia cualquier parecido con la realidad, es, además, una declaración de principios. La realidad es una convención subjetiva. Los hechos reales tienen un componente estrictamente probado en considerandos de las sentencias, en documentos audiovisuales, en relatos orales, pero no deberían ser otra cosa que material de inspiración, quizás motor de arranque de una propuesta escénica, no el fin, no la trama tal cual. Hubo un tiempo que el teatro documento era una actitud narrativa cargada de memoria política, que tuvo su fundamento en situaciones traumáticas, de postguerras, de lucha contra dictaduras, de suplir el silencio con retratos de unas realidades ocultadas. Hoy leemos convocatorias de espectáculos que nos hablan de teatro documental. Y dudamos de este enunciado. Lo que se nos ofrece es otra cosa que se basa en hechos reales, pero no avanza mucho más, lo sabemos todo, absolutamente todo. No aporta mucho. Y eso, cuando el asunto está hecho con respeto. 

Podemos considerar, apoyar y comprobar que es algo necesario, que es una manera digna de afrontar hechos sucedidos, narrados en los noticiarios, reportajes, libros, que llegan a escena con una voluntad catártica. Y que son recibidos de manera entusiasta por unos públicos que conocen el asunto perfectamente y que llegan con un convencimiento previo, total, absoluto. La comunión suele ser en muchos de los casos que han sucedido en los últimos meses y años, incuestionable, incontestable, pero lo que quiero señalar es que no existe sobre los hechos reales una elevación artística que la convierte en una obra de trascendencia mayor. Es ver de nuevo, en otra plataforma comunicativa, lo que sabemos, reafirmarnos en nuestra posición y en el mejor de los casos, darnos codazos, prolongar la ceremonia comunitaria unas horas después volviendo al asunto tratado, pero sin haber sufrido otra cosa que un choque con la memoria, una regurgitación de unos hechos que fueron vividos en tiempo real y que consiguieron conmocionar a la sociedad entera.

Pero existen otras maneras de afrontar los hechos reales, los temas de interés social amplio, y es convirtiendo todos los elementos significativos, en motivaciones para una nueva creación, que parta de ellos, que no los camufle, ni los oculte, pero que los transforme en emociones artísticas, en una relación con los espectadores a los que se les aporta circunstancias diferentes, lenguajes que profundicen, que además de conocer un caso que conmueva, se logre a través de lo artístico, de lo teatral, es decir, del texto, los movimientos, la puesta en escena, la interpretación, buscar una solidaridad, una comprensión. 

Acabo de ver en Miami una muestra excelente de estas características, de esta manera, a mi entender, bastante más solvente, más profunda teatralmente. Llega de Argentina, con un equipo actoral, fantástico y con la dramaturgia y la dirección de un joven español que lleva quince años en Buenos Aires, Diego Casado Rubio, y se titula “Millones de segundos”. Destaca la actuación realmente contundente, abrasiva, de Raquel Ameri. El tema es vigente, la reasignación de sexo a un adolescente transexual con síndrome de Asperger. Es un canto de amor a la diferencia. En tono grave, pero superando lo lineal, lo realista para llevarlo a otro lugar en donde la efectividad es por la imagen, por la interpretación, por la propuesta y los lenguajes utilizados. Es un montaje muy premiado desde su estreno. Debería encontrar acomodo en los escenarios peninsulares. Merece mucho la pena.