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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Resulta que llevo 30 años hablando alemán y ayer me entero de que la palabra Beruf, que significa oficio, trabajo, en el sentido de "labor que una persona desempeña en la vida por dinero", viene de Berufung que, en realidad, significa llamada, vocación. Parece increíble las veces que he utilizado esta palabra a lo largo de mi vida sin detenerme en ella, sin intuir, siquiera, el maravilloso tesoro que escondía. Was machen Sie von Beruf?¿En qué trabaja usted? creía yo que preguntaba cada vez, cuando en realidad, la cuestión es mucho más profunda: ¿Cuál es su vocación?, reza, en el fondo, la pregunta. Se imaginan...

¿Se imaginan que cada uno de nosotros se dedicara realmente en esta vida a hacer aquello que realmente le llama? ¿Se imaginan si las decisiones respecto a la labor que uno va a desempeñar se tomaran desde el corazón y no desde una supuesta posibilidad de remuneración económica que desparece, normalmente, cuando has acabado de formarte, porque la coyuntura mundial ha cambiado y el dinero se ha movido de sitio? ¿Cuántos de nosotros eligen un oficio alimenticio frente a un trabajo vocacional?

Creo que la mayoría de las personas saben cuál es su Berufung. O lo supo en su día. Lo que suele pasar es que, en muchos casos, la vocación se olvida. O bien queda sepultada bajo una ingente cantidad de deberes, de estrictas y taimadas normas sociales que rigen nuestros destinos, ocultas entre la maleza del qué dirán. La sociedad de hoy en día tampoco premia las vocaciones ni los despertares tardíos. ¿Se imaginan? Una brillante ingeniera que ha capitaneado con éxito un departamento puntero con 15 personas a su cargo durante más de 12 años, decide irse para seguir una llamada que es mucho más fuerte que el trinomio casa-coche-curro que impera en esta sociedad.

Miedo. Imagino que eso fue lo que se apoderó del resto del departamento cuando aquella mujer hizo el petate y se fue. Un miedo que asumió distintos disfraces entre la gente y que halló, posiblemente, un denominador común: "Está loca". El murmullo se extendería entonces de mesa en mesa como salmodia encaminada a apaciguar cualquier asomo de cuestionamiento interior o comportamiento saltarín en los corazones. "Por supuesto que está loca." ¿Cómo justificar aquello si no? Ese tipo de actitudes son bombas de relojería para el sistema de diques que nos hemos construido en nuestro interior y que no son más que reflejo del imbricado sistema social en el que nos movemos o creemos movernos.

En esta sociedad, la palabra "vocacional" se ha ido arrinconando para denominar exclusivamente aquellas actitudes vitales dedicadas a oficios en los que el servicio a los demás es absolutamente manifiesto, como en el campo de la medicina o en el caso de ciertas personas dedicadas a la religión (haberlas haylas). O bien hace alusión a aquellas otras actitudes vitales empecinadas en las que, prácticamente, no hay remuneración material ni reconocimiento social por la labor que se desempeña, como es el caso del arte. Y, sin embargo, la vocación puede adoptar cualquier forma, desde la construcción de máquinas hasta la navegación en velero.

Desde estas líneas, brindo por aquellos que han sido capaces de escuchar la llamada entre tanto ruido. Brindo por todos aquellos que la han seguido. Brindo por todas las espaldas que sufren en las oficinas con el ánimo de que algún día sus dueños las liberen en una danza vocacional. Brindo por todas las vocaciones despiertas que no se rinden y por todos los que no se rinden, porque un día, despertarán.