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Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

En algunos lugares públicos como terminales de aeropuertos se han instalado desfibriladores. Había uno en la entrada compartida con dependencias municipales de una sala de exhibición de espectáculos en vivo en Albacete. Me llaman la atención, leo y leo las instrucciones repetidas veces y nunca llego a conclusión alguna. ¿Son de uso de urgencias para cualquier ciudadano o se debe usar simplemente por especialistas y personal autorizado? Seguro que se ha colocado con la mejor voluntad, una prevención más para salvar vidas.

La circunstancias de estar en la entrada común con un teatro me provocó una especie de descarga emocional, se me materializó en una metáfora sobre lo que le puede pasar a la Cultura, y es precisamente en Castilla-La Mancha donde hoy toman la decisión de prescindir de tres consejerías y una de ellas, vaya, ha sido Cultura. No ha servido el desfibrilador, no ha llegado a tiempo el especialista, o a lo mejor no funcionaba, que también podría ser. Un achaque, un síntoma, y el infarto total. Y si miramos en el botiquín de urgencias no hay tiritas suficientes para parar las hemorragias que este desaparición puede traer, ni antivirales suficientes para detener el contagio que se puede provocar en otras comunidades autónomas, ayuntamientos e incluso en el gobierno central, porque no hay día que no recibamos sustos generales y mofas particulares sobre alguna decisión proveniente del Ministerio de Cultura y sus desamparos externos y sus descalabros internos. Nunca se ha visto más prescindible este atónito instrumento ministerial con síntomas de angina de pecho, preaviso del infarto.

En el Gobierno del Reino de España, debido a la configuración actual del entramado constitucional y los estatutos de nuevo cuño, se recuerdan: Andalucía, Aragón y Catalunya, recientemente aprobados por todos los estamentos necesarios para ello, se detalla que la Cultura es “EXCLUSIVA” de las comunidades, por lo que si vamos sumando los ciudadanos que viven en esas tres comunidades, la limitación del campo de acción del ministerio parece obvia. Y recordemos un poco más, cuando gobernaba el PP, se llamaba Ministerio de Educación y Cultura, y debemos decir, por si acaso falla la memoria, que no fueron malos años para las Artes Escénicas, o sea, no es tan fundamental lo de tener ministro o ministra, sino atribuciones, presupuesto y sobre todo, por encima de todo, antes que nada, alguna idea, un plan, unos objetivos, y ahora, lo que encontramos es que debilitado por los estatutos, por la presencia de esas comunidades, por ley, en los lugares de decisión de toda subvención o ayuda ministerial; con un equipo que muestra falta de ideas, sin apenas criterios en la dirección, sabiendo que lo que se nos avecina van a ser más recortes, menos competencias, uno diría que con una buena Dirección General sería más que suficiente para cubrir las necesidades de funcionamiento.

Y aunque se pueda argumentar sin mucho riesgo de equivocación en este sentido, lo que debe ser es que se adelgace lo estatal, pero se mantenga o amplíe lo de las autonomías, porque en ellas sí hay competencias (todas) y la falta de una consejería, probablemente no sea suspensión de actividades, pero sí pérdida absoluta de fuerza en los consejos de gobierno, una subsidiaridad que va a repercutir negativamente en el conjunto de las actividades y se transmite un mensaje nefasto para la sociedad: la cultura es prescindible, es algo superfluo, es una suerte de lujo innecesario. Y es ahí donde deberíamos ponernos firmes. Y volver a decir lo obvio: en el sector cultural hay muchos trabajadores, muchas soldadas, muchas familias afectadas y un parado de una compañía de teatro o de una empresa de técnicos del espectáculo es exactamente igual que uno de una industria charcutera. Exactamente igual.

Pero además, la identidad cultural es fundamental para el crecimiento de las sociedades, para su cohesión, para su desarrollo en asuntos no tangibles, y cuando alguien decide prescindir de una Consejería de Cultura, está haciendo una involución ideológica. Reajustemos todo lo que se deba reajustar, pero pensemos en mantener la Cultura como algo imprescindible, como algo necesario, como algo productivo, como algo que ayuda a ser mejores. Seamos positivos, no se trata de tener un buen botiquín de urgencias, sino una buena Cultura, y seamos constantes, porque hasta tenemos una gran parte de razón. En Europa existe la excepcionalidad cultural como un valor positivo, no como un estigma.