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Vie, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Uno echa un fugaz vistazo a las páginas de la historia del teatro y en su superficie todo está bien compartimentado. Cada tendencia tiene unas características específicas y se sitúa en un determinado periodo. El cuadro es fácil de seguir: donde acaba un color empieza otro. Todo parece regirse por una lógica particular y los sucesos acontecen por la clarividente ley de la causa y el efecto. Y sin embargo, el presente vivido como tal y no contado como pasado, es experimentado como algo tremendamente confuso, plagado de convergencias, caótico en sus múltiples mestizajes. Sólo después, con una distancia medida en años, se puede dar nombre, clasificar y sobreexplicar lo ocurrido. Pero esa mirada hacia atrás, en su deseo analítico y clarificador, tiende a excluir las ambigüedades, los claroscuros, las fases difusas. En consecuencia, nos llega estratificado y aparentemente sustentado en el raciocinio aquello que en su momento se vivió desde el instinto, de forma salvaje, a fogonazo limpio. Es el peaje inevitable de quien juega a ser historiador: hacerse entender mejor a costa de simplificar lo acontecido.

Una de estas simplificaciones clásicas ha sido la confrontación de lo sagrado frente a lo popular, de lo religioso frente a lo pagano. Tradicionalmente estos dos han sido flancos siempre opuestos, casi irreconciliables, difíciles de congeniar. Por un lado el ansia de trascendencia, del rito, del rezo; y por otro la fiesta, el juego, la carcajada que nace de la entraña. La historia divide con tiralíneas las dos partes. Lo angelical y lo demoníaco, lo celestial y lo terrenal, espíritus elevados e instintos bajos. Sin embargo, a poco que se hurgue entre los esquemas de la historia, se halla una curiosa gama de formas mixtas que frecuentemente se obvian. Hoy traigo a cuento el caso de los Bauls hindúes.

Una suerte de juglares místicos que habitan en la región de Bengal, los Bauls se conocen al menos desde el siglo XV, pero es muy probable que su origen se pierda mucho más atrás, por la época en que había más canciones y danzas que palabras. A primera vista se les distingue por sus llamativos vestuarios con colores de subrayado donde predomina el naranja. Y a primera escucha destacan por su tradición musical. Tocan instrumentos muy particulares, generalmente instrumentos de percusión (algunos de ellos adosados a los pies) y de cuerda, y sobre todo cantan de una forma que los hace únicos. Contrariamente a lo que sucede con la música religiosa oral de Occidente, donde la voz orbita sólo en las resonancias de cabeza, a través de un ritmo pausado y continuo, sus canciones son de ritmos y melodías imprevisibles, juguetonas, a veces extáticas, otras veces melosas, donde la voz viaja de arriba y abajo, y el cuerpo se mueve libre, sin corsés, como flotando sobre la melodía. Y todo ello sin que la danza y el canto coarten la sensación de juego y de disfrute.

Filósofos, hombres orquesta, y religiosos en uno, estos bufones de Dios tienen como premisa encontrar la divinidad en la dimensión humana que adquiere la voz y la música. Purna Das, uno de los Bauls que goza de mayor reconocimiento en la actualidad, asegura, mientras sonríe con picardía, que "para encontrar lo divino no es necesario ir a ningún templo, iglesia, o lugar sagrado. Uno puede despertar toda la espiritualidad en su propio cuerpo, en su propia voz, en su propia musicalidad". Lo dice un hindú, pero bien lo podría haber dicho Grotowski. No es casualidad pues que el director polaco pasase parte de su estancia en la India estudiando el arte de los Bauls.

Por estos lares, donde la religión predominante ha basado su práctica en cercenar más que en evocar, donde difícilmente distinguimos lo religioso de lo espiritual, las palabras de Purna Das se nos escurren entre los prejuicios. Tal vez resulte imposible aspirar a tanto, pero quizá, estirando un poco nuestra mentalidad anquilosada, podríamos plantearnos despertar el teatro en nosotros sin necesidad de acudir a los teatros ni a los estamentos que supuestamente lo cobijan. Y hacer del cuerpo un templo para que allí se mezclen, a su antojo, burlas y rezos... ¿Estoy hablando en serio?