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16
Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

No todo aquello que lleva en su título la palabra Festival, es un festival. Los festivales crecen, los festivales invaden, son en muchas ocasiones sucedáneos que no hacen otra cosa que alterar el ecosistema cultural, se instalan como un quiste benigno que con el tiempo puede convertirse en maligno. O ser irrelevante, pero la costumbre nos lleva a mantener ese forúnculo como algo preciado, ya que nos convoca el espíritu gregario de aplaudir y decir, esto es muy bueno. Y en ocasiones es cierto. En la historia contemporánea, los festivales sirvieron para avanzar en el conocimiento de ciertas tendencias y movimientos, pero desde hace ya algunas décadas, con demasiada frecuencia suenan a canciones ya escuchadas con algunos arreglos digitales que le dan onda nueva. A ritos estacionales, a mercado. Y más mercado. Y las programaciones son de mercado, de catálogo. O son producciones interesadas, para entrar en el catálogo de los vendedores al por mayor.

 

Dicho lo cual y como persona ligada emocional y profesionalmente a festivales desde mi más tierna juventud sectorial, considero que algunos son imprescindibles, concitan la atención mediática, a veces de manera excesiva, por el simple hecho de la vagancia de los propios medios que encuentran en unas semanas material para abandonar el resto del año la atención a las artes escénicas, y sí cumplen con algunos objetivos nobles, históricos o recién descubiertos. No estoy en contra de los Festivales, incluso no estoy en contra de los festivales que no son festivales, sino acciones programáticas concentradas. O de aquellos festivales que la gestión ha ido corrompiendo hasta convertirlos en otra cosa. Pero no estaría nada mal estudiar con calma, mirando contenidos, contextos, circunstancias culturales y sociales, presupuestos, incidencia en el territorio donde se celebran y otras consideraciones que ayudarían a aclarar la situación, a proponer cambios o ajustes y a mejorar el conjunto de las artes escénicas.

Estoy escribiendo desde Beja (Portugal) donde ha terminado la primera edición del “Festival das Marias”, Festival Internacional de Artes no Feminino, diez días de actuaciones teatrales, musicales y de danza protagonizados por mujeres. En este caso el objetivo es muy claro: visibilizar la creación hecha por mujeres. Y situados en este punto concreto, solamente falta ver el desarrollo de las siguientes ediciones, hacia dónde camina, cómo logra que ese objetivo no sea una declaración sino un instrumento para que se logre que se vea mejor la labor de las mujeres en las artes escénicas, y se entiende que estamos en Portugal donde no ha existido nunca una mujer al frente de alguno de sus teatros nacionales, por indicar un detalle. Es un festival de tamaño asequible, que se ajusta a la población del Alentejo, ya que hay actuaciones en otras poblaciones. Se abre una nueva ventana, hay que ir agregando el interés de los públicos, que se entienda bien este mensaje y que lo sientan suyo.

Los ejemplos son muchos, voy de festival en festival. Unos grandes, apoteósicos, multitudinarios, con presupuestos deslumbrantes, otros pequeños, cercanos, con mucha interacción, con propuestas que no están todavía en el mercado, creados por hombres y mujeres jóvenes, emergentes, que ofrecen trabajos en estado crítico, a punto de ser algo importante y a la vez a punto de quedarse en nada. Por decantación me interesa en estos momentos más los de búsqueda, lo desconocido, aquello que parece impuro, que quiere romper los límites. Descubrir a estas alturas a Peter Brook es un síntoma de adanismo al que algunos diplodocus no podemos apuntarnos. Ha sido, es y será uno de los más grandes. Un Gran Maestro. Como acción de dirección artística es una simple llamada a su representante, acomodar fechas y cachet. No hay más indagación. Y así sucesivamente con el ochenta por ciento de las programaciones que se nos ofrecen. Tanto en festivales como en teatros de programación semanal o quincenal. Con tener en la agenda los teléfonos del oligopolio, en una semana se puede programar un quinquenio.

Por eso seguiremos olfateando por esos lugares inciertos, todavía, por si encontramos lo que dentro de un tiempo serán material de primera en el mercado. En mi parte más oculta, la de editor, cuando veo todos los actualmente encantadores autores y autoras en la cresta de la ola que tuvieron una primera vez en nuestra modesta casa editora, nos sentimos muy identificados con una cierta misantropía sobrevenida. Pero seguimos apostando por la primera vez, en todos sus sentidos. No vamos a desistir, es una manera de aprender constantemente. Los errores son magníficos. Los procesos son lo fundamental. Los espectáculos de mercado nacen empaquetados, muertos, pero se venden bien.