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Dom, Abr

Foro fugaz | Enrique Atonal

Es el signo de la pandemia, las plateas vacías: teatros, cines, circos, salas de concierto; el incontrolable virus nos ha dejado aislados y a la merced de las pantallas domésticas, grandes y chicas, pequeñas y penetrantes; íntimas y globales a un tiempo. Las pantallas parlanchinas han substituido nuestros lazos sociales. Para muestra basta un botón: Netflix, el gigante del streaming mundial logró un incremento de 8 millones y medio de subscriptores en el último trimestre de 2020, por no hablar de la integralidad del año de la peste.

 

Obtenemos todo en nuestras pantallas de bolsillo, el mundo en un espejo negro, como el que tuvo entre sus manos el emperador azteca Moctezuma, cuando le anunciaba la llegada de los españoles a sus costas (lo cuenta Bernal Díaz del Castillo en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España). 

El espejo negro, un dios mesoamericano, Tezcatlipoca, señor de los pensamientos y de la obscuridad. Sabe todo de nosotros mismos, es oráculo y destino. ¿Estaremos ahora más que nunca en manos de esas divinidades obscuras y distantes como Google, Facebook o Twitter? No tengo respuesta, pero si observo en mi propia persona mi dependencia a los artilugios electrónicos, en concreto al espejo negro de las pantallas, supongo que sí, esclavizados a los caminos de Internet. Pantallas como un ónix pulido que nos ha sorbido el seso. 

Los que apreciamos el espectáculo viviente tenemos temor de lo que vendrá cuando termine la amenaza, ¿cómo quedarán las salas de cine después de la pandemia? ¿Cuántos teatros seguirán activos? ¿Los circos seguirán con su proceso de renovación? El público, motor y razón de ser del espectáculo, ¿regresará a las salas? 

El temor es real por lo que un realizador de la talla de Steven Spielberg lanzó a finales de enero el siguiente llamado en la revista de cine inglesa Empire:

 

"Ante la actual crisis sanitaria provocada por la Covid-19, con las salas de cine cerradas o, si acaso abren, con una asistencia drásticamente limitada, conservo la esperanza que quisiera convertir en certeza, de que cuando la epidemia termine, el público regresará a los cines. 

Siempre he consagrado mi trabajo para el público que asiste a las salas de proyección: ir al cine, significa dejar nuestra rutina y crear de ese modo una comunidad efímera, para compartir un sentimiento de compañerismo con otras personas que han dejado sus hogares y están sentados con nosotros en un mismo espacio.  

En un cine, ves películas en compañía de amigos o familiares, personas cercanas a tu vida, pero también estás rodeado de extraños. Esa es la magia que experimentamos cuando vamos a ver un film, una obra de teatro, un concierto o un acto circense. No sabemos quiénes son estas personas sentadas a nuestro alrededor, pero cuando la obra nos hace reír o llorar, aplaudir o meditar, al encenderse las luces y regresar al mundo real, ya no nos sentimos totalmente desconocidos. Nos hemos convertido en una comunidad, por haber compartido durante un par de horas esa poderosa experiencia. Ese breve intervalo no borra las muchas cosas que nos dividen: raza, clase social, creencias, tendencias políticas. Pero nuestro mundo parece menos dividido, menos fracturado; después de reír, llorar, saltar de nuestros asientos al unísono, ya no somos tan extraños. 

El arte nos pide que seamos conscientes al mismo tiempo de lo particular y lo universal. Y es por eso que, de todas las cosas que tienen la potestad de unirnos, ninguna es tan poderosa como la experiencia comunitaria de las artes."

 

Quiero soñar con los grandes espacios de proyección, en los sonidos cuadrafónicos de la sala, presenciar un ballet en el exigente foro de la Ópera de París. Regresar a los espacios comunitarios, ver proyectados films en las salas y no series para las mini pantallas, regresar a la escena viviente. Regresar al teatro en tres dimensiones, porque cuando la obra acierta y toca el cielo de la cuarta dimensión nos adentramos en ese territorio ignoto reservado a las experiencias más profundas como el trance o la muerte, ese paso definitivo. Las artes colectivas son la puerta que se entreabre y vislumbramos el otro lado del espejo. Todo eso puede perderse y hay que preservarlo.   

Isabelle Adjani pidió en la misa de difuntos en honor al director teatral francés Robert Hossein, recientemente fallecido: Dondequiera que te encuentres, haz que regrese el público a la creación teatral en las salas. Porque el peligro de extinción es real: Lo que nos ha aliviado estos meses de encierro por la pandemia puede significar el fin de una especie: el espectáculo comunitario y viviente.

París, febrero 2021