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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor
Hay momentos sublimes en la actuación. Hablo de sensación interna. Lo que sienta el espectador, ya es harina de otro costal. Aquí me refiero a cuando la cosa te atrapa, se apodera de tu cuerpo y de tu mente y ya no piensas. Dejas de ser tú quien acciona, para desaparecer y dejar que sea otra fuerza la que juegue con tus tendones como si fueran cuerdas de una marioneta. Suele durar poco, muy poco. Menos de lo que dicen que dura el subidón de una línea de coca. Quizás sea eso lo que nos hace querer siempre más.

El advenimiento de ese tipo de experiencias no suele avisar. Es decir, que no es que suceda en teatros especiales o en las grandes ocasiones, sino más bien en situaciones que son todo lo contrario. Suele pasar el día menos pensado. En un ensayo de esos tontos, de miércoles por la tarde, con la ciudad de telón de fondo, lloviendo a mares.

También hay que decir que ciertos autores ayudan. Más probable es que sucedan este tipo de vivencias accionando las palabras de unas bodas de sangre o de un bastardo inglés, que las de otros textos teatrales. Cierto es que tienen que estar muy bien aprendidos, para no tener que dedicar ni un uno por ciento de la concentración mental a la memoria. Si hay suerte, tras meses de pico y pala, el texto te cabalga y empieza la acción verdadera. Aunque dure poco o sea muy improbable poder repetirla desde ese lugar.

Si ya es difícil que esto le suceda a uno mismo-consigo mismo, imaginemos hasta qué punto tienen la casualidad, los hados y el trabajo duro que hilar fino para que les ocurra algo similar a varios actores y a un director a la vez en la misma sesión de trabajo. Los momentos de verdadera iluminación creativa en grupo no abundan. Razón de más para valorar esos días en los que la creatividad fluye como si fuera una pelota que va pasando de mano en mano y no cae nunca. Imagínense: 7 personas y un mismo aliento. La idea que lanza una de ellas es recogida por otra con elegancia, se forman sinergias, se tienen ideas felices que se hacen fácilmente realidad, las notas de dirección se reciben con holgura, se incorporan y son devueltas a la escena, quien, a su vez, y como un octavo agente, provoca, pide y enciende aún más la mecha creativa. Y la escena va encajando como un precioso rompecabezas.

Y puestos a pedir, pidamos un poco más. Si ya es complicado lograr una sesión de trabajo en grupo donde todos y cada uno de los miembros esté enchufado al mismo cable de red creativa, imaginemos que ese mismo grupo de gente es capaz de llevar a cabo tal subidón con espectadores delante. No se trata ya de crear, sino de re-crear lo creado en aquella sesión de montaje de escena en la que todo cuadró de forma tan increíble.

Resulta que lo logran. Y a una, en calidad de espectadora, no le monta un texto, sino que le cabalgan 6 actores a la vez. Ese también es un momento sublime de actuación. Vivido, esta vez, del lado del espectador. Lo que hayan sentido los actores es harina de otro costal, aunque apuesto lo que sea a que, en este caso, se lo estaban pasando pipa. Eso, siempre llega.