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Dom, Sep

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Algunos los tildan como la escoria de la sociedad, yo creo que la escoria muchas veces se viste de traje y corbata, pero ellos son producto de la más absoluta soledad urbana.

Los mendigos y vagabundos urbanos, esos que se encuentran en los intersticios sucios de las grandes ciudades, son despreciados por “la gente bien” sin preguntarse siquiera de los cómo o los por qué ese ser humano pudo llegar hasta el deplorable lugar donde se encuentra.

¿Mala suerte?

Si bien es cierto, algo de eso podría haber, lo más seguro es que condiciones externas a el mismo lo hayan llevado hasta ese lugar.

El ser humano es en esencia un ser social y el grupo humano capaz de conformar el medio en el cual nos toque desarrollarnos, juega un papel decisivo.

Una familia constituida o disfuncional, amigos sinceros o impulsados por el interés, conocidos ocasionales producto de una casualidad o movidos por el oportunismo, el campo con su bucólica imagen o la ciudad llena de stress, un trabajo apasionante o solo un medio para sobrevivir económicamente, un viaje que abra nuestras perspectivas o un recorrido rutinario… La forma en que el ser humano sociabilice lo condiciona en todas y cada una de sus acciones. Sin ser pesimista, quien nazca en el seno de una familia extremadamente pobre, de escasa o nula educación formal, donde el padre sea ladrón y todos los fines de semana se emborrache y golpee a su madre prostituta por no llegar con el dinero suficiente a casa como para seguir comprando alcohol, los hermanos drogadictos parados en el limbo de la esquina y las hermanas aprendiendo de la madre, difícilmente podrá llegar a tener una de esas vidas que llamamos prosperas o al menos considerada estadísticamente normal. Es bastante más probable que en algún momento, más temprano que tarde, su cerebro explote hasta llevarlo a una decisión extrema de perpetuar el modelo aprendido o simplemente aislarse de el. Aislamiento capaz de llevarlo a la más absoluta de las soledades aunque se encuentre rodeado de millones de personas. Es una soledad del alma, no de número.

De vez en cuando me bajan los ataques humanitarios y trato de hacer algo por quienes más ayuda necesitan. Es así como durante un tiempo, a pesar de no ser un devoto creyente, me uní a un grupo religioso que por las noches salía a recorrer esos intersticios de la ciudad donde se encuentra la escoria humana, y no me refiero a los edificios donde están las oficinas centrales de algunas empresas transnacionales sino a los callejones obscuros y mal olientes de los barrios llamados bajos.

Les llevábamos algunos emparedados, café, ropa y conversación, mucha conversación.

Al poco tiempo me di cuenta de que la comida y el café caliente solo eran una excusa. Esas personas sucias, mal olientes y de apariencia a priori delictual, no tenían realmente hambre, lo que necesitaban era conversar. Lo que comenzaba siendo una conversación trivial, hablar del clima, del frío de invierno y del calor en verano, poco a poco adquiría mayor sentimiento donde las verdades llegaban a ser desgarradoras y superaban con creces a cualquier ficción.

Trataré de no ser demasiado descriptivo; una noche me acerqué con una tasa de café en la mano a ofrecérsela a un hombre sentado en el suelo, un vagabundo cubierto por una manta tan llena de grasa y suciedad que de seguro lo mantenía abrigado. Me acepto el café, nos pusimos a conversar. Al principio era yo quien llevaba la conversación, pero con lo aprendido de otros integrantes del grupo, dejé que gradualmente fuese el quien más hablase. Debo confesar que fue muy poco lo que le entendí porque el exceso de alcohol barato no le permitía modular bien ni menos hilar ideas con coherencia. A pesar de todo, comprendí que pasaba la mayor parte del tiempo postrado a causa de su pierna. Todo iba relativamente bien hasta que se sacó la manta para mostrarme la causa de sus males. No sé si el color de esa pierna tiene un nombre, pero lo más chocante de todo es que se veían unos pequeños gusanos blancos alimentándose de su carne. La primera reacción fue tomarlo y llevarlo de inmediato a un centro asistencial, pero se resistió con tanta fuerza que fue imposible hacerlo.

Después de un forcejeo sin resultado, hicimos una tregua. Me contó cómo había ido un par de veces al hospital pero que no le gustaba como lo trataban y que lo único que ahora quería, era morirse.

Pensándolo fríamente, no es tan difícil suicidarse; veneno para ratones, tirarse frente a un tren en movimiento o un camión pesado, saltar de un lugar elevado, no es tan difícil. Un intento de suicidio frustrado no es más que un grito desesperado pidiendo ayuda, una ayuda emocional. Quien realmente quiere suicidarse, lo hace.

A pesar de todo, la vida se aferra a su existencia y el vagabundo con la pierna carcomida por los gusanos no quería morirse, quería ayuda.

Intentamos ayudarlo buscándole primero, ayuda psicológica, pero, así como apareció de la nada en un lugar que frecuentábamos, de la misma forma desapareció.

Quizás no pudo más y traspasó el umbral del sufrimiento, quizás no, nunca podré saberlo porque mientras nos conversábamos el café lo que nunca me dijo fue su nombre.

Desde esa experiencia, el café tiene un sabor diferente para mí.

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