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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor
Hace poco he hablado con una actriz que ha venido a vivir a Bilbao, concretamente al barrio de San Francisco. Me dijo que lo ha hecho porque le da sensación de que por aquí se está cociendo algo potente a nivel artístico. Y que quiere estar. Si no puede ser en el meollo de la cuestión, al menos cerca. Para no perderse las caras, los sucesos, los encuentros.

En estas calles del barrio de San Francisco se ve mucha miseria, pero también muchos colores. Se oyen voces enraizadas en los pies y gritos desesperados de madrugada. Y también hay artistas que vienen y van, cuesta arriba y cuesta abajo. Ahí aparece una con un instrumento en la mano, otros tres que va a clase de baile y otra que sale de su entrenamiento actoral para dirigirse a uno de los estudios de pintores que pueblan la calle Cortes.

Vivir en unas calles así te obliga a convivir con una parte importante de sombra, pero que es también, a su vez, pura vida, porque ésta te sale al encuentro en cada esquina. Hueles el miedo. El riesgo. El peligro. Aprendes a no dar nada por sentado. Tampoco tu seguridad. Es realmente entonces cuando te das cuenta de que estás vivo. Y de lo frágil que es el cuerpo que nos mantiene anclados a este mundo.

Alguien me dijo una vez que hay ambientes tóxicos. Y no se refería precisamente a los que no están libres de humos. Aquel comentario señalaba ciertos paisajes sociales y urbanos que son nocivos para la creación. Porque aletargan. Y porque desprecian el sentir del artista en sus formas más esenciales. Muchas veces, esos espacios narcóticos son justamente lo opuesto a lo que se vive en las tóxicas calles de Sanfran: absoluta limpieza, seguridad, dinero y belleza.

Si bien es cierto que confrontarse con la pura vida suele ser un buen revulsivo para despertar sentidos y mente y para ponerse las pilas a la hora de crear, también hay otros artistas, o ciclos dentro de la vida de un creador, en los que se puede optar por huir de los núcleos donde la vida mana a borbotones y habitar una casita apacible en plena naturaleza, donde componer música celestial teniendo de frente un paisaje imponente de riscos y montañas. Esta opción, y más con los tiempos que corren, suele ser una decisión que se toma y se ejerce en solitario, ya que la época de las comunas hace tiempo que quedó atrás. Salvo escasas y honrosas excepciones.

Hay una actriz que ha dejado su pacífico caserío en el monte y se ha venido a vivir al corazón de Bilbao porque tiene la sensación de que aquí se está fraguando algo. Ojalá tenga razón. Una piensa en las generaciones de poetas, escritores, dramaturgos, pintoras, cineastas, pensadoras, bailarines y creadores, que parecen converger en un lugar preciso y en unos momentos determinados de la historia... Entre todos se ponen a cocinar un caldo de cultivo que tiempo después explota en mil frutos antes de que cada uno de sus miembro se expanda de nuevo en diferentes direcciones.

¿Y si estuviera ocurriendo ahora algo parecido por aquí?