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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Hablaba la actriz-pedagoga Cristina Samaniego, una vez, de un maestro que preguntaba a sus alumnos: En vuestra vida diaria, ¿sois conscientes de vuestro dedo meñique? ¿Sabríais decirme qué hace el dedo meñique de vuestra mano izquierda a lo largo de todo el día? Con esta provocación, el maestro quería llamar la atención sobre el escaso control que tenemos sobre nuestro cuerpo y, por ende, sobre nosotros mismos.

En la sala de ensayos y de trabajo, actores y bailarines aprenden a ser conscientes de cada parte de su cuerpo. De hecho, hay ejercicios que trabajan, precisamente, eso. Uno de ellos consiste en realizar paradas súbitas estando en movimiento. La acción queda, entonces, suspendida en el espacio, momento en el que uno aprovecha para mirarse por dentro, como si tuviera un cámara con un ojo interior que le permite observarse a sí mismo y saber qué posición concreta ha adoptado cada parte del cuerpo.

Existe también otra disciplina humana que va enseñando a quien la práctica, no solo a observar y ser consciente de dónde está el dedo meñique, sino incluso a ir un paso más allá, y enderezarlo. Me refiero al Yoga. El yoga trabaja la alineación del cuerpo y con ello, el desbloqueo de vicios posturales que proporcionan una liberación y un descanso difíciles de comparar con alguna otra experiencia, que no sea, quizás, la del amor después de bien hecho.

Pero volvamos a lo que nos ocupa, que ya se sabe que para el humano, basta con mencionar eso de hacer el amor para que la cabeza se nos vaya por otros derroteros. Otro día explicaremos por qué. Pero antes, déjenme decirles que el Yoga también se encarga de eso. Me refiero a impedir que la cabeza se nos vaya por todos lados en elucubraciones sin fin que nos impiden estar en lo que estamos y nos hacen acabar preguntándonos si estamos a Rolex o a setas. Por eso, en Yoga, se practica siempre, en cualquier postura, por "nudosa" que sea, la calma en la cabeza, que es uno de los grandes descubrimientos que uno puede hacer en esta vida.

¿Pueden imaginarse lo que es encontrarse en un estado consciente, alerta, sosegado y despierto en el que la cabeza ha dejado de parlotear, conjeturar, juzgar, comparar, jerarquizar, calcular, estructurar... ¿sigo?

¿Pueden imaginar un estado en el que la cabeza esté a nuestro servicio y no al revés? ¿Pueden imaginar, por un momento, que son ustedes algo distinto a lo que piensan? ¿Pueden imaginarse viendo pasar por delante de sus narices sus propios pensamientos como pasan las imágenes a través de la ventanilla de un tren en movimiento? ¿Y qué me dicen de sus emociones? ¿Pueden imaginarse distanciándose de ellas, dejando que les atraviesen como cruzan las nubes el cielo en un día de verano o los rayos en plena tormenta nocturna?

Cuando la cabeza se calla, podemos empezar a escucharnos por dentro y oír lo de fuera al mismo tiempo. Podemos contemplar la naturaleza en todo su esplendor, sin más ruido interno que el vaivén de nuestra propia respiración. Entonces, el mundo se nos revela y podemos contemplar la música de la naturaleza, que se percibe a través del vuelo de los pájaros y del movimiento que genera el viento en el mundo físico.

Y, sin embargo, hay tanto ruido fuera y tantísimo ruido dentro de nosotros mismos: pensamientos recurrentes y obsesiones. Amarguras, ilusiones, soledades. Temas predilectos a los que dar vueltas y vueltas en la cabeza hasta el centrifugado diario final. Para acallar esos pensamientos no valen mordazas: hay que aceptarlos con mimo antes de poder tranquilizarlos. Pero para eso, primero hay que ser capaz de escucharlos, de identificarlos, de reconocerlos, de ser conscientes de ellos. Y en nuestras ciudades y en nuestros corazones hay demasiado ruido como para aprender a escuchar lo que nos susurra el dedo meñique de la mano izquierda. Así, nuestros cuerpos se han acostumbrado a tener que gritar como locos para que les escuchemos. De hecho, suele ser la única forma en la que aprendemos a parar hoy en día. A sustos. A grandes sustos, porque, parece ser, que no estamos para sutilezas. Por eso resulta importante tener presente que se puede practicar la calma en la cabeza.