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Dom, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Para analizar la catástrofe en la que vivimos e intentar acotar los daños futuros, deberíamos empezar por hacer una leve autocrítica o al menos reconocer que algunos hemos perdido muchas batallas y probablemente la guerra. Les cuento el baño de realidad que sufrí ayer domingo 14 de octubre en la cola de un taquilla de un teatro vizcaíno. Delante mío un señor estaba comprando unas entradas por adelantado para un espectáculo del que poco sabía, nada más que uno de los actores era "el que salía en Los Serrano ¿verdad?" y la taquillera le añadió que ella, la actriz, salía en "Cámera Café, la que iba siempre con el móvil".

Se trata de un teatro cuya gestión, cuestionable como todas, había procurado durante muchos años tener una oferta alternativa, buscando en la parte media-alta de la producción para ir creando un público que no solamente respondiera a los impulsos de lo comercial. La taquillera, con muchos años en el teatro, nos dijo que habían empezado la temporada con poco público, que se notaba mucho la crisis, que estaban asustados y que solamente funcionaban las obras "con caras conocidas, ya sabes". Ese "ya sabes", me sumergió en un dolor, en una sensación de pérdida, de nostalgia inversa. Y sentí que sí, que ya sabía, que era lo que venía denunciando no ahora, sino antes, cuando las supuestas vacas gordas, y que ese era el fracaso general de los teatros públicos, el que después de tres décadas el sistema de producción y exhibición teatral español volvía a ser el que era, corto de miras, comercial, aprovechando el tirón de los actores televisivos, pero, en otro ataque de nostalgia, incluso pensé que ahora era peor, porque las caras conocidas, no siempre eran actores o actrices solventes, sino productos de moda.

En paralelo llega la noticia que a la Red de Teatro Públicos le han retirado la subvención nominativa, lo que es un palo muy grande, y supongo que puede resentirse su funcionamiento por falta de seguridad, pero es ahí, en el conglomerado de sus asociados, donde anida, a mi entender, la prueba de esta renuncia. Sus programaciones, en general, han ido a buscar el público de evento, de aluvión, no han creado públicos, sino consumidores. Se han preocupado más por las estadísticas de ocupación que por una continuidad de futuro, han buscado clientes y no cómplices. Parte del problema reside en las propias estructuras, en esos teatros con capacidad para 700 localidades en poblaciones de apenas veinticinco mil, lo que obligaba a programaciones comerciales para obtener porcentajes de ocupación suficientes para complacer a los políticos de turno.

Desde ahí, ahora, es donde deberían unirse a la autocrítica, a la reflexión, a buscar soluciones para sus propios edificios, para pensar sobre sus contenidos, a un futuro que si puede ir a peor irá, pero que deberá resurgir con otros objetivos, con otro tipo de gestión, más cultural y menos espectacular, para el ocio activo y no para el entretenimiento alienante. Se deberán reconvertir en instrumentos culturales de primera magnitud, con otros presupuestos o de lo contrario algunos pueden convertirse en garajes o supermercados.

La desamortización cultural nos va a hacer a todos más pobres. No es solamente un asunto económico, es todavía más grave, es un empobrecimiento estructural, una condena a las próximas generaciones a una ignorancia perpetua. Las caras conocidas dejan de serlo en cuanto desaparecen tres días de las pantallas, y las pantallas ya escupen demasiada mediocridad como para que la repitamos en los escenarios.